La chía (Salvia hispanica) es un cultivo relativamente nuevo, que si bien se hizo conocido en la época precolombina, con la conquista española desapareció y recién a principios de los 90 volvió a sembrarse en Latinoamérica, sobre todo en México pero también con gran impulso en Argentina.

Es como pensar en tomar un suplemento dietario y que se lo pueda consumir en los productos diarios”. Así resume la investigadora del CONICET Ana María Pilosof al proyecto que desarrolló junto a su equipo en el Instituto de Tecnología de Alimentos y Procesos Químicos (ITAPROQ) y quedó seleccionado como finalista de los Premios Arcor a la Innovación: un aceite de chía nanoemulsionado –es decir, condensado en una gota de tamaño invisible al ojo humano- que se puede agregar a bebidas industriales y jugos de fruta.

¿Por qué de chía? Por ser uno de los alimentos vegetales más ricos en omega 3 -importante para el desarrollo del cerebro, sobre todo en bebés y embarazadas, en la prevención de la salud cardiovascular e incluso contra la depresión- y que por eso se ofrece en el mercado como un suplemento nutricional.

Los científicos aseguran que en el 70% de los países del mundo la población no consume la cantidad de omega 3 que se recomienda para la salud y una buena dieta. Entre ellos, está Argentina, toda Latinoamérica, Estados Unidos, Europa.

Hasta ahora no existía algo similar, tan fácil de digerir: el aceite de chía se consume en cápsulas o en semillas. Esta bebida, representa la posibilidad de aumentar la ingesta de omega 3 de una forma más amigable que tomando una cápsula.

Agregar un aceite en un producto sólido, como un pan, es fácil y no tiene ningún inconveniente, señala Pilosof, pero agregárselo a un líquido, y que además no se separe y sea transparente, es un desafío tecnológico. Agregarlo a un producto lácteo, que sería otro campo interesante de aplicar, sería más simple, porque una leche no es transparente. Lo más difícil tecnológicamente era agregarlo en una bebida, y eso hicimos”.

La solución fue trabajar a escala nanométrica, generando una gota de aceite de chía del tamaño de alrededor de los doscientos nanómetros, es decir, invisible al ojo humano pero no del todo invisible a la luz. “Se nos ocurrió que una nanoemulsión podía tener un rango de aplicación amplio”, dice Pilosof.

Una vez que tuvieron listo el desarrollo de bebida de chía, surgió algo totalmente inesperado: se enteraron de que el Código Alimentario Argentino no reconocía al aceite de chía como un aceite comestible, si bien en Europa y Estados Unidos ya estaba incorporado. En el país solo se autorizaba su ingesta como un suplemento alimenticio -en forma de cápsulas, con venta en dietéticas o farmacias-. El equipo de científicos liderados por Pilosof, entonces, llevó adelante toda una gestión para incorporar al aceite de chía como un aceite comestible en el código alimentario, a fines de 2017, principios de 2018.

Ahora, el objetivo es interesar a alguna empresa de la industria para generar una bebida con la nanoemulsión de aceite de chía que desarrollaron.