Fotos Marcelo Arias

??“Esta parra tiene 300 años”. La voz amable encuentra ojos sorprendidos, que oyen la voz de Myriam, la cocinera de esta estancia cordobesa que tiene 80 años más que la parra de la que penden racimos de uvas que amenazan con quebrarla. Pero la sabia fuerte y ancestral resiste el paso de los años como si fueran días. ?La estancia Siguimán, ubicada en San Marcos Sierras, a 18 kilómetros del centro de la ciudad y casi a la misma distancia de Cruz del Eje, es fundacional. Como ésta última ciudad no tiene acta de fundación, se considera a la construcción de la estancia como el acto inicial en estas tierras cordobesas conocidas por entonces como Toco Toco, habitada por aborígenes agro-alfareros que despectivamente el español llamada Comechingones.

El nombre de la estancia viene de esta etnia y se traduce como “junta de los ríos”, pues la cruzan el mágico Quilpo, el río San Marcos y La Candelaria, tiene 2.000 mil hectáreas en donde además de ofrecer un servicio de turismo rural, tienen 2.000 animales de raza Braford, hacen cuatro varietales de vinos, tienen autoabastecimiento de verdes para las vacas, producen olivos y tienen cuatro variedades de vinos en una marca.

Inmune a los vientos que hamacan las palmeras, a la lluvia que corre por los surcos del parral y a cierto granizo pequeño que tapiza la tierra, Siguimán está inalterable. Su construcción, con paredes de 80 centímetros de ancho, apenas cambian con la interrupción de la energía eléctrica. El living vidriado con vista al parque, en donde Myriam sirve lo que cocinó; unas exquisitas empanadas de carne para empezar y milanesas a la napolitana para cerrar una velada alumbrada sólo por la luz de los rayos que viborean en el cielo de nubes bajas y unas velas que esta mujer que todo lo sabe y todo lo hace, prendió sobre la mesa. Dice que los huépedes mueren y matan por conocer el secreto del sabor de las empanadas. Myriam sonríe y abre las manos al cielo como no sabiendo ni ella misma. ?

Cantan los pájaros, multiplicados en miles de colores. Es la música de la mañana. Anidan en la parte más vieja de la estancia, que consta de seis habitaciones, mientras otras cuatro son de una moderna construcción, aunque emulan a las históricas. ?Francisco “Panchito” Manzi camina por la galería, mientras espera al enólogo que viene de Mendoza para probar el nivel de acidez de la uva y empezar a planear la cosecha.

Vino jesuita

“Empiecen a cosechar cuando puedan”, dirá Carlos Esprazzato luego de verificar que la uva tiene 223 gramos de azúcar por litro. Hace una pausa en su tarea y deja una definición de los propósitos de los cuatro varietales de la estancia, todos bajo la marca Don Vincenzo. “Estamos tratando de revivir el mito del vino que los jesuitas hacían acá hace 300 años”, se ilusiona. ?Panchito se sienta. Habla mientras juega con una mini tabla de skate, su pasión. Habla del flip, de las habilidades de los deportistas norteamericanos. Tiene 39 años y además de abogado es skater. Pone la yema de los dedos zurdos sobre la lija de la tabla y la hace saltar como si el borde de la mesa fuera la pista y sus dedos el cuerpo. Se calla un segundo, hace la pirueta que por fin le sale y se ríe como un niño que acaba de hacer un gol.?

Cuando el reloj pasa las 12 ellas son una orquesta ruidosa y desafinada, dañina para las plantas de uva, a las que devoran en segundos. Una nube verde desciende sobre las plantaciones, cubiertas por mallas antigranizo en forma de espaldero. Lucho, el encargado de la estancia, eleva un insulto por esos demonios verdes que lo tienen en vilo. Todos sus intentos han sido vanos: la zona está llena de cotorras y palomas, al cabo el cebo que atrae a cazadores de Europa y Estados Unidos al monte cordobés.

El problema es que la mitad de las uvas se pierde en los picos de las cotorras. El dato lo aporta Lucho, un empírico, ex ciclista, que sabe los tiempos del cultivo sin notebook ni Wikipedia. Anota los dichos del ingeniero Esprazzato y se los graba en la memoria para, simplemente, ponerlos en práctica.    ?     ?

?La tarde a la hora de la siesta está desierta. Es ese interludio que depara el almuerzo de la hora del mate. Lucho y Myriam duermen y también la gente de sus habitaciones. Parecen calmarse todos los sonidos, los del monte donde el sol golpea con el puño cerrado y los de la estancia donde la piscina luce un agua cálida pero desierta. Así, casi en silencio, llega la tardecita.

Entonces los sonidos vuelven a cambiar, los pájaros despiertan de la siesta. Ocurre con mate y pan casero, con mermelada casera, con dulce de leche casero. La culpable vuelve a ser Myriam, que hace su primer descanso del día para compartir unos mates con la visita. ?Los pasos de un pavo real andan por el techo. Como una vedette con plumas, muestra soberbio su arco iris, baja con un ruido de alas que despierta a un perro pero no logra levantarlo y vuelve a trepar a las tejas de la estancia. Picotea pero no parece tener hambre. Va camino a la bodega moderna, en donde el piso se levanta para dejar los vinos a merced de la vista en una cava que huele fresca y donde madura la esperanza de los Manzi.

Así es un día en Siguimán, la estancia de los sonidos y el silencio, la de la historia jesuita, la surcada por los ríos, en donde la producción respira con el mismo ritmo que la historia.?

??Más información
Posada Estancia Siguimán, San Marcos Sierras, ?Departamento de Cruz del Eje, Córdoba.
?Teléfono: 0351-156-065-310