Bajo el sol tibio tucumano que hoy roza la piel de los visitantes, hace más de 2 mil años las antiguas civilizaciones, antepasados calchaquíes, que poblaron el Valle de Tafí iniciaron una tarea que hoy es leyenda asombro y misterio: tallaron piedras –menhires– como símbolo de una cultura de la cual apenas se conocen algunos indicios.
Las primeras referencias sobre la existencia de los menhires datan de 1897, gracias a los estudios del arqueólogo Juan Bautista Ambrosetti, quien dio con los monumentos debido a estudios que realizaba en el norte argentino tras los pasos de la cultura Calchaquí.
El investigador Alfredo Turbay, en el libro “Historias de los menhires de El Mollar”, explica que “la idea inspiradora de la erección de los menhires del Valle de Tafí debió llegar del Altiplano boliviano o, más precisamente, de las proximidades del lago Sagrado del Tititcaca, traída por migraciones de tribus Aimaras. Pero no era originaria de allí ya que se cree que este tipo de monumentos se originaron en el período Neolítico y que son exponentes de una cultura megalítica caracterizada por la construcción de monumentos con elementos líticos de gran tamaño”.
Estas piedras talladas –algunas superan los tres metros de altura, el metro de ancho y las 4 toneladas– estaban diseminadas bajo formas fálicas por todo el Valle de Tafí como símbolo, se cree, de fertilidad y protección hacia la tierra.
Para Turbay, la palabra menhir es de raíz celta, ya que en esa lengua europea “men” significa piedra e “hir” larga. Por su parte, en el documento “Menhires del Valle de Tafí”, del Ente de Turismo de Tucumán, se lee que el origen celta de esta palabra se incorporó en la literatura arqueológica a través de los naturalistas que estudiaron las piedras a fines del siglo XIX. “Sin embargo parece más pertinente el termino ‘huanca’ o ‘wanka’, palabra quechua cuyo significado está asociado a benefactores y guardianes del cultivo y el ganado”, dice el estudio.

ARTESANOS. La base de estos monumentos son rocas metamórficas con inclusiones de cuarzo y granito –materiales que se encuentran en todo el valle– en los que se dibujaban rostros humanos, animales –sobre todo felinos– y figuras geométricas.
Los primitivos habitantes trabajaban cada piedra por medio de técnicas de desbaste, percusión y fricción para lograr, por ejemplo, los rostros humanos. Las figuras zoomorfas eran sugeridas a través de orejas que sobresalían de la porción superior de la pieza o dibujos geométricos circulares a manera de manchas en la piel.
En estos está siempre insinuada la forma fálica asociadas con prácticas propiciatorias de la vida, con el ancestro Huanta y los primeros asentamientos en los valles.
Lidia Würschmidt, profesora de Historia y Geografía de la Universidad Nacional de Tucumán, en sus investigaciones brinda pistas sobre el significado de tan particulares tallados: “El estudio de las singularidades de la magia indígena ayudaron grandemente a encontrar las respuestas y llevan a la convicción de que los menhires son monumentos de compulsión mágica tendientes a lograr de los dioses fecundidad y fertilidad; conceptos que en la mentalidad primitiva de los hombres de la Edad de Piedra significaban reproducción”.
Además, estas piedras tenían talladas en su parte superior un canal o surco que servía para atar una cuerda que sujetaba adornos.
La información arqueológica del Ente de Turismo tucumano reconstruye que estos monumentos fueron fabricados en casas construidas en piedra –pircas– de forma circular.
Las viviendas tenían hasta tres recintos destinados al descanso ubicados en torno a un patio en el que se realizaban tareas textiles, cerámicas, preparación de alimentos, fogones, molienda, silo para granos y se enterraba a los muertos en cistas (pequeñas cúpulas de piedra).
Además contaban con áreas destinadas a la producción, con corrales en los que se criaban llamas y terrazas de cultivo concebidas para la práctica de la agricultura. Otra actividad de gran importancia era la caza.
Para esta cultura era clave el intercambio de recursos, tanto de subsistencia como suntuarios, con otras comunidades para obtener, por ejemplo, rocas duras para fabricar distintos instrumentos.
En esta línea, el antropólogo Alberto Rex González, en su estudio “Argentina Indígena”, destaca que “el trabajo para construir, transportar y luego ubicar en los centros ceremoniales estos monolitos menhires supone la existencia de un vínculo social que planificaba los esfuerzos del grupo”.

RESERVA ARQUEOLOGICA. Originalmente, la mayoría de los menhires estuvieron localizados en un área de 4 hectáreas, a ambas márgenes del río el Rincón, siempre cerca de sepulturas en lugares domésticos y en la entrada de corrales o en medio de campos de cultivos.
Estos fueron trasladados varias veces, lo que dificultó su estudio y protección ya que no se registró la información necesaria para interpretar su significado. En arqueología, los vestigios sólo pueden ser considerados en relación con otros objetos próximos en el espacio y en el tiempo.
Finalmente, y luego de varios traslados, más de medio centenar de estos monumentos que representan parte de la cultura norteña fueron enclavados a partir de 1968 en la localidad de El Mollar,a 107 kilómetros de San Miguel de Tucumán, en la Reserva Arqueológica Los Menhires que se extiende en el predio conocido como La Sala.
Hoy un escenario de misterio, embalse, valles y quebradas atesora este patrimonio argentino que data del inicio de la era cristiana.