“El niño diablo” es un cuento del anglo-argentino W. H. Hudson (1841-1922), escogido y traducido por Alicia Jurado. Ambos merecen nuestro recuerdo y Letemendia Casa Editora publicó este cuento y dos más en un libro titulado “Cuentos Escogidos”.

 

De “El niño diablo”, vamos a reproducir sus primeras páginas, donde se nos presenta el cuento y queda plasmado el conocimiento que Hudson tenía de nuestra pampa criolla.

 

Dice así: “La ancha pampa, áspera por sus altos pastos, un vasto disco plano que se oscurecía; el horizonte la encerraba en un círculo tan perfecto como el que hace una piedra al caer en un agua tranquila; sobre ella el transparente cielo de junio, invernal y pálido, mostrando todavía en el poniente los tonos azafranados del crepúsculo, teñidos de vaporoso violeta y de gris. En el centro del disco un gran rancho bajo, techado con juncos amarillos, unos pocos árboles achaparrados y unos corrales agrupados alrededor. Apenas visibles en las sombra, vacas y ovejas en reposo. En la tranquera está Gregorio Gorostiaga, señor de la casa, las tierras y las tropas rumiantes, desensillando despacio, porque todo lo que hace Gregorio es sin prisa.

 

Aunque nadie lo pueda oír, habla mucho durante la tarea, ya reconviniendo al inquieto animal, ya maldiciendo sus dedos entumecidos y los nudos apretados de sus aperos. Una maldición cae con facilidad y no sin cierta gracia de la boca de Gregorio; es la pluma aceitada con que toca cada nudo difícil con que se encuentra en la vida.

 

De vez en cuando mira hacia la puerta abierta de la cocina, de donde salen la luz lejana del fuego y voces familiares, con sabrosos olores de comida que llegan a la nariz como agradables mensajeros.

 

Concluida la desensillada, el caballo liberado se va al galope relinchando de alegría, en busca de sus compañeros. Pero Gregorio no tiene cuatro patas para apresurarse y así, caminando despacio y deteniéndose con frecuencia para mirar en derredor, como si no quisiera alejarse del aire frío de la noche, se vuelve hacia la casa.

 

La espaciosa cocina estaba iluminada por dos o tres pabilos dentro de candiles de grasa derretida y por un gran fuego en medio del piso de tierra, que arrojaba sombras danzantes sobre las paredes y llenaba toda la habitación de grata tibieza”

 

Esta figura que Hudson plasma en el papel es la que muchas veces Florencio Molina Campos ha pintado.

 

Continúa: “Sobre las paredes había muchas cabezas de venado y de sus astas colgaban riendas, lazos, ristras de ajos y cebollas, ramos de hierbas secas y varios otros objetos. Al fuego se asaba al asador un trozo de carne vacuna y en una gran caldera suspendida mediante gancho y cadena de la viga central ennegrecida por el humo, hervía y burbujeaba un caldo de cordero, lanzando nubecitas de vapor fragante a hierbas y semillas de comino.

 

Junto al fuego, espumadera en mano, se sentaba Magdalena, la mujer gorda y colorada de Gregorio, friendo empanadas en otra olla más chica. También allí en una silla alta de respaldo recto se sentaba Ascensión, su cuñada, una solterona arrugada y, en una silla de paja baja, su suegra, una señora anciana de pelo blanco que miraba vagamente las llamas.

 

Del otro lado del fuego estaban las dos hijas mayores de Gregorio, ocupadas en cebarles mates a los más viejos –esa decocción amarga e inofensiva cuya bebida llena todos los momentos libres desde el alba hasta la noche- lindas chicas de dieciséis años con ojos de paloma, ambas llamadas también Magdalena, pero no por su madre ni porque la familia amase la confusión en sí; eran gemelas y habían nacido el día de Santa Magdalena. Perros y gatos dormidos se disponían por el suelo, y también cuatro niños”.

 

Así se nos presenta el rancho donde aparecerá el “Niño diablo”, un joven que fue cautivo de los indios y que sabe cómo rescatar a una cautiva.