Hace 60 años, el 11 de noviembre de 1951, las mujeres argentinas votaron por primera vez en elecciones nacionales. Ese día, se formaron largas colas en las que se veían a las señoras y señoritas entre emocionadas y nerviosas, por ejercer el derecho a elegir por el que habían luchado varias generaciones. 
Pese a que en otros países del mundo ya se había establecido el sufragio femenino como consecuencia de la lucha de las mujeres, que en más de una ocasión sufrieron la persecución y hasta la cárcel, la Argentina insistía en permanecer en el retraso. En Nueva Zelanda regía desde 1893, en Australia desde 1902, y en Noruega a partir de 1913. Después de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña otorgó el voto femenino en 1918, Italia en 1919 y los Estados Unidos un año después.   
No obstante, en algunas provincias argentinas, las mujeres hacía más de dos décadas que gozaban de ese derecho. En Santa Fe, la reforma de la Constitución de 1921 otorgó a las mujeres el ejercicio del sufragio municipal; en San Juan votaron por primera vez en los comicios provinciales del 8 de abril de 1928, y seis años después fue elegida la primera diputada provincial, la abogada Emar Acosta.
Pero, a nivel nacional, debieron esperar hasta el 9 de septiembre de 1947 cuando la Cámara de Diputados aprobó la Ley 13.010, y dos semanas más tarde centenares de mujeres llenaron la Plaza de Mayo para recibir públicamente la nueva norma.
“Recibo en este instante, de manos del Gobierno de la Nación la ley que consagra nuestros derechos cívicos. Y la recibo, ante vosotras, con la certeza de que lo hago en nombre y representación de todas las mujeres argentinas, sintiendo, jubilosamente, que me tiemblan las manos al contacto del laurel que proclama la victoria”. Con estas palabras, el 23 de septiembre de 1947, Eva Perón respondió al gobierno nacional cuando el ministro del Interior, Angel Borlenghi, le entregó el texto de la ley durante un acto al que asistió el presidente Juan Perón con su gabinete en pleno, en la Plaza de Mayo colmada de entusiastas mujeres. 
De esta manera, se coronaba una lucha que en la Argentina había nacido con el siglo XX, impulsada por las primeras profesionales agrupadas en la Asociación Universitarias Argentinas fundada por las doctoras Cecilia Grierson, Julieta Lanteri, Ernestina López y Elvira Rawson, entre otras, y por las socialistas Alicia Moreau, Sara Justo y las hermanas Mariana, Fenia y Adela Chertcoff.
Es que hasta 1926, cuando la ley del socialista Mario Bravo consagró los derechos civiles femeninos, el Código Civil consideraba a las mujeres de la misma manera que a los incapaces y a los menores y, pese a cubrir casi la mitad del mercado laboral, no se les permitía, por ejemplo, administrar sus bienes sin la intervención del padre o del marido.
Una vez conseguida esta igualdad, el siguiente paso fue lograr los derechos políticos para el que las sufragistas argentinas no solamente usaron la tenacidad sino también la inteligencia y la imaginación. En 1919, la doctora Julieta Lanteri fundó el Partido Feminista Nacional, una agrupación que usó el argumento de que nadie está obligado a hacer lo que la ley no prohíbe. Por lo tanto, nada le impedía presentarse a elecciones porque la ley no autorizaba el voto pero nada decía sobre el derecho a ser elegidas. Con este argumento pudo presentarse en varias oportunidades como candidata a diputada nacional, aunque en las campañas debía ejercitar la paciencia para soportar el menosprecio de la prensa. En 1920, la Unión Feminista Nacional presidida por la doctora Alicia Moreau, se sumó a la lucha con dos simulacros de voto, al que las mujeres asistieron en gran número para ensayar su futuro derecho.
La mayoría de los periódicos de aquel tiempo se mofó de estas iniciativas. El Diario tituló su crónica como “Inocente diversión electoral” y calificó la acción como un “juego a las elecciones, igual que los niños juegan a las visitas”. 
Cuando más de dos décadas más tarde Perón llegó a la presidencia de la República, sostuvo en su primer discurso ante la Asamblea Legislativa: “La creciente intervención de la mujer en las actividades sociales, económicas, culturales y de toda otra índole, la ha acreditado para ocupar un lugar destacado en la acción cívica y política del país. La incorporación de la mujer a nuestra actividad política, con todos los derechos que hoy sólo se reconocen a los hombres, es insustituible factor de perfeccionamiento en las costumbres cívicas”.
La ley se sancionó un año después, y ellas tuvieron que esperar otros cuatro para votar por primera vez. Eso pasó hace nada más que 60 años y hoy una mujer preside la República Argentina; reelecta, además, con la mayor diferencia de votos de la historia nacional