Por Leandro Vesco y Martín Camaño/Fotos Juan Carlos Casas

La sombra de Adolfo Bioy Casares sobrevuela el pueblo. Pardo no fue un lugar más en el mundo del genial escritor. Fue su lugar. Aquí su familia tenía la estancia “Rincón Viejo” señorial casco en donde contrajo casamiento con Silvina Ocampo, con un wwwigo muy particular: Jorge Luis Borges.

Durante seis años administró este campo de la familia en Pardo, partido de Las Flores, en la provincia de Buenos Aires. Y aunque admitía que “era un administrador pésimo”, también reconocía que disfrutó de la plácida y austera vida campestre. Fue aquí, en uno de los pasillos de la casa de Pardo, donde se le ocurrió el argumento de “La invención de Morel”.

Antes había publicado un puñado de títulos de los cuales renegaba y nunca quiso reeditar. “Prólogo” (1926), en una edición pagada por su propio padre, fue el primero. “Me sirvieron para aprender a escribir”, dijo mucho después. “Hice mi aprendizaje a costa del público.” Por eso su consejo para los jóvenes escritores fue siempre más o menos el mismo: leer mucho, escribir “bastante”, y no apurarse a publicar. 

En Villa Pardo todavía recuerdan los veranos en que esta dupla que escribió algunas de las páginas más bellas de la literatura universal caminaba por el pueblo. La estación de tren es un museo que recuerda la vida de Adolfo en el pueblo. Cruzando la vía se halla un imponente edificio en donde antes funcionaba un ramos generales; hoy es el flamante hotel “Casa Bioy”.

Mariela, la encargada, nos cuenta que se basan en un concepto de hotelería rural, con vista a una extensión relajante e inmensa de campo, con la Ruta 3 allá lejos como señal de que todo está cerca, pero a su vez, lejos. El hotel está en un proceso embrionario, ya que tienen planeado hacer cabañas y un sinfín de atractivos más.

Seguimos caminando y entramos a la escuela que lleva el nombre del padre de Adolfo, Juan Bautista Bioy. Al entrar, un aroma a sopa materna nos invade, provocándonos delicados sentimientos de comodidad. Es un cuadro con estos elementos: la risa de los niños y las maestras haciendo su trabajo, el inmenso patio y la bandera allá en lo alto.

La escuela que homenajea al padre de Bioy Casares no escapa a esa energía positiva de Pardo: aquí están las semillas de este pueblo. Fabiana, la directora, nos recibe en la biblioteca y nos comenta que dentro de poco se hará la Feria del Libro Rural, y que los niños aprovechan los recreos “Juegan al truco, es lo que más les gusta”

Una fábrica textil es la fuente de trabajo más importante del pueblo, pero también se oyen las máquinas en la panadería más vieja de Pardo, donde Matías Crosta recuperó hace algunos meses, y que constituye un hito en la vida comunal.

Los cien años de Adolfo

“Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro: el verano se adelantó.” Resulta por lo menos curioso que el responsable de estas líneas -tal vez de los más perfectos y cándidos comienzos de la literatura argentina- haya nacido en uno de esos puntos excepcionales de la ciudad en que dos calles paralelas, de repente, se cruzan. Pero fue así.

El 15 de septiembre de 1914, en un edificio ubicado en la esquina porteña de Uruguay y Montevideo, nació el escritor Adolfo Bioy Casares. “La invención de Morel” (1940), obra capital de Bioy, tiene un trama que transcurre en una isla poblada por “proyecciones” de personas muertas, y a la cual pertenecen las líneas citadas al comienzo. 

Proveniente de una familia acomodada, Bioy descubrió su vocación junto a otra de las grandes pasiones de su vida: las mujeres. Cuando tenía 10 años, el portero de su casa lo vio mirando una juguetería y le dijo: “Ya sos un hombre, los juguetes no te interesan, te interesan las mujeres”. Y lo empezó a llevar a los teatros de revistas.

