Fotos y Texto: Leandro Vesco

Cuando Gardey, que hoy es un pueblo con 600 habitantes no existía, la esquina del Almacen Vulcano ya estaba abierta. Entonces había hombres que veían lo que pocos: Juan Gardey era un hábil comerciante que había puesto un almacén de ramos generales en una de las esquinas del Fuerte de Tandil y cuando llegó a la zona donde hoy se asienta el pueblo, lo vio antes de que fuera. Supo que toda esa gente que vendría a vivir aquí necesitaría un lugar donde aprovisionarse, y fue así que en 1890 construyó la esquina que hoy continúa abierta.

La historia del Almacén Vulcano es la historia del pueblo.  Juan Gardey llegó de Francia en las últimas décadas del siglo XIX, la zona era un vergel. La fertilidad de la tierra atrajo a los inmigrantes y las fincas y estancias se reproducían por todo el valle tandilense. Había mucha gente trabajando en el campo, pero no existía ningún pueblo. Hombre de visión, había fundado el almacén de ramos generales más importante del entonces fuerte de Tandil y quería ampliar sus horizontes. “Vio que Gardey tenía potencial, no existía el pueblo pero vio que había mucha gente en el campo, lo mandó a construir en el año 1890. Arrancó como Posta. Daba hospedaje y comida, le hizo una reforma  y lo convirtió en almacén de ramos generales”, nos cuenta German Christensen  quien hoy es el encargado de mantener vivo al almacén y toda su historia.

La idea de Gardey resultó. La esquina, solitaria, pero señorial, atrajo a los habitantes y en el año 1913 se creó el pueblo, veintirés años antes, este inmigrante vasco francés había tenido la visión. Así se hizo el país, sin estudios de mercadeo, con sólo observar el horizonte, el hombre se daba cuenta. A partir de entonces el almacén fue y es la esquina más importante del pueblo. “Ya en el  1893 el almacén funcionaba a pleno, sólo estaban la estación ferroviaria y esta esquina y nada más. Era una zona de mucho movimiento agrícola. En el libro contable figuran el estanciero y el peón, los dos tenían cuentas en el almacén. Era el lugar de reunión, se juntaban el dueño del campo, el peón y el indio. Esto nunca se volvió a producir, acá no hubo rejas, no había enfrentamientos”, remarca Germán, y acaso nos traza mejor que nadie la trascendencia que tuvieron estas esquinas para nuestra historia: bajo un mismo techo estuvieron todos los actores sociales que estaban construyendo la Nación. “Gardey logró incluso una punta de riel que llegaba hasta el almacén, para descargar los toneles de vino, las vasijas de frutas secas de Cuyo. Acá se vendió de todo, alpargatas y bombachas de campo, nunca faltaron

El Almacén sorprende por su buen estado de conservación y por su gran superficie. Es inmenso. Las estanterías llegan hasta el techo, muy alto. Todo fue hecho a medida, cada cajón fue pensado para albergar un producto de los miles que se vendían acá. “Hay cajones para cada medida de clavos, por ejemplo, después todo se vendía a granel, el azúcar, la yerba, los fideos y las lentejas” Jorge Miglione, historiador de Gardey, hace una reseña sobre el movimiento del almacén en los años en los que abastecía al pueblo en formación. “Tenía una gran variedad de rubros: tienda, mercería, calzados, talabartería, perfumería, artículos de limpieza, de bazar, losa, cigarrería. Todo se vendía suelto y al menudeo, cuando las cajones de los fideos eran limpiados se solía destinar un recipiente para recoger los sobrantes que luego se regalaban a los mendigos todos los sábados”

“Las Horquetas” fue el primer nombre que tuvo, pero siempre fue el Almacén de Gardey y desde 1922 la familia Vulcano se hizo cargo del mismo hasta 1973 y de ahí derivó el nombre que la posteridad ha elegido para recordarlo. Adentro el peso de los años se siente. El aroma de la madera y del tiempo, se sienten, los pasos perdidos, el sonido de los cucharones buscando un kilo de fideos, las voces de los vecinos buscando pan, un apero o un litro de vino tinto de mesa, todo esto y en forma clara se siente, emana de las paredes una vibración de aquel bullicio, cuando el almacén estaba colmado y no alcanzaban las horas del día para atender a tantos.

German Christensen quiere recuperar algo de aquello y tiene abierto el almacén, hoy las cosas no se venden a granel pero los peregrinos de los caminos rurales vienen en busca de la generosa picada, del sandwich de jamón crudo y queso y de la tapa de asado. Todo se hace con productos locales, el Almacén Vulcano, hoy se ha volcado a la gastronomía criolla, esa atracción que genera el movimiento de las familias que buscan un plato abundante y sabroso, mientras los niños recorren el parque que está frente a la fundacional esquina donde hace más de un siglo un francés pionero soñó con el pueblo que hoy tiene tanto movimiento y donde de a poco las familias regresan a su comarca para vivir en paz y tranquilidad.

El Almacén Vulcano forma parte del grupo de Turismo Rural Tandil, que asesora María Elena Valdez y que coordina Cambio Rural de INTA. Aquí German Christensen también tiene “El Ota, Club Campestre” con cabañas para hospedarse, por lo tanto la experiencia de venir al almacén se puede completar con pasar la noche y sentir ese remanso para el alma, que se obtiene con sólo respirar el aire puro que se traslada por las calles arboladas de Gardey, el pueblo que le debe todo a su Almacén Vulcano.

E mail de contacto: turismoruraltandil@gmail.com