En el campo rige una ley no escrita, pero conocida por generaciones. Es la que establece que cualquier agricultor de ley debe ser, ante todo, un sobreviviente. Su capacidad para levantarse de los años de sequía, inundaciones, malas cosechas, piedras o heladas destructoras, crisis en los mercados y otros muchos males que aquejan a su trabajo, debe ser puesta a prueba -y salir airosa- en repetidas ocasiones, a lo largo de toda su vida.
La capacidad de adaptación es vital para mantenerse dentro del agro. Lo tienen muy claro los Bartusch, fruticultores orgánicos de Neuquén. El papá, Ernesto, llegó desde Centenario, su pueblo natal, a la zona de Añelo, donde se estableció en 1976 para hacer peras y manzanas en sociedad con un vecino. Al campo le fueron incorporando más hectáreas, y como parte del desarrollo de la finca -a la que llamaron “Patagonia”-, fue fundamental la construcción de un canal de agua de 15 kilómetros que hicieron en 1997, y que hoy riega toda su zona de influencia.
En los primeros años de su explotación, Bartusch destinó varias hectáreas a la forestación con álamos. Cuando vendieron la madera y se dieron cuenta que extraer los troncos les saldría más caro que el valor de la tierra, comenzaron a preguntarse qué harían en ese terreno. “Entonces decidimos con Rodolfo, mi hijo, comprar unas vacas”, resume Ernesto. Cinco años más tarde, la empresa familiar administra una cabaña vacuna de Hereford y de Angus negras, con 400 madres, 260 terneros, genética propia y ciclo completo, que destina su producción enteramente a carne.
Pero el centro de la anécdota reside en que los Bartusch comenzaron a producir vacunos a partir de los recursos que les dio la fruticultura en su época de bonanza; y que terminó siendo la ganadería, precisamente, la que sostiene el campo familiar desde que se derrumbaron los precios de las frutas y el Alto Valle entró en su última crisis conocida. Cosas de la vida rural.

Genética. Ubicada a 99 km al norte de la capital provincial, y recostada sobre la margen izquierda del río Neuquén, Añelo es una pujante localidad, cabecera del Departamento del mismo nombre. Dentro de su geografía pueden encontrarse cientos de establecimientos y chacras frutícolas y viñedos. La cabaña “Patagonia” produce su propia alfalfa en rollos en distintos potreros que suman 100 hectáreas, aunque en total el rodeo va pasando por alrededor de 220 hectáreas de pasturas en cada uno de sus ciclos de crecimiento. El riego se hace por aspersión, y en algunos terrenos, por inundación.
Los Bartusch hacen pedigree en su cabaña principal: tienen dos reservados campeones que producen semen fresco. Las madres reciben dos inseminaciones, y las que no quedan preñadas son repasadas a macho, por el plantel de 14 a 15 toros de rodeo general que posee la cabaña. El resultado es un elevadísimo índice de preñez, que llega hasta el 95 por ciento. Las pariciones suelen concentrarse en dos períodos: julio, agosto y septiembre, y la siguiente, en marzo, abril y mayo. Las instalaciones son simples, y caseras. Pero igualmente funcionales y eficientes.
La producción de la cabaña es para carne, pero también se venden toros reproductores. La mayor parte del producto se comercializa en las localidades de Junín y San Martín de los Andes, por encontrarse el campo en una zona libre de aftosa, sin vacunación. Eso permite llegar a los Bartusch con los animales hasta el sur provincial, pero no al revés: “La provincia no puede entrar para acá”, explica el productor. Estos permisos habilitan a la cabaña para ofrecer carne de calidad, con hueso, a una región que es aislada y que no puede recibirla de la lejana provincia de Buenos Aires, por ejemplo.

