Por Leandro Vesco

En 2010, la maestra Alicia Macagno de la Escuela Rural N° 65 propuso a sus alumnos hacer un picnic en terrenos aledaños al establecimiento. Mientras se desarrollaba el convite hallaron material en superficie que les llamó la atención: se trataba de utensilios y elementos propios de la vida. Sobre ese desierto de soja, había existido actividad humana.

Pocos días antes el campo había sido arado y los chicos, para llenar su curiosidad, hicieron excavaciones y hallaron más objetos, tantos fueron que decidieron presentarlos en la Feria Provincial de Ciencia. Allí entra en juego el Doctor en Arqueología Carlos Landa, quien fue alertado por la Subsecretaría de Cultura de La Pampa. Los alumnos habían hallado más de 4000 elementos que daban cuenta que en aquel solar que se usaba para sembrar soja había existido vida.

La soja y la avaricia no perdonaron ni siquiera las ruinas. En el norte de la provincia de La Pampa existió un pueblo que hoy yace tapado por la soja. Su vida fue corta, de 1901 a 1911, y casi nada sobrevivió de él en la memoria de los pobladores de la zona. Un grupo de arqueólogos de la Universidad de Buenos Aires dio con las ruinas hace cuatro años, y desde entonces viajan un par de veces por temporada –cuando el terreno no está cubierto por soja– para continuar redescubriendo a Mariano Miró: el pueblo que no pudo ser y que sale a la luz.

Pocos años después la Escuela N°65 cerró. La soja echa al hombre del campo, al no necesitar mano de obra para trabajar y mantenerla. Tras hablar con los protagonistas, el arqueólogo y su equipo llegaron al sitio. Fue hace cuatro años. Delimitaron el área y recolectaron 11 mil objetos, desde monedas y botellas de gres o champagne hasta bombillas, botas de cuero, cerámicas y tenedores. Terminada la última campaña en septiembre pasado, ya llegan a 15 mil elementos hallados, que después de estudiarlos retornan a La Pampa.

“La historia que existe del pueblo son sólo cinco renglones”, explica Landa. La única referencia la sacaron de una viaja guía del Imperio Británico, allí daba cuenta de que Mariano Miró tenía 495 habitantes, llegó a tener hotel, almacén de ramos generales, herrería, pulpería y varios comercios pero luego de esas cinco líneas, Mariano Miró desaparecía, hasta que decidieron investigar aún más, hallaron en el Museo del Ferrocarril, en Capital Federal, algunos mapas muy viejos del pueblo. La actividad allí había comenzado en 1902, pero había datos hasta 1911.

Las tierras fueron y son propiedad de la familia Santamaria. Tener un pueblo allí les ocasionaba pérdidas, hasta 1911 las alquilaron pero luego decidieron sembrarlas y las familias que vivían en el pueblo debieron irse, llevando consigo todo lo que pudieron para comenzar una nueva vida. En pocas semanas los casi 500 habitantes se fueron, y fundaron dos pueblos, Hilario Lagos y Alta Italia, pero a esta gente les resultó raro decir que habían nacido en un pueblo que no existía, y no se halló ninguna partida de nacimiento de Mariano Miró, sólo un antiguo poblador de 82 años que recordó haber nacido en “ese pueblo fantasma”

Hoy, donde antes hubo un pueblo hay un horizonte fértil de soja, pero esa fertilidad es extraída de las ruinas de una comunidad que puso allí todos sus sueños. “Ahí hay trabajo para décadas, porque dentro del contexto de la arqueología argentina no hay un sitio así, es un pueblo que está a 50 centímetros del mar de soja”, enfatiza Landa.