Como una vidriera en miniatura del famoso “Cambalache” de Discépolo, el costurero de Doña Potola lucía sus tesoros sobre la mesa de la galería. Por algún motivo de los que nunca faltan, que  hacen que los chicos falten, no hubo clase esta mañana en el pueblo, sobre todo en la primaria, y así aparecieron de sorpresa los nietos con sus padres, buscando algún trabajito en los galpones o en la guachera del tambo. El más chico, que sigue abusando de sus privilegios, anda todavía colgado del delantal de Prosperina buscando alguna golosina. Si bien no está en edad de desparramar botones, esa caja de lata es el cofre del tesoro del pirata más rico del Caribe, Doña Potola, que milagrosamente, siempre encuentra el botoncito de nácar que de una de sus blusas paquetas le faltaba. Lo estaba cosiendo “flojito”, ya que dice que ahora los hilos no vienen como antes y de reojo trataba de adivinar el siguiente paso de quien se acercaba con cautela hacia su presa.
– ¿Por qué tantos hilos de colores abuela?
– En algún momento se precisan m´hijo.
– Colorado, amarillo… Nunca vi que tuvieras nada con estos colores.
– Eso dice usted, porque nunca ha visto la ropa que uso debajo de la blusa.
– ¡Sí, la he visto! Y tus corpiños son blancos, abuela.
– Bueno… Tengo hilos de colores, pues cuando vienen sus hermanas y sus primas siempre buscan alguna ayuda, igual que Prosperina. O los uso para bordar servilletas o algún pañuelito.
– ¿Y esto que parece un mate?
– Es un mate. Y lo usé durante años para zurcir las medias.
– ¿Para qué abuela?
– Para zurcir, remendar o como quieras llamarlo.
– Tampoco sé qué es remendar.
– Mire, tanto para zurcir o para remendar hay que desplegar cierto arte con la aguja y el hilo para hacer presentable el paso del tiempo. Las medias se gastaban en los talones y en las puntas, y como no sobraban los pesos, al contrario siempre faltaban, había que arreglarlas para seguir usándolas remendadas.
– Cuando se me rompa una media, abuela, te la traigo así me mostrás cómo se arregla.
Prosperina, que andaba buscando un ayudante para que le llevara la canasta a la quinta, lo tentó con un par de higos secos que sacó del bolsillo del delantal y se llevó al preguntón, que estaba poniendo impaciente a la abuela.
– En un rato se lo traigo.
– Déjelo de espantapájaros hasta la hora del almuerzo. Bromeó Doña Potola.
– Si bien ellos tienen un mundo nuevo en la tecnología que  dominan muy bien, hay otro que se va perdiendo y que no lo han conocido. Dijo la Sra. República.
– ¡Gracias a Dios, señora! Si bien uno lo recuerda como parte de la infancia y con ese barniz de ternura con que lo pinta la distancia, yo no volvería a tantas torturas de aquellos tiempos.
– Doña Potola…  ¿No me diga que reniega de los tiempos de su juventud?
– Mire señora, si nuestra Presidenta dice en París donde ayer nomás desfiló con su boina de guerrillera, nada más ni nada menos que hay que volver al capitalismo frente a los presidentes del mundo, yo también me puedo permitir alguna pequeñez al lado de todo esto. Mire qué drama para los compañeros. Van a tener que cambiar la letra de la marcha peronista.