Una incertidumbre ronda la cabeza de los pescadores de la zona sur de la cuenca del Paraná: ¿qué pasará con los muchos dorados y de buen tamaño que nuevamente acompañaron la última creciente? Ya la actividad en el Río de la Plata es casi nula, luego de una temporada estival inolvidable, como no recuerdan ni siquiera los que hace más de medio siglo que pescan por esos puntos. Evidentemente están buscando temperaturas más cálidas del agua y migrando por los grandes ríos hacia el norte. De hecho, esta creciente ha sido notoriamente menor que la anterior. Jorge Cot, guía de pesca de Gualeguay, nos contaba que “hubiera faltado más de un metro para igualar la crecida del 2010”. Así es: por caso, el 9 de febrero del año pasado, en Rosario, el hidrómetro marcaba 5,37 metros en creciente, superando ya lo estipulado para evacuar los barrios cercanos a la costa, mientras que a fines de mayo, cuando estuvimos pescando en el Paraná Pavón con el citado baquiano, la escala estaba en 4,15 metros. Sólo Victoria se encontraba en estado de alerta pero con un nivel lejano a la inundación del año del Centenario. Esto implica que quizá haya menos cantidad de peces, pero que mientras el río no baje fuertemente y los peces tengan comida se mantendrán en esta zona del Delta Medio y Superior.
La comida será un factor importante, como siempre. Los peces migran para procrearse y alimentarse. Mientras navegábamos desde Puerto Ruiz, en un trayecto de casi una hora y cuarto a buena marcha, nos decía nuestro anfitrión: “Van a ver la enorme cantidad de yararás y ratas. El agua subió lo suficiente para inundar sus lugares de acecho y están en las ramas de los árboles y los pocos lugares costeros en que la avenida de aguas no superó la barranca”.
Así lo vimos y también nos sorprendió: en muchas gargantas de los más de treinta dorados capturados emergían unos cables gruesos. Eran las colas de las ratas deglutidas por estas bocas llenas de dientes y poderosas. “Cuando el viento fuerte las tira al agua, la pesca se aumenta, pues debajo de los árboles está lleno de dorados comiendo roedores.” ¡Qué maravilla la naturaleza cuando no hay intervención del ser humano!

PANORAMA DESAFIANTE. Ya sobre el río Victoria comenzamos la pesca. Los dorados se han ubicado o dentro de los campos inundados, adonde es imposible llegar, o en el límite entre la tierra y el agua, lo que exige un tiro bien preciso, sobre todo porque hay mucha vegetación sumergida. No obstante, enganchamos en reiteradas oportunidades, porque los lanzamientos son exigentes: no se puede detener la lancha y esta va derivando mientras el guía corrige la trayectoria, pues se mueve entre dos fuerzas, la corriente y el viento, que en este día soplaba del Sur a unos quince kilómetros por hora. 
Ya esto de por sí hace a este tipo de pesca “al golpe” muy entretenida. Es imposible aburrirse, no se puede dejar la caña y solo durante los momentos en que navegamos con el motor encendido buscando nuevos lugares hay tiempo para comer, tomar y hacer algún cambio de señuelos o reparar algo del equipo.
Reeles y cañas deben ser de la mejor calidad para soportar más de trescientos lanzamientos con cañazos fallados y capturas. Los dorados clavados en esta correntada se fortalecen por la gran cantidad de oxígeno y, por tanto, brindan una lucha tremenda: saltan varias veces y hasta ganan el costado opuesto de la embarcación, entre la lancha y el centro del río. Por eso se necesita buena coordinación entre todos los pescadores, para no cruzar los tiros ni molestarse una vez que alguno tiene una pieza clavada. Encima, los dorados suelen estar acardumados, como detrás de ese sauce en la zona de alambrados, donde llegamos a tener tres clavados al mismo tiempo. Se notó que tanto Roberto como Mariano y Felipe estaban duchos para moverse alrededor de la cómoda trucker de Jorge y cuidaban especialmente algunos detalles, como trabajar siempre con la punta de la caña hacia abajo (si se desprende el señuelo sale como un balazo y si la caña está alta, va directo hacia la cara del pescador) pero con margen para cañar y no pegarle al casco.
La mejor pesca la hizo Roberto usando una rara cuchara ondulante doble, con las hojas encimadas pero con una milimétrica separación que hacía que sonaran al moverse, y quizá ello incitaba más a los dorados que la prefirieron por lejos. Roberto lanzaba, dejaba que la cuchara pesada bajara un poco y comenzaba a recoger. Allí llegaba el pique. También Jorge capturó algunos con rattles (sonajeros) y unas pocas excepciones fueron un spinner bait en ve con una sola cuchara tipo Colorado y flecos blancos y un Zagaia de subsuperficie.
Curiosamente, a la tarde, a diferencia de lo que es habitual en esta época, el pique mermó hasta cortarse muy temprano. Es otro de los tantos misterios inexplicables de este pez que enamora a una enorme cantidad de pescadores. Nunca hay que subestimarlo. No es cierto que porque haya muchos, tomarán cualquier cosa que les tiremos. Hay que llevar una buena diversidad de señuelos y, aun así, no siempre los eligen.