Por Natalia López

 

Hay lugares que no pasan inadvertidos. La Antártida es uno de ellos. Entre el hielo, la nieve y los pingüinos del continente más aislado del planeta, hay bases donde cada año viven cientos de científicos, militares y hasta niños. Pequeñas estaciones de distintos países sembradas por todo el continente. Entre ellas, también está la Argentina, su cultura, su gente, sus historias y hasta sus colores.

Eso es la Antártida, el territorio más virgen que queda en el planeta. 

 

La historia polar. Muchos fueron los exploradores que dejaron asentado haber llegado a la Antártida, o haber descubierto un mundo nuevo. Un lugar frío, abrumante y solitario más al sur de todo lo conocido. Las grandes hazañas comenzaron por el siglo XVI y casi todas ellas tienen un tinte de epopeya, de misterio y de amor por lo desconocido. Españoles, ingleses y rusos, todas las grandes potencias de la historia moderna aseguran haber llegado más al sur, antes que ningún otro. 

Sin embargo, la leyenda popular cuenta que a comienzo del siglo pasado, era habitual que los foqueros argentinos navegaran más al sur de lo habitual sin dejar rastros para preservar el secreto de sus sitios de caza.

Historias antiguas que sirvieron de inspiración para posteriores expediciones. Así fue la conquista de la Antártida. Exploradores que llegaron al continente, cada uno con su propio objetivo: colonizar, explotar, aventurarse o simplemente descubrir la Antártida. 

Algunas de las grandes epopeyas de la época heroica de la Antártida incluyen barcos atrapados por los hielos, la carrera por llegar al Polo Sur y hasta planes de cruzar el continente entero a pie.

 

La Argentina en la Antártida. El próximo 22 de febrero, nuestro país cumplirá 110 años de permanencia ininterrumpida en el continente blanco. Ese día, cada año, se celebra en nuestro país el Día de la Antártida Argentina en conmemoración al izamiento de la bandera Argentina en la base Orcadas, la primera estación meteorológica en territorio antártico y la base antártica permanente más antigua del mundo.

Esta larga tradición se fundó en la visión que entendieron, mucho tiempo atrás, el valor incalculable para la ciencia, su patria y el mundo, de investigar el continente del hielo. La búsqueda de lo lejano también motivó a hombres de aquí, que se formaron en el Polo Norte para poder desarrollarse en el Sur. En 1951, con el apoyo del entonces Presidente Juan Domingo Perón, el Ejército Argentino llevó adelante su primera expedición científica y fundó la base San Martín. Ese mismo año, Perón creó el Instituto Antártico Argentino, la primera institución del mundo destinada a investigar y desarrollar la ciencia antártica.

“La Antártida representa la región más alejada y polar del territorio de nuestra Patria, sobre la que nos asisten los más inquebrantables derechos de soberanía, permanentemente proclamados antes el mundo”, destacó Perón el 12 de febrero de 1951, día que despidió a la expedición que partía a la Antártida. Con los años, la Argentina abrió nuevas bases en distintos puntos del territorio antártico argentino llegando a ser hoy uno de los países que más estaciones posee en el continente.

 

No todo es frío y hielo en la Antártida. Si bien hace apenas un siglo que el hombre se atreve a vivir allí, cada año, los cientos de personas que habitan las bases antárticas argentinas llevan consigo las costumbres y las tradiciones que los hacen argentinos allí y en cualquier otra parte del mundo. El fútbol, el mate y las guitarreadas forman parte del folklore y la rutina de las bases argentinas. 

Para muchos, la Antártida podría ser la sociedad ideal. Allí no hay delito, las casas nunca se cierran y no hay quioscos, ni supermercados. Pero al mismo tiempo, no hay shoppings y apenas dos bases tienen cajero automático. Todo lo que sus habitantes necesitan para vivir en este lejano sitio lo lleva cada uno de los países una vez al año, durante los meses de verano. Y cada uno debe llevar sus cosas personales. Antes de viajar es necesario calcular provisiones necesarias para un año de shampoo hasta cigarrillos y chocolates para los más golosos. 

