El pelaje tostado de Rosita no deja de brillar. Mueve su cola desesperadamente cuando Nicolás Mucci le acerca a la boca un pedazo de pan negro. Luego de devorarlo con unos pocos bocados, se queda relamiendo los dedos del médico veterinario. Es muy mansa y acepta con gusto todas las caricias. La ternera es una Jersey, una de las razas lecheras británicas más difundidas, adaptable a los diferentes climas de nuestro país. Desde lejos, Rosita parece una ternera más de las tantas que pastan en suelo argentino, salvo por una cualidad que la vuelve histórica: es el primer bovino genéticamente modificado, con la incorporación de genes humanos que la hacen capaz de producir leche maternizada. La bandera celeste y blanca que cuelga del cuello de Rosita da cuenta de que se trata de un desarrollo ciento por ciento argentino.  
    Germán Kaiser, Nicolás Mucci (ambos del Grupo de Biotecnología del INTA Balcarce) y Adrián Mutto (de la Universidad Nacional de San Martín), son los tres jóvenes investigadores que trabajaron intensamente durante casi ocho años para alcanzar este logro que ya está en boca de todo el mundo. “Rosita-ISA”, como bautizaron a la ternera (ver recuadro), nació el pasado 6 de abril en la sala de neonatología montada en la Estación Experimental Agropecuaria del INTA Balcarce. “Rosita-ISA” nació en el marco de un proyecto del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria y de la Universidad Nacional de San Martín, con el apoyo del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación. El trabajo comenzó en 2003, cuando los investigadores comenzaron a desarrollar un animal transgénico, que tuviera la posibilidad de producir una leche mejorada de alto valor nutricional, que industrialmente pudiera ayudar a las madres incapaces de amamantar a sus bebés, o que no deseen utilizar tratamientos médicos.
   Los primeros estudios fueron con ovarios de cabras, pero debido a los constantes viajes a La Pampa y Mendoza, y a las dificultades para conseguir cabras en la zona, decidieron experimentar con bovinos. “Buscamos especies que puedan producir leche, y aunque en vacunos la experiencia se puede realizar en las distintas razas lecheras, elegimos la Jersey, que nos pereció ideal para este trabajo”, dice Kaiser. La raza Jersey da leche de gran valor proteico. No son animales de gran porte, pero tampoco pequeños. Su pelaje varía, desde el bayo claro al casi negro, pasando por el tostado, overo y, con menor frecuencia, el grisáceo. Tienen cabeza muy femenina y cuello angosto.

Proteínas. La técnica para lograr que la ternera produzca leche maternizada comenzó con la obtención de una célula donante, denominada así porque se destina a proveer todo su material genético para el futuro clon. Se tomaron muestras de piel de una vaca Jersey y se extrajeron ovocitos de una vaca muerta de la misma raza, además de células de una vaca viva. Luego se comenzó a decodificar este material en una línea celular, y así los investigadores lograron formar el genoma de esa raza. Lo más destacable es que se logró aunar la excelencia tecnológica con el potencial que la Argentina tiene en materia de producción ganadera. 
   El desarrollo continuó en el laboratorio con la inserción de dos genes humanos a un grupo de células, por medio de genética aplicada. Los genes que se insertaron en la ternera son la lactoferrina y la lisozima humanas. La lactoferrina favorece la fijación del hierro presente en la alimentación y es mil veces más eficiente que el sulfato de hierro. Presenta funciones antibacteriana, bactericida, antiviral, antifúngica, promueve la odontogénesis (es decir, el crecimiento de los dientes) y es un excelente madurador de las células del inwwwino.
“La función principal de la lactoferrina es ingresar hierro al torrente sanguíneo. Es muy importante para los neonatos”, comenta Mutto, doctor en Biotecnología y Biología Molecular.
Por otro lado, la lisozima, una proteína muy pequeña, indispensable para el sistema inmunológico, tiene una actividad antibacterial por excelencia, que en la leche de los humanos se encuentra en muy altas concentraciones en la primera semana de lactancia de vida del infante. Fue descubierta en 1922 por el científico escocés Alexander Fleming. “Previene posibles infecciones oportunistas que en el bovino es casi indetectable”, explica Adrián, y continúa: “Son dos buenos target para adicionarle a la leche de vaca, que es la que más se consume en el mundo, pero nunca podría reemplazar a la leche materna, que es única”.
  
