Por Damián Damore y Esteban Raies/Fotos Juan Carlos Casas

La charla transcurre sobre una alfombra colorida, con el fondo de un cuadro colorido donde un músico habla de la música, que es esencialmente colorida. Tal vez llamado por el color, Horacio “Chango” Spasiuk se sienta sobre la alfombra, en pose india. Descalzo y desde el piso habla de lo que está más cerca del suelo. “Hay un cable a tierra que hace a la originalidad de mi música. La pregunta del millón ¿de dónde viene usted o cómo es su música? Es muy difícil de explicar. Vengo de un lugar donde hay selva y la tierra es colorada. Donde hay ríos grandes y hace mucho calor. Donde se toca el acordeón de manera espontánea. La música está compuesta por muchos colores. Es el sincretismo de la música. Un gran plato. Lo que uno llama la raíz es lo que vivió, lo que está presente, el yerbal, los arroyos, la tierra, el pan. Esa simpleza en la que viví hasta los veinte años. Y el hombre. No voy a perderme la oportunidad de reflexionar con la música sobre todo eso.”

El hombre que nació en Apóstoles habla de un alumno muy particular de acordeón: Semilla Bucciarelli, ex bajista de Los Redonditos de Ricota. Y eso lo conduce por los años en que su acordeón se mezcló con la potencia eléctrica. “Fue muy divertida la época en que tenía encuentros con músicos de rock. Cuando yo arranqué, a fines de los años 80, había un prejuicio desde el cual se abría una grieta entre un nosotros y un ellos. Yo me preguntaba, ¿quiénes son ellos? ¿Les interesará el folklore o sólo escucharán Jimi Hendrix?”
-¿Y te sacaste la duda?
-Sí, claro que sí. En los primeros conciertos que hice en el auditorio de Radio Nacional, venía Federico Gil Solá, el batero de Divididos y se sentaba en la primera fila. Me invitó a los ensayos y yo ni siquiera sabía quiénes eran Divididos, no tenía la menor idea.

Tejió amistad con ellos y lo invitaron al estadio de Obras Sanitarias. Esperó a que lo presentaran, pero no: después de “Ala Delta”, Diego Arnedo apoyó el bajo y lo llamó: “Ahora te toca a vos, subí”, le dijo. Chango se colgó el acordeón y caminó despacio hacia el centro del escenario. El público rugía. El vestía alpargatas y bombacha bataraza. Tocó un chamamé pero sentía cierta tensión. Lo aflojó un sapucay y pensó que al final esa pared de los rockeros que revoleaban zapatillas y botellas no era tan dura.

“Me encontré con gente muy sensible en el rock, muy respetuosa. Yo no me acerqué al rock porque quisiera ser rockero ni porque quisiera que los rockeros fueran más folkloristas. Me acerqué para aprender del otro. Hoy por suerte hay un interés mutuo entre esas músicas”. Pero cuando empezó, joven y pelilargo, debió dar explicaciones de por qué tocaba el acordeón. “Esa pregunta venía de la mano de un total desconocimiento del país, donde hay músicas vivas de transmisión oral y donde el acordeón está muy vigente. La gente recibe esa transmisión de los tíos, de los vecinos, de los padres. Es eso que se da en los patios, donde se aprende a tocar en vivo y en directo. Esa pregunta de por qué tocaba el acordeón y no otro instrumento ayudaba a plantear un ellos y un nosotros. Hoy no existe de ese modo”, dice.

-Tal vez por ese cambio es que a nadie le extrañó que llegues al Teatro Colón.
-Si, creo que de “Tarefero de mis pagos” para acá mi música se fue haciendo más camarística. Venía tocando, pero no me hallaba con el sonido. Y no tenía que ver con la respuesta del público. Una vez en Alemania toqué en un festival, a plaza llena y mientras tocaba pensaba que no era eso lo que quería hacer. Mi música está sonando para tocar en un teatro como el Colón. Sentía que podía tocar en este lugar y no iba a desencajar. Diez años atrás sí iba a desencajar, pero ahora no. Y eso se siente en la música. Fue lindo llegar al Colón con Isaco Abitbol, con Cocomarola (Mario del Tránsito). Todo un mundo sonoro que se expresó en toda su dimensión.

