Por Leo Alvarez
Fotos Carolina Marinez Gonzalez y gentileza Luis Narciso

Uno de los sueños de muchos amantes de la naturaleza es hacer un safari por las planicies africanas y estar en contacto con animales en paisajes espectaculares. Sin embargo, muy cerquita, en el sur de la provincia de Buenos Aires tenemos –si bien con las diferencias climáticas obvias- un paraíso comparable a los de esas películas en donde el sol calcinante nubla la vista, donde extraños animales se espantan con el andar de las camionetas.

La zona serrana de Buenos Aires suele ser un reservorio de sorpresas. Por eso no es inverosímil decir que a 20 kilómetros de Sierra de la Ventana, en la terminación del cordón Pillahuincó,  se puede vivir un safari. En campos privados en donde se erige una reserva que funciona como una zona de conservación privada, donde se pueden apreciar desde muy cerca variadas especies de mamíferos y aves, enmarcados en un paisaje natural que posee reservas mundiales de pastizales, bioma que comparte con regiones de Africa del Sur y que es muy importante tanto para el desarrollo de la biodiversidad.

En este sector de las sierras, que el guía-intérprete, Javier Gómez, denomina Cerro Tigre, se puede ver cómo viven tranquilamente y en manada distintas especies -la mayoría aportadas por la mano del hombre– como los muflones, los merino, el jabalí, el ciervo colorado, el ciervo dama dama. También animales nocturnos como el coipo, la mulita y la nutria. Las aves también están presentes con lechuzas vizcacheras y la hermosa loica de pecho colorado. También hay manadas de ñandúes, más difíciles de divisar pero que vale el esfuerzo buscarlas.

Su majestad, el pastizal

La extensión de los pastizales hace que no se llegue a divisar el final de estos campos. El horizonte es el tope y cuánto más caminamos más se aleja. Vastas áreas en donde reina sólo el pastizal y algún que otro árbol que el hombre aportó al hábitat natural, como pino y eucaliptus; enemigo de estas zonas pero que la misma naturaleza se encarga de eliminar con los fuertes vientos que predominan.

Entre ascensos y descensos a bordo de una camioneta 4 por 4, Javier remarca que la zona de pastizales es clave para la retención de agua. La geografía enseña que este tipo de bioma es un intermedio entre el bosque y el desierto. Si el pastizal tiende a desaparecer, la región se acerca a un estado desértico. En el caso de que el pastizal tenga más presencia, la humedad del suelo hará que se transforme en bosque.

Lamentablemente, el pastizal escasea y eso sumado al poco volumen de lluvias hace que corra peligro. La mano del hombre ha influido mucho en las sierras, pero lo ha hecho de mala manera. Uno de los peores daños fue haber introducido el caballo a los pastizales. Dos hembras y un macho fueron suficientes para que en unos años haya tropillas de cimarrones que se alimentan y pisotean el pastizal, que es muy sensible. No por nada explica Javier que los vasos de las patas de los animales propios del pastizal son muy suaves y mullidos para no lastimarlo. Algo que, claro, no sucede con los caballos.

No sólo en Sierra de la Ventana: el pastizal está amenazado en todo el mundo por razones relacionadas con la influencia del hombre, como por ejemplo la generación de incendios para acondicionar el campo con vistas al cultivo. De ahí que el parque provincial Ernesto Tornquist es una de las zonas protegidas mundialmente. Se la denomina Area Valiosa de Pastizales (AVP’s) y comparte ese privilegio con otras regiones de Buenos Aires en la pampa húmeda y con sectores de Uruguay y Brasil.

Un safari en Buenos Aires

Además del gran valor natural de estos campos, los amantes de los animales y la fotografía estarán en su salsa. Cuando la camioneta sube y baja los cerros es posible ver en detalle varias especies. El camino comienza por la zona donde acostumbran estar los merinos y los muflones: andan en manada paseando ante los ojos del visitante sus vistosos colores. De vez en cuando, como si creyeran que están dando un espectáculo, dos muflones miden sus fuerzas y hacen chocar sus cuernos en forma de espiral. El ruido queda por un instante en el aire. Al rato, uno se rinde ante la evidencia de la fuerza rival y se aleja.

Más tarde hay tiempo para enfrentar a los jabalíes que, si bien pequeños, pesan entre 50 y 70 kilos. Son las hembras y los jabatos –como se llama a las crías. Los machos grandes llegan hasta 200 kilos y no se acercan a la gente. Luego, al atardecer, aparecerán a ver cómo están sus crías y la manada. Pero ya no estaremos ahí porque son grandes y pesados y no hay que arriesgarse, como afirma el guía mientras nos muestra los golpes que sufrió la camioneta una vez que se animó a quedarse hasta la noche. La marca es elocuente y para muestra tenemos los pequeños pero afilados colmillos de un jabato que se alimenta cerca.
A lo lejos, siempre en estado de alerta, los ñandúes miran hacia atrás, listos para comenzar su carrera cuando el vehículo se acerque. Más fáciles de avistar son los charitos, la cría de ñandú, muchas veces víctima de los predadores.

Afinando la vista, y antes de una parada técnica para saborear una picada de cortesía con fiambres y quesos de todo tipo que pueden conseguirse en Sierra de la Ventana, vemos cómo algunos ojos de agua hacen frente aun al desierto. Allí es el lugar preferido de los ciervos, los roedores y flamencos que por la tarde llegan a buscar agua y alimento. Cada hora, los colores y los sonidos son nuevos. Ahora es cuando más claramente podemos ver las semejanzas con las inmensas planicies del Serengeti, parque nacional que comparten Tanzania y Kenia. Vastos terrenos planos en donde el pastizal es rey y algún que otro árbol aislado se levanta contra el horizonte. Al atardecer, el sol penetra las densas nubes con algunos de sus rayos completando un cuadro que nada tiene que envidiar al de las tierras del continente misterioso.
 
Se esconde el sol

Pronto se hace la noche y allí es cuando, unos segundos antes de la oscuridad total, los animales nocturnos se muestran o se hacen oír. El coipo o falsa nutria sale de su cueva a buscar alimento en los ojos de agua. Llega a pesar hasta 10 kilos y es un eximio nadador. También llegan allí los armadillos o mulitas y si hay suerte y el mar -a 80 kilómetros, en Monte Hermoso- está revuelto, los flamencos rosados son la frutilla del postre de este lugar.

Pero cuando es todo negro y la vuelta comienza a destilar melancolía, los ciervos aparecen muy cerca, en manadas de hasta 40. Colorados y dama dama pasan raudamente, algunos se quedan, buscan comida entre el pastizal, miran curiosos de la misma forma que los visitantes los observan a ellos. Los flashes de las cámaras solo podrán captar el brillo de sus ojos pero en las retinas quedan grabados. Por eso hay que verlo y vivirlo para sentirlo por completo.

Ejemplo de conservación y utilización racional de la tierra, estos campos de Cerro Tigre son también reservorio de emociones y aprendizaje y una muestra más de que nuestro país es una valiosa fuente de bellezas naturales.