El Río de la Plata es increíble: pese a la contaminación de las aguas costeras cercanas a la ciudad de Buenos Aires y su cinturón urbano, siempre tiene algunos rincones que entregan una pesca excelente. Otro aspecto que lo caracteriza es su similitud con el mar: debido a los 220 kilómetros de largo de su desembocadura, responde a mareas como si fuera el mismísimo océano, y además se torna complicado para navegar cuando soplan vientos de moderados en adelante.
Como las sirenas del Mar Mediterráneo que cautivaban a los navegantes para que se entregasen a las aguas sin medir los riesgos, la pesca ejerce la misma hipnosis en muchos de sus cultores. Vaya como ejemplo este caso, en el que Gustavo y Tomás se embarcaron en San Fernando (norte del Gran Buenos Aires), pese a las adversas condiciones climáticas. Corrían con una ventaja: la embarcación del guía Mauricio Oñate está diseñada para aguantar los mejores “pestos”, como suele denominarse a los vientos fuertes que empujan las aguas.

HACIENDO FRENTE. Puntualmente, a las 8 partieron por el río Luján hacia el Río de la Plata. Desde la boca tomaron rumbo nordeste hacia la isla Martín García, cruzando el canal Mitre. La idea era llegar hasta frente a las costas uruguayas. Mauricio se mantenía permanentemente comunicado con otro colega que había decidido probar suerte antes de cruzar el canal, porque no se les animaba a las condiciones meteorológicas reinantes y a las que se podían venir.
En todo el trayecto, la embarcación navegó con una estabilidad increíble, ayudada por un motor fuera de borda de 115 HP, imprescindible para moverse en el río revuelto con total soltura y seguridad. En un momento, en pleno río abierto, el guía consultó su GPS, donde tenía marcados algunos waypoints, que señalaban los lugares donde días atrás había hecho una muy buena pesca. En el primero cortaron marcha para empezar la jornada.
Sin defensas costeras y con vientos de cerca de treinta kilómetros por hora, la pesca sería un desafío. No porque los muchos pejerreyes no comieran sino por la incomodidad en pescarlos. Las olas movían la embarcación y las boyas. Era, en consecuencia, muy difícil ver el pique. Además, el viento hacía que la línea se combara de manera tal que, al cañazo, no respondía como se esperaba, pues la reacción llegaba muy lenta y con poca fuerza, incluso con el multifilamento, menos elástico pero más fino.
Gracias a las destrezas del terceto, lograron concretar las primeras capturas. Los pejerreyes oscilaron entre los veinte y los cuarenta centímetros, y tomaron mojarra con un filete de dentudo o del mismo pejerrey. Curiosamente picó un pequeño dorado, lo que muestra que esta especie continúa en el estuario y puede llegar a haber una gran temporada 2011-2012, aunque habrá que ver qué sucede frente al frío que se pronostica y dicen que será el más intenso de la última década.
Así fueron alternando capturas, lo que habla de la gran cantidad de pejerreyes que pueblan el estuario, ya que, de otra manera, sería imposible haber logrado ejemplares en condiciones durísimas para los aficionados. Parte del éxito, sin dudas, lo dio la seguridad de la embarcación, que les permitió quedarse hasta bien avanzada la tarde, cuando a la sudestada se le agregó una copiosa lluvia. Todavía les restaba más de una hora de viaje hasta la guardería con viento y una cortina de agua.
En conclusión, no fue una salida fácil. Las duras condiciones del tiempo afectaron la pesca y no permitieron obtener los grandes peces que la franja cercana a la República Oriental del Uruguay está dando desde mayo. Sin embargo, quisimos contarle la experiencia tal cual fue, porque, además del realismo periodístico, permite dejar en claro la importancia de una buena embarcación, sólida y bien marinera que, como en este caso, banque mucho oleaje sin que ingrese agua ni les impida la pesca. Valor de los pescadores y valor de una buena embarcación.