El Camino

Cuando dejó su Apóstoles natal para estudiar Antropología en Posadas, la música lo arrastró. A la siesta, mientras leía Levi Strauss con sus compañeros le ponía el oído a Chick Corea, Hermeto Pascoal, Dino Saluzzi, Miles Davis, Astor Piazzolla, Emerson Lake and Palmer y le arrancaba unos tonos a su acordeona. “Nunca había escuchado esa música y me metí, de golpe, en un mundo maravilloso”. Lo mismo le pasó diez años después por obra de Pablo López, un violinista de su grupo de entonces que le entornó la puerta de la música clásica. Entonces entró en crisis porque pensó que su propia música no era buena.

Desde aquellos años en que conoció las músicas del mundo, los caminos selváticos de su roja Misiones no pararon de abrirse y de cruzarse, pero siempre con la precaución de dejar marcadas las huellas para volver a la carpintería de Lucas, a la casa de Doña Fidencia de Martínez, a los sonidos primigenios del violín de papá, al patio donde andaba descalzo.

“Hay que reformular algunas cosas. La música instrumental parece que se hace para entendidos porque no hay narración. Nadie ve allí una narración porque hay cosas contadas con la poesía de las palabras y después está lo instrumental, que no está contado nada. Pero en la música siempre hay narración. Se trata de otro tipo de lenguaje. Se asimila desde otro lugar.”

-Esa manera de narrar que tiene el chamamé incluye a varias provincias con distintas expresiones. Corrientes. Formosa, Santa Fe, Misiones.
-Yo digo que son diferentes rostros de un mismo mundo. Es un mundo muy amplio. Muchos asocian el chamamé con Corrientes. Los santiaguinos dicen que Santiago es la madre de las ciudades del nordeste: el centro de un espiral cada vez más amplio. La música se expande y se legitima en las demás provincias. El desarrollo del chamamé llegó al conurbano bonaerense con los hijos de los provincianos que trabajan acá. Hay una generación de grandes músicos, como Tilo Escobar, Raúl Barboza o Antonio Tarragó Ross. Una gran camada de instrumentistas que trajeron la tradición y que ahora se percibe en el Gran Buenos Aires también.

Va y viene, pero nunca se olvida de sus 11 tíos, de la relojería de Masur donde su padre le compró la primera acordeón y de la radio con el chamamé a las 13, todos los días de sus días y de los días de su padre. Siempre recuerda Los Cuatro Ases, con quienes tocó por primera vez. Antes había animado el casamiento de la hija del carnicero de Concepción de la Sierra. Tan grueso es el lazo que lo une con el acordeón que cuando falleció su papá, Chango lo llevó al velorio y tocó: fue su forma de decir adiós.

-Apóstoles está atravesada por ríos, ¿por qué tu música no refiere al río sino, más bien, a los adentros: el tuyo, el de los colonos, el de los tareferos, el del monte, el del hombre?
-Porque la música es el adentro. Una parte muy pequeña de la música es el afuera, por eso circulan diferentes músicas, de distintas épocas y en distintas culturas y en ellas encontramos un remanzo de sombra; porque el adentro del hombre y su necesidad no cambia, es la misma para todos.

Acento misionero

Más de media hora de charla y recién ahora Spasiuk cambia la posición. Se reacomoda en el suelo, descruza una pierna y se pone en de costado. A la tarde la hechiza un sol primaveral que entra con rayitos oblicuos por la ventana de la sala.

-A vos te juzgaron desde una tribuna en el festival de Carmen de Patagones.
-(Risas). Sí, me gritaron: “esto parece música de cine”. Debe haber pensado, “me voy a la mierda, qué voy a escuchar música de película”.  Eso pasa también. Lo gritó adelante de todos, en un momento de silencio. Pero más allá de la opinión de ese señor existe la idea de que si es algo solemne no es chamamé. El chamaré es esto y si no suena así no es chamamé. Todo tiene que encajar en mi construcción estética. Y todo lo que no entra ahí no es. La música así no funciona. No es un rasti, que tiene que encajar. Al contrario: la música está para desarmar estructuras y plantear nuevas. Es una herramienta. A mí me gusta esa idea. Por momentos una polka puede ser muy cuadrada pero en otros uno se mete en distintas texturas que no son para entenderlas, simplemente para saborearlas.