Ciclos. En el calendario anual, la forma de criar varía según la estación. “Mientras tenemos pasto, a los animales los tenemos a campo. Pero cuando el pasto se termina, en el mes de abril/mayo, obligadamente tenemos que meterlos en corrales y les damos rollos que produjimos previamente nosotros mismos. Todos los inviernos consumimos alrededor de 3 mil rollos”, explica el cabañero. La alimentación a corral se complementa, también, con pellet de maíz, soja y cereales de diverso tipo. “Pero al precio que conseguimos por el maíz, a 70 centavos por kilo, preferimos hacer en todo lo que podamos nuestra propia alfalfa, cuyo costo es inferior a los 30 centavos por kilo”, explica. Y, junto con el complemento, a los animales se les da núcleo proteico. Pero no descartes de fruta, que ya comprobaron, no funciona en vacunos, porque la manzana se fermenta y les destruye el hígado debido a su acidez. Lo único que sí pueden comer (y con gusto) es el descarte de zapallo. Con este régimen de alimentación, en 11 meses, el establecimiento logra terneros de 340 kilos.
Un problema que sí tienen los criadores en la nutrición, es el empaste que provocan leguminosas como la alfalfa o los tréboles. “Cuando las agarra la alfalfa muy tiernita los días de mucho calor o rocío, se fermentan, y la vaca tiene un diafragma y eructa cerca de 70 metros cúbicos de gases por día, se le traba el diafragma, como tiene muchos gases en el estómago se sigue hinchando y le aprieta el pulmón, no puede respirar y muere asfixiada”, explica Juan José Gomes Da Silva, jefe de producción de la cabaña. Para evitar esta circunstancia, se “chucea” al animal, o sea, se le pincha la parte superior del vacío. El riesgo es no darse cuenta o no llegar a tiempo: a veces los criadores no pueden evitar a la vaca patas para arriba. “Nos hemos convertido en ganaderos a la fuerza”, reivindica Ernesto.

Problemas. Mientras se escribe esta nota, la producción en feedlot atraviesa una nueva crisis. “Para un feedlot, que hoy tiene que cobrar $ 14 el kilo de ternero, cuando por el gordo se le paga $ 10 u $ 11, vender no es negocio”, explica Ernesto. El problema central tiene que ver con la realidad que atraviesa el país: Falta cría, faltan vientres, faltan terneros. “Al haber eliminado tantas madres, hay pocos terneros. Y para peor, nosotros acá nunca cobramos los subsidios que se les dieron a algunos feedlots”, se queja el criador. Pero son gajes del oficio, a los que el productor está acostumbrado. “Cuando nosotros pusimos las vacas acá, las vacas no valían nada. Entonces, todo lo que hicimos, fue criar vacas que después empezaron a valer y pasó a ser negocio. Cuando comenzamos con la fruta, la fruta valía, y ahora no vale nada, y vamos a tener que terminar poniéndole dinero, si es que lo tenemos”, dice.
Un sube y baja al que los productores están acostumbrados: “Nosotros siempre tenemos picos en el país donde caemos y nos fundimos todos, y de golpe y porrazo estamos allá arriba. Con la fruta siempre fue así, y lo es también con la ganadería”, explica Ernesto. Y traza la situación que vive como productor frutícola: “Pasa que en el negocio de la fruta se engancha mucha gente, pero hoy día es un desastre. Acá nosotros hacemos todos los gastos para llegar con la fruta al cliente, en cualquier parte del mundo que se encuentre, ya que por ser orgánicos, nuestros clientes son casi exclusivos. Ellos en destino tienen su rentabilidad asegurada, pero nosotros acá tenemos que pagar todos los costos antes de exportar, y muchas veces los ingresos no compensan”, se lamenta. Con una realidad así, el feedlot termina siendo el sostén económico de todo el grupo, que tiene más de 400 empleados en las distintas líneas de producción.

Faena. La producción de la cabaña Patagonia se faena en un matadero ubicado en zona limpia, en Piedra del Aguila, a mitad de camino del destino final de las reses, en las carnicerías y supermercados de las ciudades australes mencionadas. Pese a las dificultades, Bartusch termina reconociendo que la carne, en definitiva, es negocio. “Eso sí, tenés que tener calidad, y tener sangre. Para eso comenzamos a trabajar en genética y construimos el laboratorio”, explica.
La cabaña empezó con pocos animales, y llegó a su marca actual cuando visualizó la posibilidad del negocio. De los 260 terneros actuales, los dueños de Patagonia esperan pasar a producir 400 el año próximo, para lo cual esperan incorporar otras 120 madres a su actual plantel de 400.