La vida lleva a veces por caminos insospechados. Hasta hace 5 años, Samantha Kildegaard, de 35 años,  vivía en Mendoza y se dedicaba a hacer traducciones y a trabajar como intérprete, además de representar a una marca de vino argentino en el exterior. Hoy es una destacada apneísta de reconocimiento internacional. 

Esto, hasta que inició un viaje que la llevó a Australia y otros países para afincarse en las islas Turcas y Caicos, en el Caribe, donde hoy reside y es instructora de buceo. En noviembre participó por primera vez de una competencia como apneísta en México y logró llegar hasta los 36 metros de profundidad en peso constante con aletas, lo que le permitió batir un récord nacional en la categoría femenina.

Mi vida transcurre prácticamente en el océano y me siento a gusto debajo del mar. Es mi segundo hogar”, comenta esta joven que en realidad ha tenido diversos hogares. Nació en Buenos Aires pero su familia se trasladó a Mendoza cuando ella tenía 5 años. En 2010 se decidió a viajar a Australia, donde obtuvo la certificación como guía de buceo, y de allí pasó a Tailandia, sitio en el que se convirtió en instructora. Luego de recorrer varios países del sudeste asiático llegó a las islas caribeñas donde ahora vive.

Samantha aprendió a nadar de pequeña y a bucear con tanque, acompañada por su padre, cuando tenía 10 años. En Australia perfeccionó la técnica y en Malasia, hace dos años probó el buceo libre o a pulmón, en el que sólo se utiliza la respiración para sumergirse (de ahí que quienes lo practican reciben el nombre de apneístas). “Es sentir la más pura sensación de libertad en el océano”, asegura y bromea que para ella se ha convertido en algo parecido a una adicción, pero sana. 

Aunque su pasión por este deporte es evidente, también aclara que requiere de mucho entrenamiento, concentración y disciplina. Para alcanzarlos, se entrena con ejercicios que realiza en el agua, tanto en pileta como en el mar, y en la tierra. Además de aprender a controlar la respiración y a poder suspenderla durante el mayor tiempo posible, Samantha prepara su cuerpo para llegar a ciertas profundidades, con poco oxígeno y altas concentraciones de dióxido de carbono y de ácido láctico. 

Sin embargo, resalta que lo fundamental es el trabajo mental, por lo que practica yoga y meditación casi todos los días. Y también aplica las técnicas que aprendió de su entrenador, Alejandro Andres, quien vive en Puerto Madryn, es campeón argentino de apnea y creador de la única escuela de apnea en Sudamérica. 

Otra de sus pasiones es poder compartir con los demás la experiencia de conocer el mundo que se encuentra debajo del agua, por lo que disfruta de su labor como instructora. “He tenido la suerte de haber cambiado la vida de varias personas luego de experimentar esta actividad recreativa bajo el mar. El enseñar es un sentimiento muy satisfactorio”, señala. 

Aunque desde noviembre del año pasado ostenta también la satisfacción de haber obtenido un récord para la categoría femenina en una competencia internacional de buceo libre en apoyo a la conservación de los mares, que se realizó en el Mar de Cortés, México. El torneo tenía el objetivo adicional de promover la conciencia sobre la importancia de conservar los océanos y el medio ambiente marino. Para Samantha fue la oportunidad de conocer a varios referentes de la inmersión libre y de llevarse una medalla por llegar a los 36 metros de profundidad, en peso constante con aletas

Samantha Kildegaard cuenta que la vida en las islas Turcas y Caicos es sencilla y tranquila. Se trata de un conjunto de ínsulas que se ubica en el océano Atlántico entre las Bahamas y República Dominicana, con apenas 33 mil habitantes. “Se disfruta mucho de la naturaleza, es perfecto para mí”, describe.  “Me encanta vivir aquí. También creo que mi lugar en el mundo es cuando estoy debajo del agua, entonces siempre que haya mar me sentiré como en casa”, comenta.