Por Horacio Ortiz
Fotos Gentileza AB

“Que el hombre sepa que el hombre puede”. Esa frase omnipotente resumió el espíritu que impulsó en 1984 a cinco hombres a subir a una balsa hecha de troncos y cruzar el océano Atlántico, en una aventura que duró poco más de 50 días y que el mundo conoció como Expedición Atlantis. “Fue el compendio de nuestro pensamiento, nuestra filosofía y nuestros riesgos, de nuestro esfuerzo. Terminó siendo nuestra mejor obra, la más lograda. Así como aquel que pinta retoca y retoca el cuadro, nunca está conforme hasta que al fin lo expone, y quiere decir algo con el cuadro y pretende que agrade y que sea útil, bello y que emocione, yo hago expediciones, es mi forma de pintar, es mi manera de decir, mi poesía”, dice Alfredo Barragán sin disimular su orgullo. Y es justo que lo tenga: por 23 años tripuló veleros, escaló montañas, navegó mares violentos y bravos ríos en pequeñas embarcaciones y con temperaturas bajo cero anduvo sobre la Cordillera de los Andes en globo y se internó en la Antártida. Lo hizo junto a otros exploradores, algunos de los cuales lo acompañaron en varias de esas incursiones, cuestión que a la postre le valió el mote de “El Capitan”.

También es presidente de Cadei (Centro de Actividades Deportivas de Exploración e Investigación) y según los postulados de ese centro, ninguna de ellas se realiza por la hazaña misma. “Yo digo cosas con las expediciones, me preocupo por embellecer los objetivos de tal forma que nos llenen de orgullo y sin culpa, sin vergüenza, sin trampa”.

Admite que en sus travesías corrió riesgo su vida, nada se compara, dice, con el riesgo de andar por la Autovía 2. “Yo no soy un aventurero, soy un ex-pe-di-cio-na-rio”, dice contundente. Y diferencia: el aventurero va a ver qué pasa; el expedicionario ya sabe lo que va a pasar. Yo voy al mar después de años de estudio, de planificación, de equipamiento, de haber estudiado. Nuestra meta no es llegar a la cumbre, sino volver a casa después de haber estado en la cumbre. La cumbre es la mitad del camino”.

Expedición desde la cuna
               
Dice que sus primeras expediciones fueron a los tres años, cuando trepó su primer árbol y está seguro que a los siete empezó a comprar cuerdas para despuntar su pasión por las sogas y los nudos. “Como la mayoría de los chicos de pueblo, cazaba, y no me avergüenza decirlo. Hoy no cazo porque la cultura ecologista y proteccionista de flora y fauna me entró absolutamente, pero me crié en Dolores y nací en 1949; un varón cazaba y estaba bien que lo hiciera, ´que hombrecito´´, se decía de quien lo hacía. Cuando fui más grande empecé a cazar ciervos, jabalíes, pumas. He cazado sin culpa. Y me he internado en los montes, solo. Siempre fui medio salvajito”.

A los 15 años se fue con otros amigos en bicicleta hasta San Clemente del Tuyú. Remontaron las rutas 63 y la 11 cuando todavía eran de tierra, salvo por una noche, que por la lluvia, se volvió una cinta de barro, destaca para darle mayor entidad a la hazaña adolescente. “A los 17 me fui a estudiar abogacía y diseño de barcos a vela. No pude hacerlo en La Plata y me fui a Mar del Plata. Allí empecé a navegar y más tarde hice buceo. Siempre decía que a remo se podía llegar a cualquier parte, que se podían cruzar los mares. Y un día me enteré de que el Río Colorado nunca había sido navegado. Un amigo de Mar del Plata lo había intentado pero lo rescataron, con el bote roto, a los pocos días de partir. Estudiando los por qué descubrí que había que hacerlo en embarcaciones más chicas, él estaba desanimado y yo lo entusiasme. Hicimos mil y pico de kilómetros a remo por un río con muchos rápidos en la primera etapa, destruyendo los botes en las piedras, con muchas dificultades. Cuando lo realicé sentí que había hecho una expedición de las grandes, de esas con las que soñaba cuando leía a Salgari a Berne o a Defoe, porque yo no leía Radiolandia. Una tía dice que cuando a los tres años me preguntaban qué iba a ser cunado sea grande yo respondía que iba a ser “un hombre de barba que fuma en pipa y cruza el mar”, y es lo que soy. 

Travesías

“Mis travesías comenzaron en 1973 cuando hicimos El Río Colorado en kayak. En ese tiempo no se hacía en kayak, hoy sí. Nosotros lo hicimos en dos canoas canadienses, entrando y saliendo por la rompiente, entrando al amanecer y saliendo con el sol, con perdida de cosas, con todo en la canoa. Fueron 12 días.” Era el comienzo de la leyenda. En 1978 intentó subir los 6.959 metros del Cerro Aconcagua. “Me llevó cuatro años equiparme y prepararme para esa expedición. Siendo de Dolores y habiendo estudiado en Mar del Plata no era como el tipo que es de Mendoza y durante los fines de semana puede escalar y entrenarse. comandé una expedición hermosa, pero dura: hicimos una transfusión de glóbulos rojos, una experiencia de fisiopatología de altura novedosa en su momento, revolucionaria, idea de un médico de Dolores, el doctor Julio Uliana”.

