Fotos: Secretaría de Cultura de la Nación

El hombre saluda así: da fuerte la mano y repiquetea los pies contra el suelo como para que su saludo no sea sólo eso, sino que se convierta en un sonido de la tierra a la que Víctor Manuel “Vitillo” Abalos se inclina cada vez que baila. Acaso para saludarla, pero seguro que lo hace por saberla viva bajo sus pies, latiente y vital, como él.

Con ese espíritu que lo mantiene vital a los 91 años, el histórico bombisto de Los Hermanos Abalos empezará una gira por todo el país, que tendrá su punto iniciático este viernes 20 de septiembre a las 21.30 en el teatro de la Sociedad Hebráica Argentina (SHA), con invitados (Mavi Díaz, Liliana Herrero y Paco Garrido), con 90 minutos de Vitillo en escena y con músicos en escena Ariel Barreda (teclados), Je´sús Gramaglia (guitarra y charango), Adrián Rotger (vientos) y Vanesa Ledesma (danza).

La huella de Los Hermanos Abalos

En la calle Independencia, a 10 cuadras del centro de Santiago del Estero, había una pileta de natación de medidas olímpicas. Machingo, que nadaba muy bien, fue al trampolín más alto, en los dos que seguían Roberto, Adolfo y, en el piso más bajo, Vitillo y Machaco; entonces el presentador anuncia con voz de festival: “Con ustedes, los Hermanos Ábalos”. Y se tiraron los cinco a la pileta. Así fue la primera vez que se presentaron.

Machingo, Adolfo, Roberto, Vitillo y Machaco. Con ese saludo y en ese orden en que se presentaban es que se recuerda a Los Hermanos Ábalos, un quinteto formado por hermanos y que abrió una senda histórica para la música popular del país por varias razones. La primera es que Los Hermanos Ábalos estuvieron juntos durante 60 años y son el único caso en el mundo en que un conjunto dure tantos años con los mismos integrantes. Ellos decían que se lo debían a Helvecia Balzaretti, la mamá. Porque discutían mucho, pero nunca llegaron a pegarse; la armonía la lograba el deporte.

Poco le cuesta a Vitillo ir hacia los recuerdos. A algunos los menciona con fecha exacta y lugar. “Nuestro padre fue el primer médico odontólogo de Santiago del Estero. Para contrarrestar con su profesión, hacía zambaterapia y chacareraterapia. Cuando yo tenía 13 años vino a casa Andrés Chazarreta, que era muy amigo de la familia de mi mamá, que era de apellido Balzaretti Riguetti. Nuestro abuelo materno, Angelo Balzaretti, tocaba flauta traversa en la orquesta de Chazarreta”. Aprendió 40 tipos de danzas y tejió con el folklore un amor perpetuo.

Llegar a Buenos Aires

Antes era como ahora: Dios atendía en Buenos Aires. Y como los Abalos  querían seguir estudiando y en Santiago había sólo primario y secundario, se trasladaron a la gran ciudad a finales de 1938. El padre compró una casa en la calle Santiago del Estero, casi avenida Belgrano, para que no extrañen tanto.       

Las luces de una Buenos Aires que florecía en tonos tangueros, les tenía un sorpresa: el 31 de mayo del año siguiente debutaron en lo que era y es el Consejo Argentino de Mujeres, donde hoy funciona el Teatro Del Globo, en la calle Marcelo Torcuato de Alvear (entonces Charcas) casi 9 de Julio. Para 1941 abrieron en el subsuelo de la confitería Versalles su primera peña. Cuando la madre entró al lugar exclamó: ¡¡¡Achalay!!!, que significa “linda” en quechua. Y así se llamó, Achalay.                                                                                                                          

Una noche de esos años llegaron a esa peña acompañados por Pajarito Velarde (hermoso personaje de Salta; en su casa se formó el conjunto Los Fronterizos): Lucas Demare, Enrique Muiño, Sebastián Chiola y Amelia Bence para pedirles a los Ábalos que participasen en la película que estaban filmando. Se trataba de “La Guerra Gaucha“.

Durante la filmación el director les pidió  tocar un carnavalito y compusieron especialmente uno: el famoso “Quebradeño”. La película los impulsó a la consideración nacional. En 1942 debutaron en Radio El Mundo, pero ellos querían también sembrar en buena tierra la raíz de su Santiago agreste y natal y en 1945 montaron un estudio de arte nativo en la avenida Santa Fe 1713, casi Rodríguez Peña. Daban clases de piano, bombo, charango, guitarra y, por supuesto, de danzas folklóricas.

Por ese estudio pasó un chico de nombre Ernesto Cabeza -inconfundible guitarra de Los  Chalchaleros- tocaba algo de violín, piano, guitarra, pero según Adolfo no le daba el gustito. Entonces le dijo: “Andate al rincón de Vitillo para que te enseñe a tocar el bombo”. Y después fue pasando por los otros instrumentos hasta que llegó a la guitarra.

La explicación a tanta raíz que enseñaban estaba en casa: en el patio de los Ábalos había un piano, no existían computadoras ni celulares ni videocable. A la tardecita, entre las 19 y 21, venían amigos y los más grandes hacían música y danza. Había un muchacho llamado Enrique Farías Gómez, que tocaba el piano una maravilla y bailaba. Con el tiempo “Tata” Farías Gómez fue el papá de los Huanca Hua. “Yo miraba todo eso y recuerdo, cuando tenía dos años, ver bailar a mis padres la zamba: sentía que no tocaban el piso”, recuerda Vitillo.

En 1966 Los Hermanos Abalos giraron dos meses por Japón. Cuenta Vitillo: “Nos contrató la empresa Yamiuri Shimbon, nombre de un diario que tiraba 1.500.000 de ejemplares. Vino a contratarnos dos años antes con el agregado cultural de la embajada. Además la empresa contrató a Arturo Rubistein, Los Beatles, el Ballet Moisseiev, una Orquesta Sinfónica extraordinaria y los Hermanos Ábalos”. En el mismo año vino al país el general Charles De Gaulle; le hicieron una recepción en una estancia de Cañuelas y como la señora del presidente francés tenía discos de Los Hermanos Ábalos, quería conocerlos. Los contrataron y fueron los únicos artistas que actuaron para los presidentes. Pero se dieron otro gusto: fueron el único conjunto que visitó el Vaticano con dos papas: Pablo VI en 1971 y Juan Pablo II en diciembre de 1984.

Vitillo tiene los recuerdos a flor de labio. Toma uno de cuando en 1960 pusieron en Mar del Plata la peña “El Rancho de los Ábalos”, en una casa que estaba en avenida Constitución, llegando a Parque Camet. “La  noche en que Adolfo volvió desde Nueva York, adonde vivía por problemas políticos, lo esperamos con un gran recibimiento y fue una fiesta para todos. Esa misma noche surgió la Chacarera del Rancho. Los personajes de la letra no tienen nada que ver con Mar del Plata, entrecasa la llamábamos la Chacarera del Atlántico.” Nancy, la mujer de Adolfo, no podía quedar embarazada y Adolfo en una de las coplas puso: “Si alguna guagüita pudiera tener/uy que feliz, uy que feliz. Pero como dicen que Dios proveerá/ya ha de venir, ya ha de venir”. Creer o reventar: después de la chacarera nacieron Nancy, Amílcar, Marina y Gisele, como si hubiesen podido, con el culto a lo nativo, revelar en cada letra y descifrar en cada música, eso que late en el corazón de la tierra, para ser ellos, como la tierra a la que Vitillo le sigue zapateando: eternos.