-¿Qué pasa con otros públicos?
-En la mayoría de la Argentina ya entienden lo que hago. Antes no sabían adónde quería ir. No había paciencia. Me miraban cómo diciendo, “¿a ver qué hace este hombre?” A fuerza de insistir ya saben que mi música pasará por un montón de estados. Ahora el público es muy considerado y generoso conmigo. Yo toco lo mismo en todos lados: al aire libre y en el teatro. Afuera es muy loco comunicar esto: nieto de inmigrantes ucranianos viene del país del tango pero no toca tango y toca una cosa que se llama chamamé, una palabra sin traducción (risas). En Polonia hicieron unos afiches que decía “The best acordeón of Argentine, polka-chamamé-tango” (risas). Eso me pasa cuando llego por primera vez a un país. Los primeros veinte minutos del concierto son de pura incertidumbre. Me pasó así en el 90 por ciento de los países. En China me proponían conciertos cortos porque decían que a los chinos no les interesa y se van. ¡Es mi especialidad!, les respondí (risas). Los chamameceros estamos siempre rindiendo examen. Ejercité un músculo: sentarme en escenarios donde no saben nada de ese mundo. Es cansador y rico porque me pregunto: “¿qué tengo yo para contar en este mundo donde todos tienen algo para decir?” En cada concierto empiezo de cero.

-¿Cómo te ubicás en ese contexto?
-Hago foco sobre lo que tengo incorporado. Le empecé a dar valor. Qué maravilla el calor, qué maravilla es es lugar dónde nací. Qué maravilla es el patio de mi casa que me rodeó de esta diversidad de la tierra roja de Misiones y su tejido que une el Paraguay y el sur de Brasil. Inmigrantes, criollos y mestizos. El acordeón y mi padre. Este pequeño mundo es bello y lo quiero compartir.

-Ese músculo lo empezaste a trabajar en el país. En 2009, en la presentación de Pynandí en el Festival de Música del Litoral (Posadas), una señora te gritó “andate”. ¿La escuchaste?
-Claro que la escuché y me acuerdo que le respondí: “Este es mi momento, va a tener que esperar que diga lo que tenga para decir”. Es así. Hay gente que es parásito. Te dicen ´entreténgame, sino cambio de canal´. Hay veces que quiero ponerme en posición fetal y que me saquen del escenario así (risas). Uno siempre está al límite. Me hicieron poner colorados, chicos (risas). Aquello fue ofensivo. Está bien que te bajen de la palmera pero no así ¡Ayúdenme! (risas).

-¿Qué sensación te produce tocar?
Pasan cosas maravillosas. Se abre una puerta que indica, acá es. Atahualpa decía, “la sombra que el corazón ansía”. No importa qué toques. Cualquier música que parte de una tradición, sea el jazz, el blues o la música regional que toco, te abre las puertas de un lugar especial. Cuando pienso en la Suite del Nordeste pienso que no es la primera vez que el chamamé se orquesta. Suite Chamamecera de Antonio Tarragó Ross la orquestó Gabriel Senanes. No es que hago lo que nadie hizo. Estoy haciendo algo que nadie hizo como lo hago yo. Es mi manera que no es la única, claro, sino que es la mía, personal, de desarrollar este lenguaje. Y ese desarrollo estético es muy fiel a mi búsqueda, pero ella es para y por mi amor a la tradición y mi respeto inmenso por lo que antes de mí hicieron y aún siguen haciendo su parte.

-¿Está subestimado el chamamé?
Puede ser. En algunos lugares más, en otros menos. Igual rompió una barrera enorme y abrió muchos espacios. Y abrirá más. Ojalá. Por el bien de la música popular. El chamamé desarrolló mucho la parte instrumental. No sólo la parte de canto. Hay mucho desarrollo contrapuntístico de bandoneón y acordeón. Es muy interesante para el caldo de la música argentina.