Por Paloma Fabrykant

La Legislatura porteña es un palacete antiguo en el centro de Buenos Aires. Sus salones de techos altos fueron sede de todo tipo de convites; los empleados que allí trabajan han visto pasar figuras de la más variada paleta política, y escuchado un amplísimo repertorio de discursos proselitistas. Sin embargo, esa tarde de otoño, se los ve sorprendidos, susurrando entre ellos, francamente asustados. Más de uno asoma la cabeza dentro del recinto para ver qué está pasando. Adentro, no se discuten programas de gobierno ni plataformas electorales, no se escuchan loas ni alabanzas, no existe retórica ni artificio, no hay palabras. Adentro, quinientas gargantas vibran al unísiono sin distorsión alguna, entonando el Kiai, grito de guerra karateka; cada cual en una sílaba distinta, en diferente tono y personal frecuencia, pero todos en consonancia con su pulsión más interna, aquella que se burla de la lengua porque sabe articularse sin sintaxis. La sala retumba y los muros devuelven un eco sostenido. Durante un instante todo es emoción, luego todo es silencio. Sólo cuando el aire vuelve a quedarse perfectamente quieto, el maestro sonríe.

Lo último que imaginaba el niño de ocho años que jugaba a patear latitas en las calles de Yocohama, Japón, a mediados del siglo pasado, era que llegaría a ser reconocido como maestro por tantos extraños, extranjeros de ojos redondos y cabellos coloreados, nativos de un país del que no conocía ni el nombre, en un año tan imposible  como 2011. Menos aún podía imaginarse recibiendo el nombramiento de Figura Destacada del Deporte, en un edificio conocido como Legislatura porteña -aunque no está cerca del puerto-, en una ciudad llamada Buenos Aires -aunque no esté limpia su atmósfera- en una patria llamada Argentina -que no se caracteriza por lo plateado de sus tierras. Pero dejando el extrañamiento aparte, lo cierto es que el pequeño Mitsuo Inoue de ocho o diez años, ni siquiera sabía que iba a aprender karate.

Era el menor de tres hermanos, en una familia que sufría las duras condiciones del Japón de posguerra. Fue un vecino dos años mayor el primero en mostrarle el camino, compartiendo lo que aprendía en su curso de karate de la Universidad de Komazawa. Ese compañero de barrio -que más tarde se convertiría en el principal instructor de karate de la República Siria- volvía cada día de la universidad para transmitir no sólo la técnica sino la pasión por el arte. El joven Mitsuo no tardó en seguir sus pasos: a la hora de comenzar sus estudios superiores se inclinó inmediatamente por la misma universidad para ingresar al club de karate. “En aquellos tiempos la forma de enseñar era por cantidad y tiempo.” Recuerda: “Cantidad de repeticiones y horas de práctica. Para elevar el nivel ponían cada vez más presión en el entrenamiento, y el compromiso se iba haciendo más pesado, por eso nuestro grupo empezó con ciento veinticuatro y terminó con seis”.

No es fácil encontrar tiempo para el estudio cuando se vive en la posguerra y se entrena tres turnos diarios de karate, pero en 1970 Mitsuo Inoue se graduaba de licenciado en Economía en la Universidad de Komazawa. Para ese entonces ya estaba recibido de Primer Dan de Karate, y ejercía la enseñanza con empeño. Tenía 22 años cuando su “sempai” (superior en la escala jerárquica), el profesor Michiiza Itaya, fue enviado a la Argentina con la misión de difundir el karate. Pocos meses después, Itaya solicitaba refuerzos, y fue el maestro de ambos, Sensei Oishi, quien designase Mitsuo para hacerse cargo. Era un contrato de dos años, al cabo de los cuales el joven instructor podía regresar al hogar con el deber cumplido. Bajo las órdenes de Itaya, Mitsuo Inoue trabajó día y noche para montar las bases del karate en este remoto país; pero cuando estaba por tomar su avión de regreso, el destino jugó una carta impensada. Un accidente automovilístico se llevó la vida de su Sempai, el maestro Itaya, y Mitsuo se encontró solo, en la disyuntiva más difícil de su vida: en Japón lo esperaban su familia y su mundo. En la Argentina, un grupo recién formado y súbitamente decapitado. “Alguien tenía que continuar el trabajo, entonces me quedé”, recuerda. “Mi madre sufrió un montón, por ese motivo enfermó y murió. Pero una vez comenzado el trabajo, el hombre tiene que terminarlo. Mucha gente había empezado karate y yo no podía abandonarlos.”
    Entonces comenzó la etapa de los viajes en micro, cuando Mitsuo recorrió a lo largo y ancho del país formando alumnos y abriendo escuelas en cada provincia. Una tarea bastante ingrata para alguien que no hablaba una palabra de español. “Usaba el idioma del karate, nada más.” Explica en su aún algo rudimentario castellano rioplatese “para demostrar no hace falta hablar, sólo hacer. El sistema de torneo también ayuda, es bueno para trasmitir ante el público. En aquellos tiempos aparecieron las películas de Bruce Lee, eso interesó a la gente y con esa ayuda expandimos bastante”. Así se fue consolidando lo que hoy es la Asociación Argentina de Escuelas de Karate Shotokan, una organización que se ha sostenido en nuestro país y se ha expandido a los vecinos, guiada siempre por los valores intrínsicos del arte, heredados de la cultura Samurai: Esfuerzo, constancia, honor, respeto y tolerancia. “Acá no existe derecha o izquierda”, explica Mitsuo, cuando se le pregunta por sus inclinaciones políticas: “Sólo sentido común: respetar a los mayores, cuidar al compañero, proteger a los niños, y colaborar con la sociedad”.
    La Asociación cuenta hoy con nueve mil practicantes en diecisiete provincias, que Mitsuo visita habitualmente para dar seminarios especiales, cuando no está viajando a los países vecinos en su condición de director de la Federación Sudamericana de Karate o dando clase en Samurai, el dojo central de la Ciudad de Buenos Aires. Podría pensarse que la misión de difusión está cumplida, sin embargo, Mitsuo no piensa en regresar de modo definitivo a su patria. “El pintor no abandona el cuadro antes de terminarlo” explica. “Cuando el hijo ya tiene capacidad de andar solo el padre tiene que irse, pero el karate acá es muy joven, todavía, no está clara la filosofía. La organización y la parte deportiva están bien, pero hay mucho que tiene que ver con la cultura japonesa que todavía no entendieron.”  2.700 años de tradición no pueden transmitirse en sólo cuatro décadas. Pero quienes conocen a Mitsuo Inoue saben que no es esa la única razón que lo retiene lejos de casa. Basta con ir a un asado de los que se organizan después de cada torneo y verlo disfrutar de los buenos cortes de carne junto a su mujer –Eugenia Vallas,  argentina y profesora de karate- y sus dos hijos nacidos y criados aquí, para comprender los motivos extra. El karate más puro vive en Japón, pero estas recónditas pampas también tienen sus encantos.