Clon. Una vez obtenido el grupo de células con los dos genes insertos en su genoma, se procedió a la técnica de transferencia nuclear, es decir, a la clonación propiamente dicha. Este proceso consiste en transformar una célula -la que contiene los genes humanos- en un embrión, que finalmente derivará en una gestación.
La empresa argentina de biotecnología Bio Sidus S.A. había logrado el primer ternero macho transgénico para hormona de crecimiento, que nació en diciembre de 2004 por el método de clonación.
En esta oportunidad, para lograr a Rosita apenas se hicieron siete transferencias, mientras que los creadores de la oveja Dolly, el primer animal clonado en 1996 en Escocia y que vivió 8 años, necesitaron realizar 270 transferencias embrionarias. “Hay que diferenciar la clonación para preservar genética, de la clonación en la que se agrega otra técnica (como la transgenes) para transformar a un organismo y darle valor agregado”, dice Kaiser. El investigador agrega que continuarán la investigación con cabras, porque su leche es más cercana a la humana que la de los bovinos.
Como parte del procedimiento de clonación, los investigadores extrajeron ovocitos de vaca de faena a partir de ovarios previamente desprovistos de material genético que no fuera de interés. A estos ovocitos luego les introdujeron las células transgénicas por micromanipulación, a través de un microscopio invertido con dos agujas hidráulicas. “Una vez que se obtuvieron las dos células juntas, el ovocito nucleado y la célula donante, le hicimos crecer químicamente en el laboratorio que fue fecundado”, explica Mutto, y Kaiser agrega: “Cuando por distintos métodos esa célula se activa, el núcleo toma comando de todo ese mecanismo que posee el ovocito y se genera un embrión que hasta el día 7 de vida se mantiene en estufas en un laboratorio, hasta que sea transferido a la vaca receptora. Lo que hemos logrado es una plataforma tecnológica que va a permitir introducir otro tipo de proteínas dentro del genoma de la vaca”. Si bien en el mundo de la ciencia se había logrado obtener células transgénicas con una sola proteína, la novedad en este caso, es la introducción de dos proteínas en células transgénicas en un mismo momento.
El proyecto hizo base en la Estación Experimental Agropecuaria que el INTA tiene en la ciudad de Balcarce, al sudeste de la provincia de Buenos Aires. Esta estación de punta se creó en 1945, en un lote prestado en el campo de los hermanos Coviella en el paraje “Las Piedritas”. Hoy cuenta con un predio propio de seis lotes con un total de 465 hectáreas, donde se realizan actividades de investigación y experimentación que se desarrollan en las áreas de agronomía, producción animal y economía y sociología rural. Sus trabajos son reconocidos en todo el mundo. 

Dulce espera. Para la transferencia embrionaria, los investigadores utilizaron como receptora una vaca Angus negra, mansa y con excelentes condiciones de fertilidad, características innatas de la raza. Nueve meses duró la gestación de Rosita-ISA. Durante ese tiempo, los tres investigadores y su equipo continuaron trabajando sin desviar el centro de atención en la vaca receptora y el desarrollo del embrión. 
La preñez fue seguida diariamente por ecografías. Luego de cumplirse el tiempo de gestación, el parto se realizó por cesárea en la Sala de Neonatología equipada con tecnología de primera, que los investigadores montaron en la estación del INTA Balcarce. El parto fue inducido para resguardar la salud del animal, ya que en rumiantes hay un síndrome propio de los clones que produce varios problemas metabólicos, inmunológico y cardíacos. “A partir de allí, se efectuaron seguimientos y asistencia neonatológica para cubrir todos los requerimientos de este animal especial, no sólo por su condición de clon, sino porque además se trataba de un animal genéticamente modificado”, detalla Mucci, médico veterinario encargado de la cesárea de la Angus.
Por unos instantes, un escalofrío corrió por la piel de los investigadores; fue cuando a Rosita se le detectó una sepsis, infección que surge después del período perinatal, que causa muertes y discapacidades neurológicas, y que luego -felizmente- fue controlada por los especialistas. Además, la ternera desarrolló una intolerancia a la leche de la vaca receptora, por lo que se debió recurrir a una lactancia artificial, y forzar un pasaje de animal lactante a rumiante con asistencia de nutricionistas altamente capacitados.
Por último, se le hicieron estudios a Rosita por métodos de secuenciación e hidratación, para confirmar que los genes están insertos en su genoma. De esta manera, los descendientes de Rosita portarán una alta proporción de estos genes de interés, y por lo tanto, los técnicos aseguran que no será necesaria la clonación, ni volver a recurrir a biotécnicas tan complejas: las secuelas se realizarán por cruzamientos naturales, y así se podrá obtener un rodeo de animales transgénicos con relativa sencillez.
“La idea en un futuro es modificar genéticamente a los animales para que sirvan a la población en un lapso cercano”, dijo Mutto.
Un buen motivo para brindar… con leche.