No fue todo. Arriba hubo otra prueba: la primera transmisión radial en directo por handy, que trasmitía hasta el cerro El Catedral, donde otro grupo con un equipo de mayor potencia retransmitía hasta Mendoza, la señal seguía por una línea de la extinta Entel hacia Radio Rivadavia donde se producía un diálogo con José María Muñoz. “Yo no hice cumbre en esa oportunidad pero sí dos hombres de mi expedición. Por accidentes, socorro a otras expediciones no podíamos hacer cumbre. Y no hice cumbre durante muchas más. Pasé 17 años intentándolo; parecía que esa montaña estaba envenenada para nosotros”, dice Barragán, quien hubo de hacer cima varias veces en el pico más alto del continente.  

Más tarde empezó a tejer su obra máxima. “Después comencé con Atlantis. Estuve cuatro años dedicado a ella hasta que me fui respondiendo todas las preguntas y recién ahí convocamos a una conferencia de prensa en donde respondimos las preguntas de los 110 periodistas. Al otro día titularon así: ´Cinco argentinos cruzarán el mar en balsa. No decían ´intentarán cruzarlo´. Se habían convencido de que lo íbamos a hacer”.    

La expedición de la vida

Alrededor de Barragán siempre hubo una familia: primero padres, hermanos y tíos. Luego, después su mujer Graciela, su hija Paulina, más Ana y Lola, sus nietas, quienes lo esperan con ansiedad al regreso de cada expedición. Su sangre es vasca: su padre tenía su mismo nombre y profesión y su madre, Maria Elena Arrechea, de clase media de pueblo, era maestra -aunque nunca ejerció- por dedicarse a ser ama de casa. Es el mayor de cuatro hermanos: Orlando, Federico y Malena, todos de Dolores. Habla con especial cariño de su nieta Ana: “Me esforcé toda la vida para que no me dijeran El Petiso Barragán y logré que me digan “El Capitán”, y ahora porque ella me dice Papapa, todos en mi familia me dicen Papapa”, dice sin oculatr el orgullo de patriarca familiar.

Está al frente de un estudio jurídico que fundó su bisabuelo, Hermógenes, hace casi 150 años. Aquel Barragán era bravo como éste: hijo de uno de los hacendados que en 1839 se levantó contra Juan Manuel de Rosas, durante la Revolución de los Libres del Sur y murió en la batalla de Chascomús sin conocer a su hijo,  que nació unos meses después. “Soy cuarta generación de abogados. Para muchos es una curiosidad, pero si me tengo que definir digo que soy tan abogado como expedicionario, a pesar de ser conocido por esta última”. Para Barragán, su profesión no es estresante porque sólo se ocupa de casos civiles y comerciales. “Ni borracho atiendo a un chorro; ¡que lo voy a defender! ¡Yo lo quiero meter en cana! Soy así de clarito, y como eso se sabe acá, a verme a mí, no vienen.”

Su discurso no tiene quiebre. Al hablar mira a los ojos y por momentos se torna tan efusivo que su voz retumba en la oficina de turismo que está frente a la plaza central de Dolores, donde transcurre la nota. “Yo soy un moderador. Mi cliente es un amigo mío, y el contrincante, también, seguro que es un vecino de Dolores con el cual tengo buena relación, por lo tanto sigo teniendo buena relación después del juicio”.

A esa altura de la charla ya ha aclarado que su vida transita sobre cuatro ejes o puntales. “Tengo tanta responsabilidad en la abogacía, como en las expediciones, como en el Club Náutico -que presido hace más 30 años- como en la gestión de turismo”. Habla sobre la gestión en ese área en la Municipalidad de Dolores, en una charla cortada, de tanto en tanto, por algún interesado que hace sonar el teléfono para saber cuándo cierra la inscripción para la travesía en kayak Dolores-San Clemente. Alfredo aprovecha para mostrar lo que hizo desde ese sillón. “De las 16 actividades que hacemos hoy, 10 no existían hace 20 años”. Desde 1995, con un intervalo, ocupa ese cargo, pero -salvo en un peíodo- siempre lo hizo ad-honorem. “No soy político y estuve con tres intendentes de diferentes partidos. Ninguno sabe si lo he votado o no, y tampoco me lo preguntarían, porque no se lo conwwwaría”.

Está claro que no tiene tiempo para aburrirse. Cada día de los suyos comienza temprano y transcurre entre su estudio jurídico, los tribunales y su oficina en la municipalidad hasta el mediodía. Un almuerzo rápido separa eso de su rol en el club Náutico, donde, además, entrena fuerte para sus travesías. “Mis vecinos son como la familia para mí”, dice. Y es cierto: si uno camina junto con Barragán deberá frenarse muchas veces. “Soy un privilegiado, que inventó o encontró, las vetas a las cuales dedicarse. Me levanto todos los días de mi vida con ganas de hacer el doble de lo que hice ayer. No se lo que es el insomnio, la depresión, jamás tuve un problema digestivo. Me despierto y salto de la cama porque ¡tengo tanto para hacer!”, dice y se va a vivir esa vida de puro expedicionario porque Barragán descubrió que la vida es, también, una larga travesía.

 

Fotos

En la foto principal de esta nota se lo ve a Alfredo Barragán en la balsa de la memorable Expedición Atlantis, de la que se cumplen 30 años. Alfredo Barragán (centro), flanqueado por Jorge Iriberri, Oscar Giacaglia, Félix Arrieta y Daniel Sánchez Magriños.

En las demás imágenes está en el cerro Tronador, en los 43 días que pasó en el rompehielos Almirante Irízar y en la travesía de los Hielos Continentales.