Imaginémosla así: se encierra en su taller, se ajusta el barbijo en la nuca con dos moños delicados. Todo es silencio. Se pone las antiparras, pero deja los oídos libres como si necesitara escuchar el ruido del cincel abriendo las líneas en el mármol, metiéndose en el alma impoluta de la piedra; música para sus oídos de escultora. Así establece un diálogo con la piedra, como sintiendo esa voz que viene desde el fondo de los tiempos. Entonces es así la escena: Carmen Dardalla toma las mismas herramientas que un albañil, camina lento hasta donde descansa un bloque de mármol y se aplica al golpeteo sonoro llegar a la forma que pensó, que imaginó en trazos mientras dormía o vio en vigilia mientras corría, otra de sus pasiones. 

Carmen rompe con la concepción del artista: habla antes del material que de sí misma. Y cuando habla de sí misma, parece relativizar su arte o, al menos, hacerlo parecer fácil de hacer. Dan ganas de sacarle el martillo y el cincel y ponerse a esculpir con ella. Habla del oficio de la piedra. Dice que es lenta, que la piedra es lenta. Y dice la palabra como separándola en sílabas. Un escultor convive un largo tiempo con su obra, pero nunca le pasó de fastidiarse con ninguna. “No con la piedra”, remarca. Para hacer las zapatillas que se observan en esta nota, tardó un año y medio. “Soy bastante impaciente con todo, menos con la piedra”, se sincera, risueña. En hacer el torso de un hombre en un mármol que pesaba 500 kilos tardó un año y medio.

Esa es una de las tantas que la artista exhibe en la Galería de Arte AG hasta el 31 de julio, de lunes a viernes de 12 a 20, en avenida Alvear 1580, Recoleta. Las hay de diferentes tipos: en algunas priman las formas humanas, en otras son los objetos los que interpelan desde el mármol o es el bronce el que se encuentra en un beso de dos bocas sedientas. Esa es la cualidad mayor de Dardalla: volver cálido lo que por años permaneció helado, darle forma a lo eterno, trazarle curvas a lo imposible.  

A veces prende el compresor para hacer el desbaste grueso con el puntero, la gradina -una especie de tenedor que deja una huella- y los cinceles. Pero casi siempre alza la mano y es con su pulso al flor de brazo que hace nacer la obra que antes dibujó, que más antes pensó y que, tal vez, antes de todo, soñó.   
-¿Medís el tiempo cuando esculpís?
-Esculpo hasta que el brazo se me cae. Me dejo llevar. Es como construir una casa. Esculpir es un trabajo similar al del obrero. Lo único diferente es que te da muchísima más satisfacción esculpir. 

Entrena tres veces por semana, casi con el mismo rigor con el que corre los 21 kilómetros de la media maratón, la prueba preferida. “Tengo que estar bien comida, bien dormida”. ¿Habla del entrenamiento o del arte de esculpir? Es indistinto. Para ambas actividades la disposición física es fundamental. 
 
A París ella se fue

Esta artista argentina vivió ocho años en París, adonde se recibió de arquitecta de interiores y diseñadora de modelos. A los 24 años, con un pie afuera de Francia y con los dos fuera de la universidad, dio el salto: volvió a su país para estudiar escultura, cinco años, mientras remodelaba casas. A los 29 años recibió el primer llamado de la piedra. Se dijo “voy a esculpir aunque no gane plata”.

“La eternidad está dada con la piedra. La piedra tardó millones de años en formarse: representa lo más sublime”. La parte mágica es cuando los puntos que pone sobre las piedras se unen. “Es como si de golpe las formas aparecieran de repente sobre la piedra. Ese es un momento mágico, emocionante. Se trata de la geometría del espacio, de poder, con esos elementos, darle forma al mármol. Son todos puntos en el espacio”, dice ella, como si fuese simple. 

Pero no sólo cincela y dibuja, no sólo concibe; también opina. “Hay artistas que tienen mucho marketing, pero tienen un séquito detrás que hacen su tarea”. Ella no. Dardalla primero dibuja, luego hace la forma en arcilla y modela la figura. Eso, la figura. Carmen es figurativa, concibe a la realidad a través de las formas concretas y desde ese espacio es que teje su obra. 

“En la escultura la base es el dibujo y el modelado. A partir de la forma de la arcilla, se hace un original en acrílico, yeso o cemento. Hay escultores que no saben pasar a bronce. La escultura en mármol es un oficio aparte”, diferencia.

“Hay que tener una idea de las formas, una base de por dónde uno quiere ir. Pero, ¿cómo pasamos la idea al mármol? Hay dos posibilidades: la talla directa, o sea, en un bloque. Eso puede ser, como decía mi maestro, San Antonio o La Purísima Concepción, porque ahí manda el material. Miguel Angel (autor de El David) lo pasaba por compases. Pero hay escultores que sólo pasan obras de otros. En Pietrasanta, Italia, hay muchos picapedreros. Yo me denomino así: soy una picapedrera, yo paso por puntos. Pero son pocos los que pasan sus obras de esta manera. La escultura tiene un compromiso técnico muy fuerte”, explica.

Ella aprendió con Ramón Castejón, un maestro español de la escultura, que tiene obras en Barcelona y en Buenos Aires. Pero que permanece oculto tras el nombre de “pasador”. Así se llama a quienes esculpen la obra de otro, esos que no figuran al pie de ninguna escultura que hicieron nacer bajo su cincel. Esos que, como Carmen, son capaces de hablar a través de las piedras. 

 

Más info:

www.carmendardalla.com