Por Leandro Vesco

La cultura rural es rica, asombra y necesaria para los pequeños pueblos porque crea un canal de expresión que permite a los habitantes lograr despertar o desarrollar talentos que muchos no creían tenerlos. En Bordenave, en una vieja casona francesa un grupo de “locos bohemios” decidieron crear un Centro Cultural y una Biblioteca Popular. “Nos daban un año de vida, y ya vamos veintisiete, queremos seguir muchos mas”, afirma orgulloso Jorge Dupuy, uno de los guardianes de la cultura rural en este pueblo.

“Yo crecí en esta casa, cada vez que entro y veo la biblioteca se me viene a la mente que allá estaba el comedor, aquí dormía mi abuela. Este Centro Cultural para mí tiene una carga emotiva muy grande”, afirma Jorge. La vieja casona está hecha con materiales que la familia Dupuy trajo de Francia. La casa tiene un encanto especial que se siente en las paredes. Es una vivienda de otro tiempo que felizmente ha permanecido en éste. Bordenave es un pueblo que supo ser otra cosa, “tuvimos cerca de 3500 habitantes, y mucho movimiento. Pero después el pueblo se vino abajo”, la ausencia del tren fue uno de los factores preponderantes. Por cuestiones del destino, Jorge siempre estuvo cerca de la cultura. Cierta vez un profesor que llegaba al pueblo para dar clases le dijo que el pueblo debía tener una Casa de la Cultura para poder ofrecer un lugar para que, profesores como él, puedan quedarse a pasar la noche y seguir dando clases al otro día.

Aquel fue el disparador para pensar en devolverle la vida a esta casa familiar que en un momento fue donde estuvo la compañía telefónica, un jardín de infantes y luego quedó abandonada. Decimos recuperarla, y eso hicimos” En el año 1992 abrieron la Casa de la Cultura. “Una de nuestras ideas era poder brindarle al pueblo una Biblioteca Popular”, en poco tiempo el equipo conformado por una “Comisión  de locos, creamos la Biblioteca” Desde entonces es el único espacio libre y popular que tiene Bordenave donde se propone gozar del encanto de la lectura. “Tenemos varios talleres, pero uno de los que más nos gusta es el de lectura, donde se juntan los vecinos a compartir la lectura de un libro, haciendo reflexiones sobre esa obra”, agrega Gustavo Dupuy, familiar de Jorge y miembro de esa cofradía de soñadores que encuentran la felicidad en seguir manteniendo abierta esta vieja casona que sino fuera por los libros, sería seguramente una vivienda abandonada.

“Tratamos de trabajar en las escuelas. Hay mucha gente en el pueblo que está acostumbrada a leer y viene a alimentar esa costumbre, y últimamente hay gente joven que se acerca. Tenemos bastante movimiento”, afirma orgulloso Gustavo. En Bordenave las redes sociales comienzan a cambiar las costumbres, la Biblioteca propone todo lo contrario a la era smart: la búsqueda de información manual, consultando enciclopedias. “Es mucho mejor leer un libro que un resumen por Internet. Lamentablemente ahora sucede esto, internet hace que la gente pierda el hábito de la lectura, acá proponemos la búsqueda manual. Antes por ejemplo había libros con cuentos que se leían antes de dormir. Deberíamos volver a esas costumbres”, sueña Jorge mientras su mirada sigue el lento movimiento de un rayo de sol que baña de luz el lomo de unas novelas.

Bordenave tiene 850 habitantes. Está dentro del Partido de Puan, es un pueblo que llegó a competir para ser cabecera de Distrito en los años en los que el campo estaba habitado por familias inmigrantes y emprendedoras, cuando los bolseros cargaban los productos del país en trenes que venían vacíos y se iban repletos de cereal y vacas. La comunidad hoy vive al ritmo de la economía agricola ganadera, el pueblo tiene escuelas, clubes y en lo que era la estación de tren funciona un comedor y la única heladería del pueblo, refugio en las siestas sofocantes. Es una localidad que integra la ruta de turismo rural del grupo El Abrojal de Villa Iris que asesora Susana Schwerdt, de Cambio Rural de INTA, quienes han logrado crear una red de emprendedores que están a cargo de proyectos naturales, sustentables y que plantean un turismo vivencial en contacto con la naturaleza y la identidad rural.

Los proyectos que salen de esta casa producen un efecto contenedor en el pueblo. Todos los años se hace en el patio la Fiesta de los Artesanos, donde además se habilita el espacio para que todo aquel que siente deseos de exponer su arte, lo pueda hacer. En el verano proponen “Bordenave de Tardecita”, que es como una prolongación de esa fiesta. La idea es simple y amena: disfrutar de las tardecitas de verano donde el fresco comienza a bajar de los árboles mientras cantantes y músicos muestran su arte. “Todos las actividades que hacemos son libres y gratuitas. La Casa de la Cultura y su Biblioteca deben ser accesibles para todos los vecinos del pueblo”, agrega Gustavo, el más joven de la Comisión. El sentimiento hacia la emancipación del ser creativo crece entre estas paredes y la cultura rural se expresa con acciones a la medida del pueblo. Jorge integra un grupo de teatro que hace veinticinco años que estrena obras. Gustavo se entusiasma y confiesa el sueño de todos: hacer un Museo, algo que no tiene este pueblo que comenzó su historia hace más de un siglo.

La Casa de la Cultura confirma que en los pueblos es posible, y necesarios los espacios que promuevan las artes y la lectura. “Nos daban un año de vida”, recuerda Jorge, y ya van transitando el año veintisiete de ese sueño que comenzó con la necesidad de recuperar una casa familiar, pero que detrás de eso escondía el deseo de poder crear un territorio donde los libros, el canto, el teatro y las artes puedan germinar y crecer en un pueblo perdido en la pampa gringa bonaerense. Aquel sueño hoy está firme y emociona sentirlo así.

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