El sonido del mar puede estar en cualquier rincón del planeta, aunque sea un desierto, si colocamos un caracol cerca de la oreja. El aire rozará su interior y esbozará el mismo sonido que hace el océano cuando lame la arena. Algún materialista dirá que cualquier objeto cóncavo produce el mismo efecto. Sin embargo, es el romanticismo el que nos permite imaginar en el caracol lo más recóndito del fondo marino. Tal vez por su apariencia de joya, una joya de la naturaleza, con sus  formas redondeadas y de colores diferentes que muestran la capacidad de los seres vivos de adaptarse a cualquier situación. La variedad y las formas imprimen ritmo a las miradas de los transeúntes cuando acceden a la costanera que balconea casi sobre el Balneario Alfonsina Storni. Jaime despliega allí sus cajitas repletas de caracoles. Cuenta que hasta el muy mediático y siempre bronceado Fernando Burlando, abogado de los Horneros en el caso Cabezas, y de Pesquera, aquel conductor imputado en el accidente que le costó la vida al bailantero Rodrigo Bueno, tiene uno de sus caracoles. Y no cualquier concha marina, sino la más grande: la Fridana Gigas, dice Jaime como al pasar, y corrobora el escrito de la cronista.
Se refiere a un molusco de 250 kilogramos, que semeja a una “shell” gigante de hasta 1,70 metro de diámetro y que dicen que puede vivir hasta un siglo. Se entusiasma y revela el contenido de una caja enorme repleta de conchas shell. “Hay una de éstas, antiquísima, en la Sagrada Familia; se usaba como piedra bautismal, y también en el Museo de Montecarlo, en Mónaco.” La charla con Jaime es sumamente interesante por la seguridad con que expresa datos imposibles de confirmar. Y cuenta la anécdota que identificó a esta concha, que pertenece a la familia de los bivalvos. Pecten o vieira, ese dibujo emblemático de color rojo y amarillo que identifica a una megaempresa de hidrocarburos, ha perdurado durante más de un siglo. Y Jaime sintetiza esta historia mientras con manos delicadas manipula las shell que atesora en una caja de zapatos protegidas por un lienzo azul. En 1891 apareció por primera vez la palabra Shell, dice y agrega que era la marca comercial del kerosén que Marcus Samuel and Company enviaba al Lejano Oriente. Era una época en la que las conchas marinas se utilizaban para decorar cajitas. Hasta incluso se dice en la historia relatada en internet, que en un principio Samuel identificaba cada barco con un caracol diferente. Otros dicen que la vieira que se popularizó como shell fue sugerida por un socio que también importaba el kerosén de Samuel y que el escudo de su familia portaba esta concha. Bueno, ahí está hasta nuestros días. Pero lo que también apasiona en un intercambio con Jaime es que su vida siempre estuvo junto al mar. Y se lamenta porque explica que con el buceo actual se descubren los hábitat de los caracoles más bellos y desconocidos, y así baja el precio en el mercado. Hay unos que parecen dientes caninos gigantes, y asiente con la cabeza este pescador de caracoles e ilusiones: “Son Balanus, hay en el sur de Chile y de la Argentina, son como los que lleva la ballena franca austral que viene hasta Madryn”, señala.
Arte al natural, la talla de la erosión en cada caracol expresa lo que le cuesta vivir, si se quiere. Y toma uno y menciona que es del Golfo de Bengala, al norte de Sri Lanka, mientras dibuja un mapa imaginario con sus manos. “Ocupa el tercer lugar entre los venenosos, es el Conus Amadis.” Si se trata de profundidades, es a 400 metros en el mar del Japón donde se encuentra el Ficus Colus, y si uno lo toma entre las manos, este caracol con forma cónica es ultraliviano y pareciera que en cualquier momento, con sólo rozarlo con los dedos, su caparazón se va a quebrar.
Dan ganas de visitar el taller de trabajo de Jaime porque allí, con un torno y mucha paciencia, revela los colores de los caracoles de los mares cálidos, tropicales, que muestran el nácar. “Los de mares fríos son más fuertes, más resistentes”, dice y golpea una de las carcazas sin problemas. Ya en el peso se siente la fortaleza. Para Jaime, no hay uno igual al otro, y lo que lo maravilla es que cada caracol sea la casita de protección de un bicho, y que una shell sea apenas una de las cinco mil variedades que abarca la gran familia de los bivalvos. Tener un caracol del fondo del mar, de aquellas profundidades insondables, es como tener un pedacito del secreto de las profundidades marinas. Sin embargo, al escuchar el relato de su vida, entre mares extraños y países lejanos, tal vez sea el propio Jaime el secreto a revelar, cuando tranquilo y pacífico se sienta sobre el borde del Paseo Costanera y cuida que el viento que sopla desde el océano no haga rodar las caracolas marinas delicadas y livianas que lucen protegidas sobre el lienzo de terciopelo. Y que se encienden en destellos que irradia el nácar bajo el sol de una tarde cualquiera junto al mar.