Por Pedro Solans /Fotos Santiago Solans

El día está soleado. Los rayos se filtran entre las hojas de los árboles. Los puesteros se apuran para armar la feria. Las casas de comida y los restaurantes están trabajando desde tempranas horas y los hoteles y campings se encuentran repletos. Los que llegaron sin reservas, duermen en los autos o dentro de los micros. Itatí está de fiesta y la ruta 12 es un mar de colectivos, automóviles, motos, bicicletas y hasta caballos, que avanzan entre una multitud de peregrinos. Los fieles llegan de todos lados, cansados por el viaje, pero emocionados también.

Durante días, un pueblo de 8500 habitantes se convierte en una ciudad de entre 250.000 y 500.000 personas. Aquí se entiende eso de que la devoción no se puede explicar, se siente y se profesa. Hay pocos lugares en el mundo donde la fe se haga presente como en Itatí, donde el movimiento -porque la fe mueve montañas- es sorprendente. Los paisanos se mezclan con los visitantes. Todo es comunión. Los vecinos llevan meses preparándose para la llegada de este día, el día de la Virgen de Itatí.

Los jardines lucen preciosos, han sido cuidados puntillosamente desde hace meses y todo el pueblo está con sus mejores galas. La multitud se mueve y ocupa todos los espacios para rendirle honores a la imagen morena, a la virgen milagrosa. Es un acto de amor y una expresión devota. Entre los peregrinos hay enfermos terminales, heridos, curas, amas de casas, soldados, cientos de personas que llegan arrastrándose sobre sus rodillas.

“Cuando uno pidió y la promesa se cumplió, uno tiene que venir. A la Virgen no se le puede fallar”, dice María. Ella, como muchos otros promeseros, llegó para agradecer. “Soy de Formosa y vine porque me regaló una hija”, cuenta la mujer. Luciana y Rubén están tomando mate en la plaza, sus dos hijos juegan con una pelota de fútbol. Son de Resistencia y viajaron durante toda la mañana. “Nosotros venimos siempre. No le faltamos nunca, porque siempre nos ha concedido lo que hemos pedido. Nos dio trabajo, salud y hasta nos compramos un autito”. La familia Juárez cruzó desde Paraguay con una canoa y se instaló en la playa. Los Martínez, en cambio, son un matrimonio de cordobeses que llegó en un micro para pedirle a la virgencita por un familiar.

José Roldán está cerca de la feria, a escasos metros del río Paraná, donde pueden comprarse virgencitas, rosarios, pulseras, remeras, equipos de mate, gorras, toallas y todo lo que una persona pudiese imaginar. La feria tiene numerosos puestos de comida y el ambiente está cargado por el olor a fritura, locro, asado y chipá, todo junto.

“Es maravilloso, es la segunda vez que venimos y nos llena de placer. Poder expresarle lo que sentimos a la Virgen y compartir esta fiesta, nos encanta. Lo que se vive acá es único, la procesión náutica y la misa, es algo muy conmovedor”, asegura Roldán, quien llegó en compañía de su hija.

De repente, alguien anuncia que la Virgen está por salir. La imagen sale sobre los hombros de los voluntarios, y la multitud la saluda con sus pañuelos, a los gritos, llorando de pura emoción. La imagen avanza seguida por su pueblo y es subida a una lancha en las aguas del río Paraná, una improvisada flota la escolta.

La procesión lacustre de la Virgen de Caa Cupé llega desde Itá Corá (Paraguay), y las dos imágenes se unen mientras estallan las bombas de estruendo y suenan las sirenas de las embarcaciones. Las virgencitas navegan las aguas hermanadas, y son seguidas por un ejército de paz y amor.