Cuando siente que las visitas son las esperadas y tras corroborar que todo está en orden, se desploma en el piso y se lo oye roncar al pie de su amo, que habla parado en su taller de marmolería donde fabrica… pipas. El perro de Alejandro Paulo Barbone es un inmenso rottweiller que no tiene necesidad de ladrar para imprimir respeto: le alcanza con su presencia. No lo oye a Jano contar la historia que lo trajo hasta aquí. En 2001 la marmolería generaba deuda: se la dejó a un tío y se fue a España. “No despedí a nadie. Preferí irme yo”, dice. En ese tiempo fumaba cigarrillos negros y andaba 45 kilómetros diarios de bicicleta hasta que logró la proeza de unir Santiago de Compostela con Francia en los 900 kilómetros de una tradicional prueba que demanda 100 kilómetros por día. “Pero algo no me cerraba: dejaba la bicicleta o dejaba de fumar”, dice Barbone del momento en que tomó el camino correcto. Vivía en la región de los prepirineos, a 65 kilómetros del límite con Andorra, allí encontró alguien que le vendió una pipa y le enseñó a fumar. “No tragues el humo”, le enseñó. Jano desconocía que estaba empezando con cada bocanada de tabaco su pasión actual por la fabricación artesanal de pipas. “Esto es lo mío”, pensó entonces. Y lo sustentó con estudio porque en ningún sitio enseñan a hacer pipas. Hizo una primera para él y otra para un amigo.
Ese tiempo de estudios se refleja en el taller minúsculo que armó detrás de su escritorio de la marmolería familiar, donde está la biblia de Jano: el libro “The pipe companion”, una guía de David Wright, debajo de la cual está el cuaderno cuadriculado donde dibuja los bocetos: los transporta a la madera y el resto es trabajo detallado en el torno, donde se depura la viruta para que nazca, lustrosa, la pipa.    

Pipas de autor.  “Jano: quiero una pipa igual que esa”, le dijo un amigo cuando el hombre recién despuntaba la habilidad. Otro amigo, Emilio Sachitella, lo inició en su futuro cercano: sembrar tabaco premium en Venado Tuerto. Y un tercero, Jorge, golpea la puerta para darle una buena noticia: este año tendrá tres hectáreas para sembrar el tabaco que tantas esperanzas le da (ver recuadro). Alejandro sonríe de lado y cuenta: “Artesanos reconocidos venden pipas a precios altos, pero a mí me encanta regalárselas a mis amigos. Aunque también vendí pipas a España y a Alemania, entre otros países. Son pipas de autor; son únicas. Las pipas de fábrica son fáciles de conseguir. Cuando conocí a grandes coleccionistas vi que se inclinaban por las pipas de autor. De a poco uno se gana su espacio en el mercado, tratando de hacer cosas sencillas, lindas, diferentes”, dice. Y muestra algunas perlas: una pipa con siete lados, otra que parece un saxofón, salidas todas de la creatividad personal.
Hay escuelas de artesanos: la inglesa, la francesa, la italiana, la danesa y, en los últimos 20 años, la escuela rusa va dejando su marca con novedades, lo mismo que ucranianos y búlgaros. Barbone prefiere la escuela danesa, la que rompió el molde de las pipas al estilo de Sherlock Holmes para empezar a innovar en las formas, después de aflorar en los años 50 del siglo pasado para competir contra los ingleses. “El cigarrillo destruyó la mística del fumador, pero ahora en algunos países de Europa –sobre todo en Noruega- están volviendo a la pipa porque se dieron cuenta de que el modelo norteamericano de vivir apurado no sirve. Entonces se trata de cambiar un hábito: trabajar menos y disfrutar más: lo llaman movimiento slow (lento), dentro de esa movida se inscribe una tendencia de volver a fumar en pipa por el placer de fumar. Mucha gente joven está en esa costumbre de fumar en pipa.” Pero sabe que todo debe estar en su medida justa. “Todo abuso es malo: una copa de vino con la comida es bueno, pero si cada vez que comés te tomás dos litros de vino, no te va a hacer nada bien. Con el tabaco pasa lo mismo: dos pipas por día no hacen mal, porque la nicotina en absorción por mucosa o por la lengua es muchísimo menor a lo que uno ingiere con el pulmón cuando fuma un cigarrillo. Los cigarrillos tienen un 40 por ciento de basura”, compara.   

La raiz. Su taller es de esos lugares que aunque pequeños tienen todo lo necesario. Unas frases lo ayudan en la tarea que por las noches lo quita a Jano de la rutina del mármol, de las formas hechas en molde en un material rígido. “No le ruegues a Dios, pídete a ti mismo”, azuza una, pegada junto a otra, también escrita en birome: “Lo que se anhela se logra”. Ideas que lo acompañan de noche, cuando el hombre crea, pone el torno a andar hasta que las ganas le digan basta. 
Su madre no puede evitar mirarlo con ojos de madre, pero aporta una definición objetiva de Jano. “Es muy creativo”, dice Juana de su hijo. Sabe ella que la raíz es muy importante, con el brezo usado como base para la pipa, pero también la raíz sanguínea que es, al fin y al cabo, la que lo pone en el mundo con una misión. “La mano de obra une al mármol con la madera. Mi abuelo Antonio Rafaele era escultor”, dice Jano del hombre que llegó, como tantos otros, a comienzos de la década de 1920. Habla de su abuelo y muestra un cristo en mármol blanco, con los ojos abiertos, manufacturado por quien fundara la marmolería. “El viejo me enseñó a leer una pieza, a verla en negativo para hacer el molde”, agradece. Gracias a eso restauró, viendo las fotos, el cine y teatro Verdi, una joya arquitectónica de Venado Tuerto. Otro antepasado, su bisabuelo Luigi, lo mira desde el cuadro mientras él dibuja el aire con el humo de una pipa.