Casi en puntas de pie, la noche andaba por la galería. El viento despeinaba a la palmera y en cada giro el molino se quejaba.
– Ciérrelo m´hija, así disfrutamos del crepitar del hogar.
– Voy Doña, y de paso aprovecho para poner un poco de leña en la cocina y preparar la cena.
– El frío invita a una sopa. ¿Qué le parece si aprovechamos el caldo del matambre? Lo desgrasa, le agrega un poco de arroz y si lo saca de la prensa le entramos con unos sánguches. ¿Está de acuerdo señora?
– Tentadora la oferta Doña Potola. Yo le agregaría el toque de un huevo batido a la sopa y bastante queso rallado. También le puede agregar un chorrito de vino tinto.
– ¿Por qué no…?
– ¿Le paso el cuerpo principal del diario?
– Ya estuve leyendo los títulos señora, y con eso me alcanza.
– Mire que están sabrosos…
– Estarán como usted dice, pero no creo que le hayan caído nada bien a su amiga.
– A ella ni a nadie, doña. Este escándalo de los hermanos puestos en gerenciadores repartirá dolores de cabeza por varias oficinas del gobierno. Y como los mejores toreros con un pase de verónica, tratarán de lavarse las manos.
– Como siempre, mi amiga. Cuando se descubre una estafa, entregan a un “chorlito”.
– Lo de “chorlito” suena a víctima inocente, Doña Potola.
– No mi amiga, trato de definir la situación. ¿Quién les dio alas y poder para que se sientan intocables? A mi simple modo de ver me pregunto: ¿No tenemos un ministerio que debería atender las necesidades de viviendas de la sociedad en su conjunto?
– Entiendo que sí, doña.
– Entonces… ¿Con qué intenciones se le otorga a esta fundación tantas atribuciones que la convierten en la mayor empresa constructora del país? ¿Era para apropiarse del logo del pañuelo blanco y sentar a su vocera símbolo en los actos del gobierno?
– Doña Potola, usted hila muy fino…
– Señora, nos han querido hacer tragar tantos sapos echándole la culpa al primer distraído, que no hay que ser tan sagaz para ver lo que pasa. Los muchachos no roban dulce de la caramelera de la abuela. Se compran autos italianos, aviones, casas en los mejores barrios cerrados y, como son apegados a las tradiciones, no les cae nada mal cuando les ofertan una estancia. Son tan desprolijos que dejan huellas en cada esquina. Será que ya saben que en el sorteo de los magistrados, como si fuese una taba cargada, siempre cae “suerte”y ninguno va preso. La gente está cansada del eterno mentidero de que esta vez vamos a investigar hasta las últimas consecuencias…
– Quién le dice doña que esta vez no sea cierto.
– Señora, ya estamos un poco creciditas usted y yo, para escuchar un nuevo cuento de hadas.