Así como en cada italiano hay un especialista en pizzas y pastas, el estereotipo explica que en cada francés hay un experto en vinos. “La leyenda urbana dice que empezamos a tomar a las 5 años”, asiente Guillaume Alix, pero el mito se desvanece a los cinco segundos: “Lamento aclarar que es sólo eso, una leyenda. La verdad es que, por lo general, recién a los 15 o 16 años se empieza a educar el paladar con el fondo de las copas. Aunque no por eso es que todos los franceses seamos enólogos o sommeliers…”. Con esa cultura arraigada, pero lejos de ostentar un espíritu evangelizador, Alix se juntó con su socio Thibauld Quirion para vivir de cerca el progreso de la industria del vino en la Argentina, incluso para seguir aprendiendo sobre la bebida nacional por excelencia de su país. Son la caras de La Cave à Vin, un emprendimiento que nuclea a 31 bodegas de orígenes franceses, pero afincadas en nuestro país, para ofrecerles un canal común de ventas online (www.caveavin.com.ar) y también para organizar una degustación anual abierta al público, cuya segunda edición se realizó hace algunas semanas en la Embajada de Francia en Buenos Aires. Buenas señales de cómo el vino argentino es cada vez más un vino de mundo.

– Al momento de salir a mostrarse, a las bodegas argentinas les costó encontrar una estrategia común para salir al mercado. ¿Cuánto tiene que ver la tradición vitivinícola francesa para que una iniciativa como la que ustedes emprenden haya surgido con tanta fluidez?
– Alix: En efecto, se sabía que había muchos franceses haciendo vino en la Argentina, que se conocían, pero no hacían acciones conjuntas hasta que la Embajada se propuso activar la idea que terminó siendo Cave à Vin. El núcleo inicial fueron las bodegas más grandes que operan en la Argentina, y a partir de allí se empezaron a sumar emprendimientos más pequeños, incluso bodegas boutique. Lo más importante es que hay un trato igualitario entre todas, no importa su tamaño.
– Quirion: A grandes rasgos, podemos distinguir tres momentos de la influencia francesa en el vino argentino. La primera, de mediados del siglo XIX, cuando los inmigrantes trajeron las primeras vides e implantaron el Malbec, que de hecho funcionó mucho mejor aquí que en Francia. Después, pasada la mitad del siglo XX, llegó Chandon, hoy uno de los más grandes jugadores del mercado argentino, y la última ola de inversiones se dio en los años 90, cuando grandes familias de bodegueros empezaron a trabajar con emprendimientos locales para después empezar a comprar tierra y, de alguna manera, cumplir un sueño que allí no pueden. A nivel comercial, cada uno funciona de manera independiente, en cuanto a decisiones de vender en el mercado interno o exportar, y esto va variando de un año a otro según cómo esté el mercado mundial.
– ¿Sus consumidores ven como un valor agregado el hecho de que las bodegas tengan orígenes franceses?
– Alix: La mayoría de nuestros clientes son argentinos, que podríamos considerar francófilos, les gusta justamente tener un vínculo francés y de hecho cuando nos llaman practican su francés (risas). Pero no sé si les importa mucho ese hecho, sino la calidad del vino. Tenemos la suerte de que las bodegas con las que trabajamos hacen vino de calidad, no específicamente porque sean franceses. Pero se trata de gente que ya estaba en el mundo del vino en Francia e invirtieron aquí sabiendo de qué se trataba. No son emprendimientos financieros buscando un rédito.
– Quirion: Incluso las familias de muchos de ellos ya hacían vino en Francia cuando la Argentina todavía era un virreinato. Este país les da nuevas oportunidades para hacer cosas diferentes con el vino. El caso más claro es con el Malbec. Es muy difícil encontrar un ciento por ciento Malbec en Francia y aun así no está considerado un buen vino. Se suman factores como el clima, la posibilidad de utilizar el riego artificial, que en Francia no está permitido, que hacen que los bodegueros se animen a probar.
