Fotos Juan Carlos Casas

La confirmación de la noticia llegó, como ella se merecía, de noche, cuando las luces de su Buenos Aires se encienden. Lo confirmó la producción del programa radial “La noche con amigos”, que Lionel Godoy, esposo de Luque, conduce a través de La FM 92.7 “La 2 x 4”.

Virginia Luque empezó a actuar a los 9 años, en 1936, en el teatro Liceo, maquillada por Amalia Sánchez Ariño, una popularísima actriz de aquellos años. Todavía se llamaba Violeta Mabel Domínguez y agujereaba el decorado con sus dedos de niña para mirar, escuchar y aprenderse a los actores. Por eso se sabía todas las letras. “El teatro fue mi gran amor, tengo recuerdos muy lindos del teatro porque ahí me formé como artista. Yo soy una actriz que canta, no soy una cantante”, le dijo a El Federal en una entrevista realizada en 2009.

Se creyó solamente actriz hasta que Mariano Mores la escuchó cantar en el camarín. “Vos cantás bien, piba”, le dijo. Ahí mismo la llevó a un piano y Virginia cantó. Mariano quedó deslumbrado. “A vos te digo, piba, que vas a cantar”, le dijo Libertad Lamarque. Y no se equivocó: fue una estrella del tango que se formó como actriz teatral y una figura imbatible en radio y televisión. En la pantalla grande, protagonizó filmes como “La historia del tango”, “La balandra Isabel llegó esta tarde”, “Sangre y acero” y “Buenas noches, Buenos Aires”. Lo último en cine fue “Café de los Maestros”, craneado por Gustavo Santaolalla. “Cuando llegó el momento de convocar a una figura femenina, Santaolalla convocó a Virginia Luque -le contaba Virginia Luque a El Federal- y me apostó que la grabación la iba a hacer de una vez, de un tirón. Yo le dije que era difícil, pero me ganó la apuesta”, recordaba en esa entrevista.

Sin embargo, no quería que el tango se comiera a la actriz. “Me puse a cantar para distraerme”, decía de los años en que cantaba con su voz de mujer, aconsejada por Azucena Maizani en la vestimenta: “Me vestía de compadrita”, recuerda. “Con Azuzena y con Virginia el tango cambió su machismo”, dice Hugo Marcel.

Cantó durante 13 años, cada noche, en El Viejo Almacén, la histórica tanguería fundada por Edmundo Rivero, donde compartía escenario con Hugo Marcel. Decía que le gustaban los tangos dramáticos: debía primero pasarlos por la garganta para saber qué sentía con eso. Por eso, cuando Cátulo Castillo la definió en “El patio de la Morocha”, ella no lo quería cantar porque decía que le faltaba fuerza. Su padre la puso aparte para decirle: “Si a usted algún día se la recuerda, será por ese tango. Vaya y cantelo”. Entonces lo cantó. Y la canción se le metió para siempre en la sangre.

“Porque soy esta voz enraizada en el aire/porque tengo este nombre que me murmuran varones/porque estoy en el patio que aún editan malbones/porque soy tiempo tango/yo soy de Buenos Aires”, le dejó escrito Julián Centeya en “Virginia de Buenos Aires”, poema que recitó la propia Virginia en aquella nota con nuestra revista realizada en El Viejo Almacén, un templo del tango que hoy, como toda Buenos Aires, se quedó mudo para decirle adiós.