Así no podemos seguir viviendo. Con ruidos permanentes cuando perforan, con olores, contaminación y el tránsito de los vehículos a toda hora“, señaló Roxana Valverde, vecina del asentamiento calle Ciega 10, una olvidada barriada de 15 familias que convive con el pozo EFO 280.

En ese lugar los vecinos le reclamaron a Ysur, empresa que extrae el petróleo, que la intensa circulación de los equipos petroleros deterioró sus precarias viviendas. Un estudio de medición de vibraciones determinó lo contrario y finalmente la compañía les ofreció firmar un acuerdo económico para resarcirlos por las “molestias”.

El convenio le iba a otorgar a cada familia unos 44.000 pesos, en efectivo y cuotas pero a la vez buscaba mantener la confidencialidad del pacto, obligaba a los vecinos a defender a la empresas ante conflictos con terceros y los privaba de la posibilidad de realizar nuevos reclamos por los efectos de la actividad. Cuando el polémico acuerdo tomó estado público Ysur dio marcha atrás y dejó a algunos vecinos esperando el dinero que nunca llegó.

La situación llevó a que familiares y vecinos dejaran de hablarse y hasta se retiraron el saludo porque algunos querían firmar el controvertido acuerdo económico y otros no. En los barrios Costa Este y Costa Blanco, los equipos petroleros también rodean a los vecinos que insisten en que la “convivencia” no es posible.

Gabriel Rodríguez es una chacarero pequeño que hace dos años tomó la decisión de abrirle la tranquera al petróleo porque la fruta le dejaba menos rentabilidad.

Su casa está a menos de 40 pasos de un equipo perforación y asegura que hasta el momento no sufrió ninguna consecuencia. “Lo único que se escucha es el ruido de los motores, que es soportable. Se puede dormir tranquilo y en mi casa seguimos tomando agua de pozo. Han hecho análisis del agua y salieron bien. Tampoco se nos rajó la vivienda, que tiene unos cuantos años porque yo nací acá. A veces escucho la radio y me da algo de risa cuando algunos vecinos hablan de contaminación y otros efectos… seguimos viviendo como antes“, señaló.

Rodríguez sigue produciendo peras en un cuadro contiguo al equipo de perforación y cría cerdos en chiqueros que están a pocos metros del pozo.  “Si la fruticultura no hubiese estado tan mal seguro no hubiera permitido esto pero sigo con la fruta que me queda esperando que la cosa mejore”, agregó. Consecuencias de un país que no ha apostado por las economías regionales, acaso la salida ideal para que familias que viven en pequeños pueblos puedan seguir viviendo allí, y no tener que buscar alternativas que modifiquen el medio ambiente. Historias de la Argentina profunda.