Los esperancinos se golpean el pecho cuando se ufanan de ser la primera colonia grícola del país. Fueron 200 familias colonizadoras que llegaron a la geografía santafesina entre fines de enero y comienzos de febrero de 1856. En 1855, por cuenta y orden del gobierno provincial, había comenzado la construcción de los ranchos, la división y el amojonamiento de las tierras, en terrenos denominados de Iriondo, sobre la margen derecha del Río Salado. La culminación de los trabajos fue comunicada por el agrimensor Augusto Reant, el 26 de noviembre del mismo año. El 15 de junio de 1853, el ministro de Gobierno de la Provincia de Santa Fe, Manuel Leiva, en representación del gobernador, Domingo Crespo, y el empresario salteño Aarón Castellanos firmaron el Contrato de Colonización Agrícola bajo el sistema de “subdivisión de la propiedad” que otorgaba una concesión de tierra a cada familia colonizadora. Y luego fueron el trabajo, las ilusiones, los hijos y las cosechas que llegaron a tiempo para desterrar, al menos temporariamente, la nostalgia por esos puertos lejanos. El historiador local Jose Luis Iñíguez se explaya sobre cómo sucedieron los hechos, más allá de cómo lo registra la historia oficial. “Castellanos los convenció de que traía de Europa trabajadores honestos y laboriosos. El contrato que firmó tenía el aval del presidente Urquiza. La ciudad se dividió en dos, de un lado estaban las tierras de los alemanes y del otro la de los suizos y los franceses. Los primeros once años de colonia, las actas del concejo deliberante eran en francés. Se diseñó un gobierno comunal, eran concejeros elegidos por los dueños de la tierras, Eso es muy suizo”, simplifica Iñíguez.  

La suiza argentina.

La mujer se llama Bárbara Rofflir Weidingen, es una suiza alta que bordea los noventa años. En la Asociación Suiza Guillermo Tell espera sentada junto a René Megèvand, hijo de suizos. “Llegué a Buenos Aires en 1960 desde Suiza para casarme con Peter, mi novio autríaco. El había venido un año y medio antes, y luego de seis años en Buenos Aires nos vinimos a vivir aquí a Esperanza y no nos movimos más. Llegamos a Buenos Aires porque en 1938, un amigo de mi marido había estado y le propuso la idea de venir para acá. Su padre consideró que no tenía los conocimientos para vijar y poder trabajar y lo mandó a hacer estudios sobre curtiembre a una escuela técnica. Cuando recibió su diploma fue aprobado para viajar a América del Sur, así que llamó a su amigo que seguía en Buenos Aires y la invitación se mantuvo. Con el viaje acreditado se vino solo a Argentina. Esperé un año y medio para hasta que me autorizaron para viajar como su novia, Dos días después de mi arribo a Ezeiza nos casamos. Su sueldo de curtidor se planchó varias veces y pensamos en alternativas. Unos amigos de él eran unos técnicos y les pidió que si recibían alguna noticia de trabajo lo tuvieran en cuenta. Al tiempo vino una propuesta de Esperanza, pero también había propuetas de Irán y Portugal. En Buenos Aires vivíamos en Lanús y las referencias para venir a Esperanza eran nulas. De hecho yo estaba embarazada de mi segunda hija y le dije a Peter que prefería quedarme en Lanús. Me convenció. Me dijo: ‘vas a ver que te va a gustar’. El ya conocía, me contó que el pueblo era chico y muy limpio, por un tiempo viviamos arriba de los talleres de la fábrica”, cuenta.
En Esperanza todo es ordenado, sobre las veredas limpias se estacionan cuadra a cuadra decenas de bicicletas, algunas con la chapa, como los autos, incrustada en el cuadro, un viejo proyecto para identificar a los vehículos de dos ruedas porque estaban siendo robadas. Parece una imagen prestada de otra ciudad. Ahora las bicis se desparraman en cualquier parte de la ciudad sin que esto alarme a nadie. Si se le pudiera acreditar un paretezco directo a Esperanza con Suiza, este podría ser la neutralidad del país helvético con respecto a los credos religiosos. Esperanza está rodeada de seis templos, y en la ciudad contigua de Humboldt hay un par más. En la plaza San Martín se ubican, en cada extremo, la basílica cristiana y el templo prowwwante, aunque este politeísmo, cuando la cuidad se fundó, en 1856, no era algo entrelazado. Los primeros educadores de la ciudad eran sacerdotes y la disputa por la feligresía se empuñaba con la enseñanza en idioma francés y alemán.
Megèvand nació en Esperanza, pero le corre sangre suiza por las venas. En 1905, su padre se fue de Suiza directo a esta ciudad, “Pudo venir antes pero era menor de edad y no lo dejaron. Unos comerciantes locales viajaron a Ginebra, lo conocieron y ellos buscaban a alguien que hablara bien francés y también el español, así que se puso a estudiar idiomas. Trabajaba en una ferretería, pero iba a la tienda o al corralón, porque los clientes no sabían hablar español”.