Por Eduardo Bustos / Fotos Archivo Infomedia

Si hubiera que escribir la historia de los avances tecnológicos experimentados en materia de agricultura, maquinarias, insumos o sistemas de conservación de granos y forrajes, habría que dedicar un capítulo entero a Cristiano Casini, un ingeniero agrónomo que gracias a su investigación aportó al mundo productivo agroindustrial un sistema de almacenaje revolucionario: el silobolsa.

 

Casini nació en Roma, Italia, pero pasó la mayor parte de su vida en la Argentina. En 1974 se graduó en la Universidad Católica de Córdoba. Dio sus primeros pasos como profesional en el INTA, por un breve período. Luego pasó a la actividad privada, y años después volvió a su primer amor: ya lleva cuatro décadas en el INTA Manfredi, investigando el campo de las semillas.

La infancia del ingeniero no tuvo nada que ver con la agronomía: “Cuando mi familia llegó a la Argentina yo era muy pequeño. Mis padres fueron a vivir a una casona muy grande en el Cerro de Las Rosas, en Córdoba, y allí criaban gallinas. Siempre me gustó la vida de campo y al aire libre. De pequeño decía: ‘cuando sea grande, voy a estudiar para ir al campo’”, confiesa. Así lo hizo.

Su esposa Adriana es su principal apoyo. Este año la pareja cumple 40 años de matrimonio. Tienen dos hijas, María Nicolasa (Nika) de 37 años y María Renata (Reni) de 34. Cuando sus hijas eran chicas, el Ministerio de Agricultura de la Nación le ofreció su primer contrato para trabajar en los “famosos” planes trienales dedicados al desarrollo del cultivo del trigo. Viajó a Río Tercero para sumarte al INTA, pero de un día para el otro se quedó sin trabajo. “Entonces me fui a un campo en Santiago del Estero, cerca de Ojo de Agua y luego me contrató la cooperadora del INTA-Manfredi, en Córdoba”, cuenta.

Casini recuerda a un profesor de la Universidad de Mississippi, donde estudió entre 1985 y 1990: James Delouche. A él le debe el significado del término investigación. “Ponía mucho énfasis en la importancia de proyectar la ciencia hacia la vida cotidiana y en la necesidad de que la tecnología investigada tuviera una aplicación útil”. De acá reconoce el aporte de Mario Bragachini. “Si la ciencia no sirve para mejorar la humanidad, no es ciencia es inconsciencia”, reflexiona.

Su mejor aporte como investigador fue mejorar la tecnología del silo bolsa y hacer que esté al alcance de todos los productores.

Pregunta El Federal, responde Cristiano Casini.

-¿Cuando desarrolló la tecnología de silo bolsa era consciente de que se podía mejorar el sistema de ensilado?
-Debemos aclarar que en el país ya existía desde hacía años para forrajes, antes que nuestro equipo de trabajo comenzara a investigarlo para la conservación de granos. En realidad fue producto de la curiosidad por la innovación, y también de la casualidad, ya que en aquel entonces estábamos estudiando una tesis de la Maestría de Semillas relacionada a los sistemas de almacenamiento herméticos y que expulsaran al oxígeno del ambiente del silo, como una forma de disminuir el deterioro de los granos. Es así que en una revisión de bibliografía encontré una revista de agronómica de los Estados Unidos donde se contaba la experiencia de unos agricultores que habían almacenado granos de sorgo en una bolsa plástica. Era 1994 o 1995.

-¿Había otros antecedentes?
-No había ningún antecedente técnico ni científico al respecto. Existía el invento pero no había desarrollo, no había innovación, ni era un gran tema para aquel país. Empecé a hacer pequeños ensayos con bolsas plásticas de 10 kilos, con repeticiones y en un ambiente controlado. Y con Carlos Márquez iniciamos unos ensayos con bolsas comerciales.

-¿Cómo llega el silobolsa a manos de los chacareros?
-Con la crisis de 2001 el productor agropecuario desconfió del sistema financiero y económico y también quiso retener los granos en el campo. Así comenzó la demanda de tecnología para almacenar granos sin ninguna infraestructura disponible. Allí fue cuando sacamos el as de la manga y presentamos al productor la bolsa plástica como un sistema posible para almacenar granos. Desde el INTA se potenció la investigación, y concretamos un acuerdo con las tres empresas fabricantes de bolsas plásticas que existían en aquel entonces. Este convenio lo coordiné yo mismo hasta 2010. Como producto, se determinó la tecnología para almacenar granos de todo tipo: trigo, sorgo, maíz, girasol, soja, poroto, cebada cervecera, arroz y fertilizantes.

-¿Imaginó semejante éxito del silobolsa?
-Sinceramente, no. Y eso que siempre tuve una visión prospectiva de todos mis trabajos. Realmente fue un desarrollo no imaginado. El valor del trabajo del INTA no fue el de un invento, sino el del desarrollo de un sistema, el de la innovación puesta en manos del sistema agropecuario de Argentina y del mundo. Después de la siembra directa, es la tecnología de mayor innovación y desarrollo, con un gran impacto, en Argentina y a nivel global.

-Revolucionó la forma de producir y de almacenar…
-En la última etapa trabajé en la promoción de las exportaciones de maquinaria agrícolas y paralelamente difundíamos la práctica de la siembra directa y el silobolsa como dos tecnologías muy exitosas en Argentina, que están ligadas a las máquinas que se utilizan. Esto permitió incrementar las exportaciones de 30 millones de dólares a casi 400 millones de dólares, en poco más de siete años.

Casini se anota otro poroto: formó parte del equipo de trabajo que inició el Proyecto de Agregado de Valor en Origen a la producción primaria, promocionando la industrialización del campo. “Convertir a la Argentina en un país agroindustrial exportador es la única salida que tenemos para el desarrollo nacional sostenible y con equidad”. Palabra de Casini.