Por Gustavo Hierro. Secreatrio de Redacción de El Federal

Hace no muchos años, cualquier argentino que viajara a vacacionar a la costa bonaerense por la ruta 2 disfrutaba como escenario invariable: a la vera de la Autovía se podía disfrutar de la belleza de los campos sembrados de girasoles. Cultivo típico de este territorio, gracias a los avances de la tecnología y de la genética logró difundirse a buena parte del territorio nacional. En sus años más fuertes, la oleaginosa ocupó un área de siembra de 4 millones de hectáreas. No hay que olvidar que el aceite de girasol representa el 70 por ciento del consumo de aceites de cocina en nuestro país, y que en el terreno de las exportaciones, la Argentina no es exportadora de granos de girasol, sino de su aceite ya industrializado. Gracias a esto, nuestro país logró posicionarse entre los principales proveedores globales de girasol. 

Lo antedicho puede hacer suponer que el escenario de este tradicional cultivo argentino es idílico. Sin embargo, está muy lejos de serlo: al igual de lo que ocurre con otro de los grandes productos básicos del campo argentino -el trigo-, el avance desmedido de la soja y de sus beneficios están comprometiendo seriamente el presente, y quizás también el futuro del girasol. Una problemática que se hace más evidente si se tiene en cuenta que en la última campaña el área sembrada fue de apenas 1,5 millón de hectáreas, llegando a su mínimo histórico. 

Amén de los problemas climáticos que sin dudas mellaron los rindes, las erráticas políticas oficiales hacia el girasol hacen al cultivo poco competitivo. No olvidemos que el girasol paga un 32 por ciento de retenciones a las exportaciones en materia de granos, y un 30 por ciento en el caso del aceite. Estos valores consiguen desalentar en gran medida al productor, que tiene una estructura de costos mucho más manejable del lado de la soja, y sin trabajar tanto: de la soja se exporta directamente el grano, sin valor agregado de ningún tipo, y el dinero fluye sin tanta dificultad. 

Este martes 27 de mayo se realizó el congreso anual de ASAGIR en el Sheraton Hotel, de Retiro. Participaron del evento numerosos productores, técnicos y especialistas en el área y, desde luego, todos los grandes referentes del sector. La gran pregunta que subyació en el ambiente fue: ¿Hay un camino de regreso visible para el girasol? Responde Para Carlos Feoli, director ejecutivo de ASAGIR (Asociación Argentina del Girasol).

“Y es la realidad de un cultivo que a través de los años ha tenido fuertes variaciones en su superficie y en su producción, habida cuenta de numerosos factores que afectaron la decisión del productor”, explica. 
– ¿Nuestro país es un jugador importante en materia de producción de girasol?
– La Argentina ha sido un neto exportador de aceite de girasol. Esa posición de exportador hace que sea, en alguna medida, un tomador de precios internacionales que oscilan en función de la situación de los mercados. Tenemos como competidores en el Hemisferio Norte a los llamados Países del Mar Negro. Rusia, Ucrania, Hungría. Todos muy grandes productores.

– Esos productores van a quedarse con todas las ventas que no podamos hacer nosotros.  
– En el caso de Rusia, es un país que es un gran productor, pero su sociedad tiene la cultura del consumo del aceite de girasol, al igual que ocurre en la Argentina, donde el 70 por ciento del aceite que se consume es de girasol. Esa dinámica de la producción de estos países hace que los mercados cambien año a año. Hay una realidad: cuando uno toma una secuencia de los últimos veinte años, la mayoría de ellos la producción estuvo por arriba de 1,8 millón de hectáreas. Esa cantidad de tierra con una producción de 3,3 millones de toneladas, significa que hay un mercado más o menos constante. Lo que acaba de ocurrir en esta última campaña ha sido una convergencia adversa para la Argentina, pero no es esperable que una convergencia adversa se instale, y lo haga por mucho tiempo, razón por la que entiendo que podemos pensar que hay un camino, hay una señal.