Fotos Juan Carlos Casas

Hay que ir a un patio cualquiera una tarde cualquiera, sentir el relincho del acordeón, ser eslabón en la cadena del tereré necesario, escucharlos mezclar el guaraní de la raíz con el castellano, dejarse abrigar por el viento de un sapucay, oír los tonos de una guitarra campera, ver la hilera de botones del acordeón hundida por la mano de algún musiquero sin escuela, resumido en un baile sin coreografía, trazado por las formas que da el sentimiento. O ir al célebre Puente Pexoa una tarde de enero. Alcanzar a ver el fuelle abierto de la verdulera. Verlos bailar con ropas gauchas, ajenos al calor de la siesta que derrite las piedras, mejilla con mejilla, la mano de ella en el hombro de él, la de él ajustada a la cintura de ella.

Sólo después de verlos llorar, de observarlos bailar compenetrados, de saber hasta dónde puede llegar el éxtasis musical cuando se tiene al ritmo en el corazón, será posible entender al chamamé, la hondura de un ritmo que cada enero tiene en la capital de la provincia su fiesta grande, apoyada en una historia guaraní y sostenida por un pueblo que lo lleva en la sangre y que este año lo celebra con nueve noches de pura fiesta chamamecera, en un lugar con nombre propio: el anfiteatro Mario del Tránsito Cocomarola, el sumo pontífice del género.

Florece el chamamé

“La palabra chamamé es de origen guaraní. Para esa cultura era un rezo danza o ñemboë yeroquî, practicado los días de lluvia, considerada gloriosa para esta cultura. Ñeé quiere decir idioma o palabra y mboë es un verbo activo que, literalmente, significa hacer la palabra, crear el verbo. Para el guaraní la palabra lo es todo y todo para él es la palabra. Y yeroquî es un verbo negativo que conjugado significa bailar, danzar. El chamamé guaraní correntino era la manera natural que tenía el guaraní para orar. Lo hacía conducido por el avá payé, el nombre que se le daba al sacerdote entre los antiguos guaraníes”, explica Gonzalo “Pocho” Roch, investigador, músico y compositor, autor de la célebre Pueblero de Allá Ité.

“Chamamé se compone de la expresión CHÄ –explica Pocho- que es una contracción de che (mi) y Ä (alma), más la expresión AMÁ (lluvia) y MÉ (estar). Entonces, chamamé quiere decir ´estar en la lluvia con el alma´, no quiere decir enramada ni corredor como dicen algunos diccionarios. La lluvia que enviaba el Dios Tupá estaba destinada a refrescar el alma”, aporta Roch.

“El sapucay no es ese grito que pegan ahora; el sapucay era para el guaraní practicado sólo los días de eclipse, como un pedido a su dios para que no finalizase el mundo”. Ese rezo danza de carácter binario de la época jesuítica empezó a dejar de serlo para volverse una danza de recreación, con un ritmo ternario de 6 por 8, su actual estructura musical.

La base del chamamé está apoyada en el ámbito rural y en los obreros correntinos que viajaban a la tarefa misionera o a levantar el algodón chaqueño, a los muchos que se fueron a trabajar al sur del país, con un acordeón más grande que el bolso. A pesar de esa base, recién en 1956, gracias a una travesura adolescente de Pocho Roch el chamamé logró de romper las barreras: entró al Teatro Oficial Juan de Vera, el emblema de las salas correntinas.

Bailar la pasión

Marcelo Sandoval, director del ballet Cruz de Papel es también el director del ballet oficial de la Fiesta Nacional del Chamamé. El hombre da cuenta de la burla a la que fue sometido el ritmo fuera de la provincia en algunas coreografías. “Al chamamé lo toman en broma, lo ridiculizan”, lamenta el profesor.

“Tenemos varios estilos dentro del chamamé, más allá de los clásicos tres: el tarragocero, el montielero y el de Cocomarola. Hoy existe una riqueza impresionante para crear. Y nosotros no necesitamos caer en un aplauso fácil con lugares comunes en la coreografía. Por eso a los coreógrafos les cuesta mucho: hay que respetar siempre la raíz, la forma de tomarse en pareja, la vestimenta”, dice el hombre que muestra figuras de proyección.

Puro payé: Puente Pexoa

Baila Eugenio de Paso Pexoa, bombacha y chaqueta bordó, zapateo galante y baile de cuerpos pegados. Baila Hugo, vestido de rojo sangre, pone distancia con su pareja en el cuerpo pero ambos se aprietan las mejillas y dan pasos como caminando en la oscuridad. José Valenzuela, de San Cosme, baila rápido y rápido hace bailar a su pareja. Sus hijos, José y Tamara de 11 y 12 años, bailan, distinto a papá, desde siempre. “Desde que nacimos”, resume ella, de pollera celeste. Ríe él de camisa manga larga, como se estila en el campo a pesar del verano.

En Puente Pexoa, el histórico lugar que Armando Nelli y Cocomarola inmortalizaran en la canción del mismo nombre, se suelta una fiesta popular dentro de la fiesta nacional. El lugar está a 18 kilómetros de la ciudad capital, en Riachuelo, ofrece bailanta chamamecera en un camping verde y arbolado desde la mañana hasta la tardecita. Una veintena de grupos (músicos rurales, musiqueros de alma y muchos
profesionales) pasan por el escenario, dispuesto de tal modo que quede un gran espacio para bailar.

La juntada propone puro baile: no vengan acá a hablar de aire de chamamé, renovación ecléctica, baile estilizado ni proyección: el pueblo no le pone nombre al baile cuando baila con el alma. De tan diverso, es imposible establecer una coreografía chamamecera. También por heterogéneo, se lo toca diferente dentro de la provincia como fuera de ella: la expresión chamamecera de Entre Ríos, que tiene su festival, es diferente de la misionera, la chaqueña, la formoseña o la santafesina. Y todas son distintas de la correntina, que a su vez se distingue de la paraguaya y la brasileña.

Pero algo une a todas las expresiones: el chamamé hace llorar de emoción o saltar de alegría. Una explicación: “Para el guaraní, el chamamé era para pensar con el alma”, dice Antonio Tarragó Ros. En esa misteriosa ambigüedad reside la magia de un ritmo riquísimo, históricamente subestimado, amplio, paisajístico, wwwimonial y luchador.

El sacerdote Julián Zini, compositor y poeta, reflexiona sobre la significación del chamamé. “El chamamé es la floración más linda del ser correntino, pero siempre se lo subestimó, al chamamé y al guaraní. Por suerte, eso ahora empieza a cambiar. Somos una región con sustrato guaraní. Y eso nos permite recuperar la memoria, recomponer la identidad, porque tenemos con qué. Porque esto no es un invento, es la floración de algo que tenemos dentro”.

 

 

En la foto se observa a Gabriel Cocomarola, nieto de Mario del Tránsito Cocomarola, con acordeón en la foto de apertura de nota y con el bandoneón de su abuelo en la otra imagen. Las parejas de baile son los correntinos Natalia Ledesma y Daniel Iriarte, del ballet Cruz de Papel de Curuzú Cuatiá y los entrerrianos Sebastián Luque y Yanina Pérez.

 

Nota con Pocho Roch: “No hay cultura más bella que la guaraní”