Por Gabriela Koolen

 Rafael Bitrán es un coleccionista de fuste. A su pasión por juntar figuritas la coronó con la edición de varios libros sobre su métier. “Malditas difíciles”, “Ídolos en cartón” y “Difíciles eran las de antes” (tres volúmenes que creó junto a Francisco Chiappini, a quien conoció haciendo scouting en los parques de la ciudad) son la expresión más cabal de sus anhelos infantiles. “De chico nunca pude conseguir la más difícil. Era fanático de las figus, pero las difíciles nunca las conseguía. De hecho, no completé ningún álbum. Hay que ver qué diría un psicólogo”, admite sonriendo.

 Profesor de historia y librero, hoy es el responsable de su muestra en el museo Palais de Glace, donde juntó figuritas de entre 1920 y 1990. Su hobby comenzó hace 22 años, cuando con dos colegas levantaron una librería con libros, revistas y discos usados. Como Sherlock Holmes, hizo uso de la observación y el razonamiento deductivo y siguió las huellas de ediciones perdidas: así se reencontró con las figuritas que no pudo conseguir de chico. “Comprando cosas antiguas empezaron a aparecer y me fui enganchando. Primero fueron las de Boca, mi equipo, pero me entusiasmé y quise más”, cuenta quien armó su colección a partir del runrún de quienes iban a su local y de las recorridas por las ferias, antes de que internet acaparara todo.

Hoy suma más de 500 álbumes y un incalculable número de figuritas. Siendo detallista al extremo, resulta curioso que no se juegue por un número, pero casi todo lo que se editó en Argentina desde 1900 hasta acá pasó por sus manos. Las piezas de su colección están guardadas cuidadosamente en cajas antiguas en los placares de su casa y los de algunos familiares. 

 Entre sus favoritos están los álbumes de fútbol del ‘73 al ‘77, “La pantera rosa”, “La guerra de las galaxias”, “Tarzán”, “El Zorro”, “Kung Fu”, y “Munich ‘74”. “De chico, las figuritas son tu vida. No sos consciente del placer que te dan, porque lo naturalizás. Ahora lo valoro mucho más. Vivo la adrenalina de llenar un álbum o conseguir una figu que no tenía. Me da placer rastrear. Hay gente que es feliz cambiando el coche. Lo mío tiene que ver con objetivos más ingenuos, pero que te dan mucha felicidad”, se emociona.
Para Rafael coleccionar tiene algo de arqueología urbana. Sin embargo, la riqueza que lo impulsó a compartir esos tesoros es la memoria emotiva. “Lo que más me gusta de la muestra es ver la alegría de la gente. Hay padres que llevan a sus hijos. También van los abuelos. La gente se emociona porque toca la fibra íntima del recuerdo”.  

 El historiador advierte que las figuritas reflejan cuestiones sociales y políticas: “La mayoría de las colecciones -especialmente en los cincuenta y sesenta- reproduce el sentido común racista, discriminador. Por ejemplo hay un álbum que se llama “Tótem” y los temas son razas, indios y negros. Es terrible. Yo intento intelectualizarlo lo menos posible, porque si no te mata. Lo lindo es abstraerse y disfrutarlas.” Los valores de las figuritas varían enormemente según quien las ofrezca y hasta resisten el empuje de la devaluación. Sin embargo, Rafael prefiere destacar su espíritu de coleccionista auténtico, aquel que con un ánimo incansable –si algo requiere este hobby es paciencia-, insistió diariamente durante un año por una figurita que, como Godot, nunca llegaba. Como en viejas épocas cuenta que hace poco entregó un álbum completo y 150 figuritas sólo a cambio de “30 que no tenía”.

 Aunque no se reúnen puntualmente en ningún lugar, cuando los coleccionistas se conocen comparten su pasión y se mantienen al tanto de las novedades. “Debemos ser 200, pero no todos coleccionan todo, de esos seremos cuatro o cinco. Muchos buscan sólo equipos de fútbol”, detalla. Pocos recuerdan a Albert Mwanza Mukombo, un rústico defensor de la selección de fútbol de Zaire (hoy República del Congo), que jugó el mundial de Alemania Federal de 1974. Aunque no hizo muchos méritos (nobleza obliga, su selección tampoco, ya que recibió catorce goles en tres partidos, no convirtió ni uno solo y terminó última en la competencia), en estos pagos fue una figura codiciada, aunque más no sea por coleccionistas de figuritas.

 Su imagen -en rigor de verdad su ausencia- desveló a la mayoría de los chicos que intentaron completar el álbum. Muchos, como la selección africana, sin éxito. Rafael fue uno de ellos. Recién hace unos años se tomó su revancha: “Mukombo me llegó a la librería. Me la trajo un cartonero que me conocía. Un día se apareció con un álbum que encontró en la calle. ‘Está completo’, me dijo. Cuando vi que era el ‘Munich ‘74’ no lo podía creer. ‘¡Qué va a estar completo!’, exclamé. No lo encontraba porque no estaba pegado, estaba suelto en otra hoja. Cuando lo vi me puse muy contento. De chico pensás que todo es posible. Cuando crecés te concientizás de las dificultades. Esto era casi imposible. Fue hermoso”, palpa el recuerdo.