– Alix: Se trata además de una posibilidad para integrarse en el mercado a través de los nuevos países productores de vinos, en los que Argentina está muy bien ubicado, naturalmente. Eso abre la puerta a muchos países que tienen la imagen de que los vinos franceses son demasiado caros y sofisticados. Tienen la posibilidad de tener su chateaux en Francia, pero además hacer vino en la Argentina, abrir su gama y competir con países como Australia, Sudáfrica y Nueva Zelanda.
– ¿Cómo afrontan los bodegueros franceses esa dicotomía entre seguir las normas tradicionales para hacer vino o adaptarse a los estándares del llamado Nuevo Mundo?
– Alix: A mí me parece que hoy Francia se inspira en nuevos mercados, como el de Argentina. Allí, en las botellas por lo general no aparece el nombre de la cepa, sino el nombre del chateaux y el terroir, que importa mucho. Pero ahora, por ejemplo, y como otros viejos productores de vino, se empiezan a adaptar a la nueva competencia que se apoya más en las cepas. Por supuesto, más que nada en lo que hace a las políticas de márketing, porque el vino francés no va a cambiar. Se trata de un flujo de ida y vuelta, porque así también aquí en la Argentina se empiezan a ver cada vez más blends y tener vinos “single vineyard” (único viñedo), que es lo más parecido a una denominación de origen de un terruño.
– Quirion: Una de las grandes diferencias es que acá pueden desplegar una gama que allí no. Un productor francés de 15 hectáreas ya es grande, mientras que acá uno puede tener 200 hectáreas para diez tipos de vides distintas.
– En todo caso, después están los desbalanceos de precios, con vinos inaccesibles a veces sin motivos aparentes…
– Alix: Siempre influye mucho el márketing, ocurre lo mismo en Francia. Según con el nombre del chateaux lo venden al precio que quieran. Eso existe en cualquier país, tampoco es cuestión de engañarnos (risas).
– ¿Cuán rápido se detecta la diferencia entre el vino francés y el argentino?
– Alix: Cuando llegué acá, fue un choque, porque estaba acostumbrado a tomar vinos del viejo mundo, como Francia, Italia y España. Me sorprendió, no es que no me gustó, por eso decidí tomar clases para entender mejor el vino. Ya ahora, en cuanto a vinos jóvenes, me gustan más los argentinos que los franceses, que suelen ser más vinos de guarda.
– Quirion: Al mismo tiempo, hay casos que, de hecho, los vinos se van pareciendo cada vez más a los de Burdeos, por ejemplo, sobre todo los de Mendoza. Son paladares muy diferentes. Allí los vinos tienen menos presencia de alcohol, muchos argentinos se quejan de que toman agua cuando toman un vino francés. Pero, por ejemplo, un buen asado hay que tomarlo con un vino fuerte como un Malbec. Pero hay casos excepcionales, como el de Pinot Noir, que vemos en franca evolución. Es una uva muy difícil de trabajar, pero en la Patagonia encontraron cómo darle ese toque frío que tiene en la Borgoña. Y la verdad es que los resultados son cada vez más parecidos.
– En ese sentido, ¿notan una evolución del bebedor argentino?
– Alix: Estoy en el país hace cinco años, no es para hacer un análisis muy profundo, pero sí pude ver cómo la gente antes sólo tomaba Malbec, pero hoy se abre a cada vez más opciones. El paladar por las bebidas o las comidas se fue afinando. Es cada vez más complicado satisfacer con una comida o con un vino. Ahora saben cuándo es un buen vino o un mal vino, se nivela para arriba. Cuando llegué había muchos vinos que no me parecían buenos, y ahora hay una variedad increíble, incluso en precios económicos. Se informa más, se prueba más, acompañar más con vino. Eso provoca que, así como creció el Pinot Noir, la próxima cepa que se viene sea el Cabernet Franc.
– Quirion: Es probable que las nuevas tendencias de envasado también ayuden. En Europa es muy común el “bag in box”, similar al tetra brik, incluso para vinos de alta gama. Eso permite guardar los vinos una vez abiertos sin que se deterioren e, incluso, comprar envases para sólo una o dos copas. Veremos si aquí también se transforma en una tendencia.