Texto y Fotos: Leandro Vesco

A veces sólo se trata de seguir una corazonada, esto es lo que le pasó a Romina Romeo cuando supo que debía volver a su pueblo y recuperar un antiguo almacén. Sin avisarle a su marido, les pidió ayuda a sus padres y comenzó a soñar despierta, regresó a su pueblo trayendo a su familia con una misión: reabrir el almacén y transformar al pueblo. Cinco años después, ese sueño es realidad. El “Almacén Adela” es el eje de los buenos aires que se sienten en Fulton, un pueblo de 80 habitantes que hoy ya no se sorprende por los visitantes que entran.

La recuperación de los pueblos muchas veces depende de un grupo de personas, y algunas veces de una sola persona. Aquí sucedió esto último, la historia del renacimiento de Fulton es la historia de Romina Romeo, una mujer que jamás le tuvo miedo al fracaso. “Estaba embarazada de cinco meses y la señora que tenía el almacén lo quería vender, no lo pensé dos veces. Estaba en Tandil,  y quería volver, sin decirle nada a mi esposo, me vine, le ofrecimos un trato a la señora, que aceptó y de un día para el otro, me vi dueña del almacén. A la noche le dije a mi esposo que ya no vivíamos más en Tandil, que se viniera para Fulton” Así fue cómo nació este Almacén que le cambió la vida a esta familia y a todo un pueblo. Decisiones así difícilmente tengan consecuencias negativas. A los pocos meses Romina tuvo a Morena su hija que se cría entre el mostrador y las picadas y su madre, Susana lópez, quien debió asistirla, al igual que su padre, Daniel Romeo. “Pusimos el Almacén al servicio del pueblo, y así fue como nos empezaron a visitar, esto produjo un contagio en los vecinos, que de a poco comenzaron a cortar el pasto, a embellecer todo. Como familia nos puso rutinas, y  es hermoso que podamos trabajar juntos todos los días

“Adela” está pintado de azul. Es la única casa del pueblo de ese color, imposible no llegar. Por este motivo y por el aroma a comida casera. Uno de los secretos del almacén es el amor y la dedicación con la que elaboran sus platos. Picadas, carnes, locros y salsas son la especialidad. “No tenemos ningún plato listo, todo lo preparamos en el momento. La salsa está hecha con los tomates de la huerta, al igual que la albahaca o la cebolla: todo es fresco”, explica Susana, entonces no hay mucho más que decir, se trata de sentarse en este salón decorado con elementos camperos y esperar que Romina traiga la comida. “Acá cocinamos como si los clientes fueron amigos que vienen a visitarnos a nuestra casa. Nos interesa poder escucharlos, oír sus historias. A veces tenemos que dar de comer para cuarenta personas pero no me gusta porque no me acuerdo de la cara de la gente a la que le estoy dando de comer, no sé nada de su vida. Prefiero que seamos pocos, que podamos sentarnos y compartir con ellos la vida y la comida”, sintetiza Romina la esencia del comedor de campo, contacto humano, tiempos humanos: la ceremonia de la mesa se completa con el agregado de la charla.

La vida en el almacén no le pesa a Romina y a su familia. Conscientes de que lo que ofrecen es único y que están haciendo historia todos los días en este pueblo, el compromiso con el cliente, que es además un amigo, es profundo. “Todavía está le gente que se viene a caballo, que hizo 30 kilómetros y que llega a las tres de la tarde. Yo a esa gente tengo que abrirle, esta persona no puede esperar y ellos saben que cuentan con nosotros” El salón tiene un lugar destinado al almacén propiamente dicho, con sus interminables artículos, donde conviven un par de alpargatas, cuchillos, salamines y cuadernos, y del otro lado las meses del comedor. La vivienda familiar está a un costado, la cocina es el corazón de la casa. Romina nos transmite una realidad que viven todos los comedores de campo: la municipalidad les niega la habilitación. La burocracia le exige las mismas condiciones que un restaurante de ciudad. Imposible cumplirlas, con esa excusa, desde el área municipal de turismo no difunden la existencia de estos lugares, que son los único que conservan la identidad que se ha perdido en una urbe. “A nosotros nos funciona el boca en boca, no nos interesa la publicidad porque sabemos que nuestro público es otro”, sostiene Romina, que ve cómo su sueño se agiganta a diario, con la llegada de visitantes que vienen de todas partes de la provincia en busca de un plato de pasta que les haga recordar su niñez. El almacén forma parte del grupo de Turismo Rural Tandil, que asesora María Elena Valdez, que depende de Cambio Rural, del INTA, la unión con los demás emprendimientos los ha vuelto fuertes y no va a pasar mucho tiempo para que esta red de familias sea reconocida.

La gastronomía es sin dudas la salida para la recuperación de los pueblos, y la puerta de entrada para la independencia rural. En lugares como el Almacén “Adela”, se come como se hacía hace un siglo atrás, la matriz de la cocina argentina está intacta aquí, porque todo se produce dentro del pueblo y con manos que sienten amor por el trabajo. La soberanía alimentaria es la partitura por donde se comunica el menú del comedor. Romina Romeo entendió cómo es el turismo rural: “Nosotros no queremos cambiar nada, porque perderíamos identidad. Hace poco impusimos para después de la comida el Chupe y Pase, es una taza grande de té con aromáticas de estación, pueden ser boldo, cedrón y menta, y la compartimos entre todos, a veces salimos a caminar por el pueblo, sino lo tomamos en el patio, después les regalamos torta fritas” Así es como se cierra la experiencia gastronómica en el Almacén Adela, con el sentido de haber conseguido recuperar los aromas de ayer y de regresar a reconocer nuestra paz interior. “Nunca pensé que íbamos a hacer tan conocidos, nunca le tuve miedo al fracaso, estamos en el campo, tenemos la naturaleza de nuestro lado” concluye Romina.

En el Almacén “Adela”, la vida te regala un bonus. Nada cae mal, todo se siente bien. Visitarlo es una obligación ciudadana.

E mail de contacto: turismoruraltandil@gmail.com