Cien años atrás, la capilla de una estancia se transformó en pueblo. Más tarde, una familia danesa, cuyo descendiente era un amante de la naturaleza, donó las más de 17 mil hectáreas para que fuera un Parque Nacional (ver recuadro aparte). Mburucuyá es el nombre del pueblo, del parque y de una enredadera que tiene una flor que parece hecha de pestañas violetas. En sus calles, algunas de asfalto, otras de tierra arenosa, se mantiene el encanto de las casonas de hace dos siglos, con galerías y columnas, algunas aún talladas a mano en maderas y rejas que protegen los ventanales hasta el suelo. La iglesia que reemplazó a la capilla original, dirige cada año la procesión que marcha por el pueblo llevando a su patrono: San Antonio. Es la noche del 13 de junio y además de la imagen, las principales figuras del chamamé despliegan su música en tres temas “por turno”, equitativo para todos los músicos, en un escenario montado ahí nomás en las escalinatas. Al día siguiente, por la tarde, a las 5 en punto, la procesión une las dos únicas plazas del pueblo.
Chabela se apoya en el umbral de entrada de su casa de dos plantas junto al portal de madera hecho a mano. La procesión pasa frente a ella, pero espera. Pasa la imagen de la Virgen María. Pasa la de la Virgen de Luján. Y aparece San Antonio, junto a todo el pueblo y el gauchaje. Entre ellos y en un sulky, Pascual Pérez se vino especialmente desde una de las estancias del estadounidense Douglas Tompkins, donde trabaja, para este evento. Antes lo hacía de a caballo, pero quiere mantener viva la tradición de los sulkies y lo tiene impecable. Chabela se suma y saluda a El Federal y le propone juntarse después de rodear la plaza con la procesión, para tomar unos mates. Y así lo hace, mientras el gentío escucha la misa de pie en la plaza 25 de Mayo, frente a la Iglesia, saca dos sillas a la vereda, la pava y el mate. Y cuenta que fue su abuelo Sixto Verón quien fundó en esta misma esquina un comercio enorme. Era el dueño de toda la cuadra. Ahora no. Pero se entusiasma ante la idea de que sea reacondicionada como Patrimonio Arquitectónico de Mburucuyá. La gente va y viene. Entre ellos, de punta en blanco está Lisa, la dueña de uno de los hospedajes más nuevos, “La vieja guardia”, que funciona en el edificio original de la comisaría del lugar. Sabe de todo sobre la historia de Mburucuyá. Y recomienda un libro que acaba de publicarse.
Mientras tanto, desfilan sombreros, boinas, bombachas. Fustas, cintos y facones. Pulseras brillantes y helicópteros de plástico que vuelan y se encienden en el aire como si estuvieran hechos con luces de neón, forman parte de la oferta de la fiesta que dura tres días. Hay música y baile también, pues haciendo honor a la provincia, hay una pista donde nadie es ajeno al chamamé. Llega gente hasta de Buenos Aires para bailar. Y son tan buenos los bailarines que por momentos es más sensual que el tango. Es aquí donde cada año se realiza el Festival Provincial y Nacional del Auténtico Chamamé Tradicional, que cumple 44 años. Hay tres fechas, la del prefestival en noviembre, otra en enero y la gran fiesta gran, en febrero.
Por las calles del pueblo se llega caminando hasta el Museo del Chamamé y la laguna, que muestra un paseo costero impecable y playas de arenas claras y suaves. Junto al espejo lacustre, está el anfiteatro donde se desarrolla cada año el pre y el Festival del Chamamé. Porque aclaran lo anfitriones, Mburucuyá es la cuna de este folclore. Y hay una perla. La estación del trochita angosta que unía la capital de Corrientes con Mburucuyá. Dicen que era tan lento, que la gente hacía seña como a un colectivo y el maquinista disminuía aún más la marcha y la gente trepaba. “Incluso, hasta bajaban del tren y se robaban alguna gallina”, dice Juan Carlos “Juanqui” Galeano, que cuenta que su suegro fue el último jefe de la estación, Gumersindo Garrido, y hasta vivió allí unos años atrás. Caminar por las callecitas de esta localidad es como adentrarse en un túnel del tiempo. Las mandarinas y paltas que abundan en esta zona se consiguen con sólo estirar un brazo, hay plantas en todas partes. En agosto, los lapachos rosados explotan de flores y adornan todo el pueblo y la región. Frente a la plaza principal está la sede de la intendencia del Parque Nacional Mburucuyá. Y desde allí, uno puede buscar la información para acceder al área protegida que fue una antigua estancia. Su casco luce impecable y hay senderos autoguiados y caminos para hacer en 4×4. Son 17.600 hectáreas que abarcan once lagunas y entre ellas el estero Santa Lucía. Cuando uno llega al centro de informes dentro del predio y mira atentamente entre los árboles puede descubrir, por ejemplo, una familia de “tarucas”, el ciervo más pequeño que habita la Argentina. Es apenas un poquito más grande que un perro normal, más gordo tal vez, de patas más finas y color pardo. La avifauna es riquísima y hasta se puede ver algún aguará guazú, tatú mulita y ciervo de los pantanos, además de medio millar de aves. Si la música y el baile lo atrapan, anótese en noviembre, enero o febrero. Y recuerde que al final del verano los carnavales también pueblan la provincia. En especial Mburucuyá.