Ajustó la cincha de Mancha y lo miró a Gato a los ojos. El overo, que había estado silencioso, relinchó y el gateado lo acompañó. Tenían fama de animales con carácter: se habían criado en la Patagonia y habían aprendido a dominar el viento, a mirar de frente al frío. El suizo Aimé Félix Tschiffely lo sabía. Se lo había dicho su dueño, Emilio Solanet (uno de los fundadores de la Asociación de Criadores de Caballos Criollos), quien los había comprado al cacique tehuelche Liempichún: eran dos caballos bravos.

“Eran diferentes: Mancha era un excelente perro guardián, estaba siempre alerta, desconfiaba de los extraños y no permitía que hombre alguno, aparte de mí mismo, lo montase. Si los extraños se le acercaban, lo advertía levantando la pata, echando hacia atrás las orejas y demostrando que estaba listo para morder. Gato era un caballo de carácter muy distinto. Fue domado con mayor rapidez que su compañero. Cuando descubrió que los corcovos y todo su repertorio de aviesos recursos para arrojarme al suelo fracasaban, se resignó a su destino y tomó las cosas filosóficamente. Mancha dominaba completamente a Gato, que nunca tomaba represalias”, anotó el profesor suizo en su libretas de viaje. Y dijo que tenían tal mansedumbre que jamás debió atarlos.

El periplo empezó el 24 de abril de 1925 en la Sociedad Rural Argentina de Buenos Aires y terminó 21.500 kilómetros después en la ciudad estadonunidense de New York. Lograron doble récord: distancia y altura, gracias a los 5.900 metros sobre el nivel del mar cuando atravesaron el paso El Cóndor, en Bolivia. El viaje tuvo 504 etapas y un promedio diario de 46,2 kilómetros por día.

De nuevo estoy de vuelta

Habían pasado años desde la travesía cuando el suizo Aimé va a la Estancia “El Cardal”, en Ayacucho, a visitar a sus amigos, a quienes hace mucho que no ve. Se para en la entrada de la estancia, se acoda en la tranquera y lanza un silbido. Al instante aparecen al trote dos caballos: Gato y Mancha. Corrieron y relincharon para saludar la presencia del compañero con el que habían andado la América toda. Y al que no había olvidado.

Gato murió a los 36 años en 1944 y Mancha partió al silencio en 1947, cuando tenía 40 años. Fueron cuidados hasta su muerte por el paisano Juan Dindart, en la Estancia “El Cardal”. Hoy se encuentran embalsamados, en exposición, en el Museo de Transportes del Complejo Museográfico Provincial “Enrique Udaondo” de la ciudad de Luján, provincia de Buenos Aires. Cuando el profesor suizo falleció se cumplió su pedido. Por eso hoy sus cenizas reposan en el campo de Ayacucho donde tantas veces vio correr a sus amigos.

Los caballos expedicionarios se sometieron a caminos complejos y hasta anduvieron por trazas inexistentes. Cruzaron la Cordillera de Los Andes con 18 grados bajo cero y anduvieron por Casma con 52 grados centígrados. El 20 de septiembre de 1928, a tres años, 4 meses y 6 días de la partida, apenas pusieron sus patas en New York, estaban empezando a escribir la historia grande de la raza criolla y, también, la de la sangre caballar argentina.