Fácil es buscar la poesía en un atardecer o encontrar las letras en una flor recién nacida. El problema aparece cuando uno pretende encerrar en un cuadro lo cotidiano. A eso le dedica su juventud Mario Gabriel Aranda, “Marito”, formoseño, 17 años, atrevido adolescente que dice no saber cuál es su vocación. “Espero que sea la pintura, pues es lo que me gusta hacer, lo que me llena, lo que me hace sentir realizado. Luego de cada pintura que termino me paro frente de ella, tiro mis pinceles al suelo y siento que podría morir en paz”, dice, tímido, pero rotundo. 
“Yo pinto, pero Marito es artista”, dice María Griselda, la madre, casi en secreto. Y tiene razón. El milagro de la mano de Marito floreció hace dos años, con una imagen renacentista que lo inspiró. Era del gran maestro italiano Leonardo Da Vinci, el cartón de Burlington House. “Fue la primera pintura que analicé por minutos. Luego pensé: ´Yo podría hacer algo así´, pero obviamente no podía”, dice entre risas. Sin embargo, le nacieron como un manantial ganas de pintar y dibujar. Y empezó. Fue a un taller de dibujo. El agradece a sus ojos y a algunos buenos libros.
Mario mira el frente, siempre hacia adelante, mientras espera. “Espero seguir mejorando y aprendiendo. Esto es lo que pienso hacer cuando termine el colegio, aprender todo sobre la pintura y poder ganarme el respeto, el prestigio y la vida haciendo lo que disfruto: pintar.”