Viajar a la Antártida es una experiencia que marca a cualquiera. El mismo viaje, ya desde el comienzo, tiene características atípicas. Volar en un avión Hércules (“La Chancha”, como le dicen en la jerga antártica), subirse a un helicóptero o a un barco rompehielos, son inevitables dependiendo de la base a la que uno vaya. Pero lo más difícil, muchas veces, es aprender a manejar la ansiedad. En la Antártida, quien realmente decide es el clima. Y no hay nada que uno pueda hacer para acelerar los tiempos de viaje. Si el clima no lo permite, no hay otra opción que esperar un día apropiado para intentar el aterrizaje. Eso sí, un paseo al glaciar o caminar en los meses de invierno por el mar congelado no tiene precio, y si tuviera, no se puede pagar ya que allá no se maneja dinero. 

 

Pequeño mapamundi. En la Antártida, hay más de 100 bases de 29 países distintos. Cada una de ellas con su propio funcionamiento, pero con un espíritu que la hacen sólo una porción más de cada país en el continente. El Tratado Antártico, la ley máxima de este continente se firmó en Washington en 1959. Su principal objetivo es: “asegurar el interés de toda la humanidad, para que la Antártida continúe utilizándose siempre exclusivamente para fines pacíficos y que no llegue a ser escenario u objeto de discordia internacional”. Fue firmado por 12 países: Argentina, Australia, Bélgica, Chile, Francia, Japón, Nueva Zelanda, Noruega, Rusia, Sudáfrica, Reino Unido y Estados Unidos. Desde entonces, es un ejemplo de cooperación internacional. A partir de ese momento, otros treinta y ocho países adhirieron al Tratado. Cada estación tiene las costumbres, el idioma, la cultura, la música, la comida y todo lo que identifica al país al que pertenece. 

Dos de ellas son la base rusa Bellingshausen y la chilena Frei, en la Isla 25 de Mayo separadas apenas por un pequeño camino de tierra. A simple vista, nada indica que una base termina y que la otra comienza. Aunque desde lo cultural sí, las distancias se hacen más grandes, hay varios kilómetros que separan a estos dos países, pocas cosas tienen en común.

Todas las bases conviven sin inconvenientes en la Antártida. Incluso, aunque estén separadas por kilómetros de hielo, nunca falta la oportunidad para que algunos argentinos, uruguayos y chilenos se enfrenten amistosamente en un partido de fútbol. Eso sí, para llegar al campo de juego, es necesario atravesar un glaciar en moto de nieve, todo un desafío.

Argentina tiene seis bases que operan durante todo el año: Esperanza, San Martín, Marambio, Carlini, Orcadas y Belgrano II. A ellas se suman las 7 temporarias que abren sus puertas durante los meses de verano: Petrel, Primavera, Decepción, Cámara, Matienzo, Brown y Melchior.

Vivir allá es una decisión. Nadie está obligado, aunque todos viajan por motivos diversos: la aventura, lo desconocido, la patria, la ciencia o el simple hecho de aislarse de las grandes ciudades durante un año y vivir en un lugar distinto que te atrapa.

Para viajar y permanecer hay que presentar una solicitud, todos los años se elige quién vivirá y qué requisitos específicos se buscan. Hasta ahí como un trabajo normal.

Luego empiezan los exámenes de salud incluyendo los psicológicos. Hay bases en las que se está más aislado, por ejemplo Belgrano II o San Martín. Y el aislamiento se hace más extremo por ejemplo en Belgrano II, ubicada a 1.300 km del Polo Sur, no sólo por la distancia, sino también por la oscuridad de algunos meses. Ahí se vive la famosa “noche polar”: 4 meses de noche en invierno y casi lo mismo de luz en verano. Eso que solo sucede muy cerca de los polos puede afectar rotundamente el humor y los estados de ánimo de una persona. Casi 120 días sin ver salir el sol, 2.928 horas de total oscuridad, únicamente con las luces de las pasajeras auroras australes, un fenómeno que sólo se ve cerca del polo.

