La extensión del campo, en medio de la estepa patagónica, parece aún más grande que en la pampa. O todo es más solitario, con esa aridez que apenas deja crecer las matas. Punta Quiroga se diferencia porque limita con el mar. Desde allí se ve la entrada al Golfo San José y, hacia el Norte, el Golfo San Matías. Además, justo enfrente está Punta Buenos Aires. Acantilados, cañadones y playas de conchillas y de canto rodado, también de restingas y arena. Y cuesta entender la dimensión del pionero en la zona, Francisco Mendioroz, cuando en 1910 se instaló aquí y fundó su estancia Don Francisco, con unas 8.100 hectáreas para producción de lana con 3.200 ovejas. El tiempo pasó y su sobrino nieto, Jorge Mendioroz, manejó la estancia hasta que los vaivenes del precio de la lana de los últimos años lo asediaron. Atajó como pudo los problemas en el mismo establecimiento y mantuvo 1.200 ovejas. Pero, con todo el dolor de su alma, vendió. Aunque acordó que unas doscientas hectáreas las mantendría porque el campo es su vida. Así, en el último año, y con la fuerza de pionero que heredó de sus abuelos vascos de Navarra, llegados a Buenos Aires a fines del siglo XIX, fundó La Fanny, en homenaje a su madre. Allí estuvo El Federal. “También trabajé en Casa Lahusen y en Coronel Vidal, allá por 1963, donde estuve como cinco años, en los que entre reuniones familiares y de amigos me enamoré de mi mujer”, cuenta Jorge y se refiere a Elba Beatriz.
Lo cierto es que para llegar a su nueva casa en La Fanny hay que atravesar catorce tranqueras. Empezó de cero y construyó la casa de campo, al mismo tiempo que realizó las dos perforaciones con las que extrae agua salitrosa que “para las plantas va bien”, explica. Tamariscos y un monte de eucaliptos ya rodean la finca y los mantiene con riego por goteo. Además, dos tanques australianos le permiten acopiar el agua que sacan los molinos.

Criollos aguantadores
Para el trabajo en el campo también adquirió siete yeguas y un padrillo oriundo de una cabaña de caballos criollos de Gobernador Costa, en el oeste chubutense. Es la misma zona donde surge la historia de Gato y Mancha, cuando van a buscar una tropilla de criollos a la zona del río Senguer, donde aún quedaban caballos puros del Lonko Saihueque y compran para renovar la sangre de los caballos bonaerenses. Así surge la travesía de leyenda que protagonizó el suizo Aimé Tschiffely, amigo de la familia Solanet, de la estancia El Cardal en Ayacucho, provincia de Buenos Aires, dueña de la nueva tropilla. Y para demostrar la fortaleza de la raza es que Tschiffely emprende el viaje de a caballo en 1925 para unir los 21.500 kilómetros que distan de Buenos Aires hasta Nueva York, cosa que cumple al ingresar montado por la Quinta Avenida en 1928 y demostrar al mundo la rusticidad y nobleza de la raza criolla.
De los pelajes, Mendioroz menciona al padrillito “lobuno” que le obsequiaron en Gobernador Costa, pero añade que también le encantan “los pintados y manchados, el alazán tostado o el ruano, el que lleva las crines un tono más claras”, acota. La huerta y, además, unas gallinas y por mantener las tareas acostumbradas y aprendidas también mantuvo unas 300 ovejas a las que, por el momento, alimenta con balanceado.

Machos y hembras
Cuando El Federal llega a La Fanny con Juan Manuel, el hijo de Mendioroz, el mate calienta la tarde al borde del mar y da para la charla entre todo, se cuenta lo de su apellido y es que un tiempo atrás un hallazgo los puso en el tapete cuando un vuelo descubrió los restos de un avión caído allá por 1950 en Lago Fagnano, Tierra del Fuego, justo en el límite entre Argentina y Chile. El piloto de ese avión de la Fuerza Aérea Argentina siniestrado medio siglo atrás era otro tío abuelo, Bautista Faustino Mendioroz. A su vez, padre de un dirigente social de Viedma-Patagones y tío del vicegobernador actual de Río Negro. Historia curiosa entre pioneros de la Patagonia.
En este campo, en Punta Quiroga, los tiempos quizá no han cambiado casi nada. Para cargar los celulares se usa una batería de auto como toda modernidad.
La puesta a punto de un tinglado tiene su razón de almacenar pasturas, granos, balanceados y herramientas y su nuevo emprendimiento: conejos.
El propietario de La Fanny apunta que son conejos para carne y que sólo para consumo del campo, de la familia. Pero sonríe cuando explica que inició el emprendimiento con dos hembras preñadas que compró a un productor del Parque Industrial de Puerto Madryn, donde se crían conejos y los adquirió a cincuenta pesos cada una. Esto fue hace cuatro meses, y en poco tiempo, las conejas le dieron siete y ocho crías cada una. “El promedio en las crías es de mitad hembras y mitad machos, por tandas”, cuenta Mendioroz. Cuatro meses después de ese primer par de hembras, ya obtuvieron unos 37 “gazapos” (conejos recién nacidos).
“Es que a los treinta días de tener cría, las conejas pueden parir de nuevo. Imaginate, empezás con cien pesos y en cuatro meses sacás carne para todas las semanas”.
“En esos cuatro meses –calcula el hombre— ya pesan los dos kilos y están listos para consumir”, explica.
Para mantener la genética sumó un conejo macho de otro lado para que no haya problemas de consanguinidad y se logre mantener una buena genética en los conejos. 
Separó las hembras y las encerró en unas jaulas especiales que él mismo armó con el alambre. “Es sencillo de hacer, te das maña,” dice. Ubicó los bebederos y el alimento balanceado. A los conejos machos, los separó directamente para sacrificio.
“El precio en carnicería o en góndola el kilo de conejo es de 32 pesos, cada conejito cuesta 65 pesos y se aprovecha todo”, dice y compara con el pollo. “Es parecido, pero tiene mucha más carne, además es magro, y se prepara al horno con papitas, con morrones, en estofado o también en escabeche”. Para Mendioroz, la cría para consumo propio es casi un pasatiempo. Sin embargo, advierte que, como emprendimiento, con el alto porcentaje de crías que se obtiene y el poco tiempo que necesitan para alcanzar el peso para su consumo, es un negocio redondo.

 Manejo sustentable
La estancia centenaria Don Fancisco tiene, además de nuevos dueños, una noticia. Y es que será parte de un proyecto “que estamos trabajando para incorporarla a la Red de Refugios privados de la Fundación Vida Silvestre”, explica el científico Alejandro Winograd, quien le dijo a El Federal que “el objetivo es establecer un programa de manejo que permita, a la vez, preservar la fauna, flora y recursos arqueológicos y mejorar el rendimiento y la calidad de la lana producida. De hecho –añadió- el proyecto se fijó a mediano plazo la producción de lana de altísima calidad (aunque ya lo es el Merino de Península Valdés) en base a buenas prácticas ambientales, sociales y comerciales”. Van por más.