“Hambre. No se puede hablar de comida sin hablar antes de hambre cuando el argumento es éste: la superproducción, las semillas transgénicas y las granjas industriales de animales hacinados es lo único posible si se quiere que todos coman. Ahora bien, si es así, ¿cómo se explica que haya hambre entre los pobladores de los mismos lugares que producen comida?”, se pregunta Soledad Barruti en “Cultivos verde dólar”, la segunda parte de su libro “Malcomidos. Cómo la industria agroalimentaria argentina nos está matando” (Editorial Planeta, 2013).

 

Y pone como ejemplo una provincia paradigmática del avance del poroto por sobre la agricultura tradicional y por sobre la ganadería. “En Chaco casi el 20 por ciento de la población vive bajo el nivel de indigencia: 15 mil chicos menores de 15 años están desnutridos o anémicos. Todo eso mientras las cosechas son récord y el desalojo de campesinos e indígenas para que los cultivos siguieran avanzando se convirtieron en cosa de todos los días”, denuncia.

 

Aporta datos técnicos para apoyar su opinión. “La soja se extiende en el 56 por ciento de la tierra cultivaba de nuestro país: representa 19,8 millones de hectáreas, desplazando a producciones clásicas de alimentos y a los productores que, de a miles, abandonaron sus tierras para que el yuyo verde avance. La soja ha venido creciendo a razón de 800 mil hectáreas por año”.

 

“La invasión de la soja fue tan abrupta y redituable luego de la debacle de 2001; fue tan contundente y salvadora, que relegó la discusión sobre sus efectos y problemas a canales alternativos de denuncia y discusión. Así, se instaló la idea de que meterse con la soja era atentar contra el crecimiento del país”.

 

Pero, ¿dónde está el verdadero problema de la soja modificada genéticamente? En el glifosato, parece responder Barruti. “Los casi 200 millones de litros de glifosato (que asu vez se suma a otros 100 millones de litros que se emplean junto con ese herbicida y en otras producciones sumando 300 millones de litros de químicos al año) con todas las consecuencias que eso genera”.

 

La soja RR se lanzó al mercado en 1995 en Estados Unidos. A pesar de las oposiciones que cosechó por la polución química perjudicial, la soja avanzó gracias a los estudios de la compañía desarrolladora, Monsanto y llegó hasta Canadá. El resto del mundo fue más cauto. “Decidió esperar, hacer sus propias pruebas, ver hacia dónde avanzaba tanto avance. Todo el resto del mundo. Menos Argentina”, escribe Barruti.

 

Así describe el trámite de aprobación de la soja transgénica y todo su paquete tecnológico. “El tramiterío se hizo en el tórrido verano del 96, en sólo 81 días. El expediente contó con 136 folios, 108 vinieron directamente de Monsanto y nunca fueron traducidos del inglés. Dentro de los organismos locales, la soja RR fue autorizada y reglamentada, pero jamás estudiada. Felipe Solá –por entonces secretario de Agricultura de la Nación- firmó la Resolución 167 con la que le abría las puertas a la soja transgénica”.

 

La autora del libro habla de los usos de la soja: forraje y biocombustibles. “Fue gracias a estos usos que la soja fue aumentando la producción de 5 millones de hectáreas cultivadas a 20 millones en 10 años, planteando un nuevo modelo de país donde las máquinas reemplazan a las personas, los animales están confinados y todo lo que no forme parte de ese plan, sobra.”      

 

Soja y salud

 

Un semejante trabajo de investigación como el de Barruti tiene bases fuertes para certificar que en los campos donde crece la soja, crecen también las consecuencias sanitarias derivadas del uso del glifosato, el herbicida con que se controlan las malezas que podrían jaquear la vida del poroto. “La Argentina se convirtió en un campo experimental sin siquiera discutirlo científicamente”, dice en el libro, Andrés Carrasco, director del Departamento de Biología Molecular de la facultad de Medicina de la UBA.

 

“Cuando recién apareció la soja RR, en 1996, los productores usaban 2 litros de glifosato por hectárea. Hoy admiten que para que el herbicida surta efecto tiene que fumigar con más de 1o litros. ¿Por qué ocurre esto? Porque hay plantas que se hicieron resistentes al glifosato (por ejemplo, el amaranto)”. Esta carrera desatada no frena: “Monsanto reforzó su fórmula agroquímica y mejoró las semillas para que las plantas soporten esa carga, cada vez más tóxica”, dice Barruti.

 

El problema del glifosato es no sólo su toxicidad, sino la forma en que se aplica: a partir de fumigaciones aéreas que muchas veces no respetan la distancia mínima de aplicación con respecto a los centros urbanos. Entonces la autora cuenta historia escalofriantes: la de Fabián, un trabajador enfermo de cáncer que trabajó como aeroaplicador; la de las madres de Ituzaingó (Córdoba), la del corajudo médico Medardo Ávila Vázquez, el hombre que fundó la Red de Médicos de Pueblos Fumigados. Y la de Juan, un policía chaqueño que, solo, combate el desmonte.

 

“El problema grave de Argentina es que asimilamos un sistema de agricultura tóxica. Desde el año 1990 hasta 2011 aumentaron un 1000 por ciento la cantidad de agrotóxicos que se utilizan en el país”, dice Ávila en “Malcomidos”.

 

En este sentido Barruti ofrece un dato que da miedo. “En diciembre de 2012, la Auditoría General de la Nación, constató que los cultivos transgénicos de soja sujetos a fumigación sistemática cubren 20 millones de hectáreas de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos, Santiago del Estero, San Luis, Chaco, Salta, Jujuy, Tucumán, La Pampa y Corrientes. En esa región viven 12 millones de habitantes, sin contar a los habitantes de las grandes ciudades”.

 

Esto la lleva a hablar de otros temas asociados al uso irracional de la tierra. De la causa natural del uso inconsciente de la tierra: la desertificación. De la causa humana del uso dañino de la tierra: el desmonte. Y de la causa descarnada del afán por sumar hectáreas a la soja: el asesinato de aborígenes en Formosa, en Santiago del Estero, en Chaco.

 

La clave de esta parte del libro está en el final. “Producimos alimentos que no sirven para alimentar, sino para operar como fichas millonarias en esta mesa de juego financiera”, dice Barruti, como descubriendo el velo de lo que pensamos verdadero: el “boom de la soja” no nos conduce a otro lado que a la explosión silenciosa de un mundo enfermo que sólo sabe sentirle el gusto dinero.