 

En la punta de la península Antártica, rodeada de montes y glaciares, hay una base que se distingue por sus habitantes. La base Esperanza es una de las únicas dos bases del continente a la que viajan familias completas. Allí, los hijos de las familias que la habitan cada año, dan vida desde la escuela a esta aldea que mucho se asemeja a un pueblito rural de la Patagonia.

Entre el laboratorio, la enfermería y el casino que forman casi todas las bases antárticas, se desparrama sobre la Bahía Esperanza un puñado de 14 casas donde cada año viven aproximadamente 60 personas. En este sitio, funciona la Escuela Nº38 “Raúl Alfonsín”, la más austral de la Argentina. Hasta allí viaja cada año, desde 1997, un matrimonio de docentes de la Provincia de Tierra del Fuego para dar clases a los chicos del jardín y la primaria. 

Como en cualquier otra ciudad del país, los chicos salen temprano por la mañana de sus casas rumbo a la escuela. Caminando, con sus grandes abrigos y sus mochilas, desandan los pocos pasos que los separan de sus casas. Todo esto, si el clima lo permite. Cuando se producen temporales de viento y nieve, todas las actividades quedan suspendidas y se prohibe salir de las casas.

Las clases en la Antártida son similares a las de una escuela rural. En el aula, conviven los niños de primaria de todos los niveles que comparten al docente. En cambio, los alumnos de secundaria solo utilizan el espacio ya que estudian a distancia. Hoy, la mayoría de las bases tienen Internet, teléfonos fijos, televisión satelital y hasta señal de celular. Parecen haber quedado atrás esas grandes epopeyas de exploradores que pasaban años sin poder comunicarse con sus familias y sin siquiera saber lo que ocurría en el mundo.

Fabián Juárez es docente y, por tercer año, está trabajando en la Antártida junto a su esposa Mary, la directora de la escuela. Hasta allí viajaron desde Ushuaia con sus hijos Kevin de 20 y Aixa de 14. Su primera experiencia en la Antártida, allá por el 2004, fue todo un desafío. La segunda llegó en el 2010. Y hoy, ya con dos campañas cumplidas, disfrutan al máximo esta nueva oportunidad. “Para mí, este es el lugar que nosotros encontramos para nuestro fortalecimiento familiar, personal, laboral y como pareja. Para nosotros, es el lugar ideal”, cuenta Juárez, el docente más austral de la Argentina.

 

Distancias. Si bien está acostumbrado a las distancias, este chaqueño devenido en fueguino agradece los avances de la tecnología para mantenerse en contacto con los seres queridos. Los medios de comunicación, que ayudan a acortar las distancias, también le juegan a veces una mala pasada: “Me antojo cuando veo frutas o verduras en la tele”, asegura el docente. Allá no hay frutas ni verduras frescas por el frío. A su vez, cuenta que extraña a su perra, que tuvo que quedarse porque el Tratado Antártico prohibe desde el año 1991 a los animales que no son autóctonos. Por otro lado, comenta que como no hay canales de aire echa mucho de menos los partidos de fútbol en la tele, que se entera por Internet cómo salió su equipo favorito y listo.

Luego del crudo invierno que se despide lentamente, en las estaciones están comenzando a ver más el sol. Fabián Juárez disfruta de observar cómo cambian los paisajes a su alrededor todo el tiempo. Los amaneceres de colores intensos, las nubes nacaradas, los desprendimientos de glaciares en la bahía y las primeras gaviotas y cormoranes que regresan a casa como todos los años, son el paisaje en el que este chaqueño de nacimiento, pero antártico por adopción, vive cada día.

Esperanza es un pequeño espacio que une personas de toda la Argentina. Allí, todos los viernes se abre en el edificio principal “El rincón norteño”, un espacio sólo de hombres que se creó este verano y que es el punto de encuentro para escuchar música folklórica de Jujuy y Salta. Todo acompañado de comidas típicas y regionales. Empanadas, música y hasta algún que otro asado. Algo bien cálido, directo del norte. Como no puede ser de otra manera, algo que tampoco puede faltar es el fútbol, presente no sólo desde el sentimiento. Allá también se juega, aunque el termómetro marque -40ºC,en una pequeña cancha con césped sintético dentro de un galpón.