Con apenas once, escribió una novela sólo para conquistar a su prima, imitando a la escritora francesa Gyp, de la cual ella era fanática. Y un año después, al leer el primer capítulo del  Quijote,  ya no le quedaron dudas de que lo suyo sería la escritura. El Quijote dejaba su aldea natal para abandonarse a la aventura, y el joven Bioy sintió una ansiedad tal al leer aquello que decidió que su aventura sería convertirse en escritor para poder despertar una ansiedad semejante en futuros lectores. 

Bioy sostenía que se dedicaba a esos géneros porque exigían cierto rigor de escritura. Se consideraba un cuentista, a pesar de haber firmado varias novelas. Según él, existían dos tipos de escritores: los novelistas, que piensan en personajes, y los cuentistas, que piensan en tramas. La  literatura de Bioy sin dudas es la consagración absoluta del argumento, de la trama por sobre cualquier otro elemento del relato. Creía que cada historia imponía su modo de ser contada, y por eso afirmaba que para escribir cada libro había que aprender a escribirlo “como si uno no supiera”. 

Luego de “La invención de Morel” publica “Plan de evasión” (1945), una novela con elementos similares a su antecesora -la isla, el invento fantástico, seres actuando como autómatas-, pero con una trama y una construcción narrativa mucho más delirante y arriesgada. “El sueño de los héroes” (1954), su segunda obra maestra, cuenta que la escribió para demostrarle a su madre que podía escribir algo más extenso, algo parecido a una novela de verdad. En ella el tema del heroísmo y el destino trágico se tensan con los carnavales porteños como telón de fondo. Le seguirán “Diario de la guerra del cerdo” (1969) y “Dormir al sol” (1973).

En 1940, el mismo año de la publicación de “La invención de Morel”, se casa con la escritora Silvina Ocampo, en Pardo, con quien más adelante coescribirá “Los que aman, odian” (1946). Se mantienen juntos hasta la muerte de ella, en 1993, a pesar de sus sistemáticas y consabidas aventuras amorosas. “Uno hace turismo a pie por la ciudad cuando está enamorado, cuando anda con mujeres. Para que no lo vean”, declaró en una de sus últimas entrevistas televisivas.

Y también que Silvina soportaba sus amoríos con “abnegación y bondad”. “Sé que me has querido porque siempre has vuelto a mí”, solía decirle ella.  Miembro estable del grupo Sur, revista dirigida por Victoria Ocampo (hermana mayor de Silvina), la anécdota del inicio de su amistad con Borges ya es célebre.

Mi amigo Borges

Borges y Adolfo se conocieron en una cena en la casa de Victoria, celebrada para agasajar a un extranjero ilustre que estaba de visita en Buenos Aires. Borges y Bioy se pusieron a conversar y esto enojó a Victoria, que se paró y les dijo: “No sean mierdas y atiendan al invitado”. Borges lo tomó a mal y se pasó el resto de la noche hablando con su nuevo amigo.

Juntos dirigieron la colección de novelas policiales El Séptimo Círculo, escribieron a cuatro manos cuentos bajo el seudónimo de Bustos Domecq, y varios guiones cinematográficos, entre ellos el de “Invasión” (1969), de Hugo Santiago, una de las mejores películas jamás filmadas en la Argentina. De la escritura compartida junto a Borges, Bioy nos deja una imagen memorable: “Escribíamos riéndonos a carcajadas”. 

Decía que tenía  una inteligencia pesimista y un ánimo optimista, y de ahí tal vez radique ese humor sutil y esa mágica levedad que atravesó su obra. En 1990 fue galardonado con el Premio Cervantes. Al recordar a su madre, la evocaba repitiéndole hasta el cansancio: “No te creas el centro del mundo”. Le hizo caso, y así se convirtió en el discreto encanto de la literatura argentina. Murió en 1999, a los 84 años, como demostrando que este nuevo siglo no sería digno de él. Será por eso que en el centenario de su nacimiento se afianza la certeza de que ya no nacen hombres como Bioy.