Por Sonia Renison. Fotos: gentileza CLT/MINTUR. 

 

 

 Después de Juan José Castelli y pasando la rotonda de Miraflores, la huella se abre paso sobre la tierra y los montes de cactáceas muestran otra dimensión: vamos rumbo al Impenetrable junto con Marian Labourt, relacionista pública de CLT; el guía Pedro Núñez y el naturalista Lucas Dramer. Cada tanto aparecen caseríos, tranquera y alambrado se vuelven una sola cosa. El acceso al paraje La Armonía es en un segundo y de pronto, llegamos. Un senderito serpentea los arbustos y desciende hacia un predio de tierra apisonada por la sombra de los algarrobos. Una carpa mayor y cinco pequeños iglúes constituyen el campamento. Lucas y Pedro presentan a las visitantes, nos ubican en una carpa y nos alcanzan un catre sobre el pasaremos las próximas noches. A quince metros del fogón -que permanece encendido noche y día- está la ducha: un espacio de un metro cuadrado protegido por lonas plásticas verdes y un sistema de roldanas que permiten volcar el agua que se trae desde Miraflores una vez por semana en tanques especiales. Hay una zona disimulada donde se cuelga la ropa recién lavada y trepando por otra picada se llega al baño. ¡Hasta inodoro hay! ¿Cadena? También. Son las cenizas del fogón en un tacho de metal, de donde se sirve con un vaso de plástico sostenido por un piolín del largo justo para hacer el movimiento y cubrir con un manto el residuo orgánico. “Baño seco”, informan los hombres sobre el método.  

 Junto al río Bermejito, que exhibe su cauce seco, está la oficina. Bajo un árbol de copa enorme se apoya una mesa grande con sillas. Allí se pasa la mayor parte del tiempo libre. El reparo atrapa los cuerpos cansados de tanta naturaleza. Hay cocina a la intemperie y tachos gigantes donde se lavan y se enjuagan los platos. Todo está a un metro de altura porque puede acercarse una chancha que hociquea con tres chanchitos. Se comporta como una mascota dometicada y puede revolver todo.

 Hay que ser muy valiente para ir en la noche hasta el baño sólo con la compañía de una linterna, rodeada de los ruidos (y los silencios) que esconde la espesura. El objetivo es compartir el campamento y base de operaciones que montaron los guardaparques para conocer por dentro La Fidelidad y que se ve como un monte espeso que se yergue del otro lado del río seco. 

 Llegar a este punto y buscar en el mapa devuelve la dimensión de la empresa. Desde hace un año el campamento controla y releva todo el campo porque está prohibido cazar y talar árboles. Pero es tan grande que de noche los disparos se dispersan en la oscuridad. Para quien no conozca nada del Norte y Litoral argentino, en esta porción del planeta uno es nadie. Vale más un animal. Este sitio fue atracción de cazadores en los últimos años. Para la protección de las especies están los guardafaunas provinciales. Ellos tiene lo que tienen el poder de control. Carlos Aguer y Miguel Gheringhelli son dos maestros. Pero apenas se sientan a cenar, se escucha pasar a los camiones por la ruta, como si alguien hubiera avisado que hay quince minutos de tiempo sin control. No tienen descanso. Esto parece una película del lejano oeste.

 No están solos. Bajo la dirección de Daniel Crosta, exintendente del Parque Iguazú, hay un equipo de guardaparques. La noche es impecable en este rincón del mundo. Hay brisa. La visita a La Fidelidad despierta adrenalina. Llegamos al casco. De allí hay caminos que conducen hacia la laguna Breal y hasta el río Bermejo. El casco esta abandonado. Es siniestro. Conocemos la casona por dentro. Está impecable. Aún guarda muebles originales. Necesitamos hacer fotos antes de que se haga de noche. Así que regresamos al campamento.

 Una hora nos lleva el retorno. En el periplo esquivamos las cuevas de los tatu carreta. Y alcanzamos a ver un tapir que se frena, nos mira y corre hacia el monte, como si fuera a revelar con urgencia nuestra presencia. Al final, la aventura está afuera de La Fidelidad, cuando nuestro guía Pedro se aleja del campo para diseñarnos un trekking y se funde en un cañón del Río Seco. Son cientos de curvas: desaparece. Nos preocupamos. Los puesteros de La Armonía que dejan todo para salir a buscarlo. El rastrillaje dura una eternidad.  Al menos sentimos eso.   

 En la siesta del día siguiente aparece Pedro en un recodo junto a una aguada. Está sumergido en el barro tratando de no morir deshidratado. Fue imposible seguirle las huellas durante la noche. El encuentro fue toda felicidad. Un asado corona el rescate de nuestro guía. Al final, la tarde se extiende entre anécdotas de todos los hombres que desde chicos vivieron en La Fidelidad. Entre todos rearman la historia del paraje de Born. De los hermanos italianos. Y también de cazadores furtivos. Hasta discuten sobre qué chancho silvestre tiene mejor carne. Celebran la fantasía de ser guías baqueanos de una parque nacional es un futuro cercano. Es un proyecto para todo el pueblo. Sonríen y posan para una foto. Uno dice, “casi es la foto de la última cena”. Estallan en carcajadas. Todos abrazan a Pedro, el protagonista de la aventura con final feliz.