Por Damián Damore / Fotos: Jazmín Arellano
 
Christophe Krywonis hace un viaje mental a Francia, desde donde arrastra expresiones del idioma francés condimentadas con pizcas de argentinismo. “Llegué acá hace 25 años. Formé mi familia, la madre de mis dos hijas (Zoe y Lola) es argentina y también soy abuelo: tengo dos nietos (Bianca, de seis y Felipe de dos y medio). Yo soy de Blois, en el Valle de Loira, en el centro de Francia. Un sitio que por un lado tiene el río del mismo nombre –que es el más largo de allá– y, por otro lado, bosques y castillos”.
 
Pisó tierra argentina el 1 de junio de 1989, cuando empezaba la explosión de la gastronomía en Buenos Aires, de la mano de Francis Mallmann. “No había una zanahoria digna en ningun mercado”, recuerda. No conocía a ningun chef que le diera pistas de dónde conseguir algo bueno hasta que su compañero que hoy en el reality MasterChef, Donato De Santis, se hizo su amigo. “Otro amigo que me hice en el primer restaurante que trabaje fue Fernando Trocca. Fue un apoyo en mi llegada al pais. Le debo mucho de lo que soy”.
 
¿Qué le debes?
 
Deber es una forma de decir, no me dio todo, pero me dio su amistad, su cordialidad. Estuvo siempre atento y me daba consejos. Fui bien recibido. Los argentinos son los mejores anfitriones. Son muy gentiles con los extranjeros.
 
No deben haber sido todas rosas.
 
No, no. Acá me pasó de todo. Tuve mujer, dos hijas que se criaron en Argentina. Una ahora se va a estudiar a Francia. Por un lado, me gusta y, por el otro, me pone un poco triste.
 
¿Qué te molesta de los argentinos?
 
Ya no le permito a nadie que me diga extranjero, esas cosas al principio fueron difíciles. Una vez tuve una historia con un taxista que me cobró de más. “Flaco, ¿y la diferencia?”. Nos empezamos a insultar en el auto y después abajo, como en la pelicula Relatos Salvajes (risas). Le dije, “no te metas conmigo que te voy a embocar una”. De la nada salió un tipo de la ferreteria de la esquina. Me dijo: “toma el cambio, yo te doy. Pero ojo que no estás en tu país”. Me sentí ofendido. Por suerte no significa que el país piense igual. Boludos hay en todos lados. Me dio mucha bronca.
 
¿La fama de MasterChef te enloqueció?
 
Algunos desubicados se preguntan como puede ser que habiendo tantos chefs argentinos buenos me pongan a mi. En Twitter me hicieron saltar por lo mismo. Igual no voy a hablar, se trata de un periodista que no me gusta, alguien que basa su exito en la difamación. En la calle un tarado me trato de misógino.
 
¿La cocina es una cárcel?
 
Más que una cárcel es un barco. Es un lugar ingrato y muy sacrificado si no te gusta cocinar. No soportas el paso de las horas, el menosprecio de la gente, calor, malestar. Es complicado, pero si te gusta no pasa nada. Lo sufrís al principio, pero adquiriendo conocimiento y espacio, lo superas. Aunque siempre hay algo por resolver. 
 
¿Cuando cocinás lo hacés solo?
 
Los chefs nunca trabajamos solos.
 
¿Qué dicen tus familiares de tu popularidad?
 
No lo pueden creer. Mi sobrina llegó hace poco de Francia y me gritó: “!Que es esto, tío!”. Mis hijas Zoe y Lola se matan de risa. Entienden sin entender. Junté notas de las revistas para mandárselas a mi vieja: ella también se vio sorprendida. Es el efecto MasterChef. Me hace reír todo esto porque yo soy nada narcisista.
 
¿Y tus amigos?
 
Están más al tanto de todo y se ponen contentos. Serán los primeros en bajarme a tierra si me mareo.
 
¿Te cambió en algo?
 
Sí. En la forma de moverme con la gente, pero mantengo mi esencia, sigo siendo Christophe, en lo diario no cambio nada. Me siento mucho más solicitado.
 
¿Y los taxistas?
 
Soy el sex-symbol de los tacheros. Es una cosa de locos (risas). Pero me lo tomo bien, entiendo a la gente. Tuve que hacer terapia. Entendí que nos metemos en la casa de la gente todas las noches. No soy parte de la familia argentina, pero sí parte del entorno. A veces eso es intenso. Yo los disculpo. Tenes que ser muy pesado para que me caliente.
 
¿Te hicieron enojar últimamente?
 
Si, es la feria Masticar (ndr: una feria gastronómica que se celebra en Buenos Aires), me sacaron entre 10 y 12 mil fotos. Fue agobiante. Una chica me tocó el culo, otra me rasguñó, mira (se senala el brazo), todavía tengo la cicatriz. No se dan cuenta, pero viene con el paquete. La fama es chota. Pero a mí nadie me obligó a hacer este programa.
 
¿Te gusta hacerlo?
 
Me gusta, sí. Seguiremos con la nueva temporada en 2015. 
 
¿Qué es más importante, la tele o la cocina?
 
Lo importante es no olvidarme de que soy un cocinero, por lo tanto, entregaré por tres meses cuerpo y alma al programa y luego tengo que seguir viviendo. Mi oficio es la cocina. 
 
¿Qué comida representa a Argentina?
 
(Piensa) El bife con chimichurri. El chimi es único en el Río de la Plata. El bife es argentino: hablo de un bife de acá, que es reconocido en el mundo. Alguien podría decir las empanadas, pero no. Argentina es una tierra de inmigrantes.
 
¿Qué comidas te gustan?
 
Las del Norte. Son las más interesantes y las mejores. La comida salteña. Me gusta todo lo que como en Tucumán. Me gustan los zapallos plomo rellenos con humita. Los guisos, las empanadas. Todo.
 
¿Qué tendencias augurás en la cocina?
 
Hay un parate general por la situación mundial.  No hay un Julio Verne de la gastronomía a la vista. Pero ya aparecerá.
 
¿Cómo te definís?
 
Cocinero tradicional. No soy creativo, pero tampoco un imbécil. Esto es lo que consigo: un menú coherente, equilibrado y con los sabores justos. No tengo la pretensión de inventar nada, pero tampoco la obligación de hacer mal mi trabajo. La actividad gastronómica no es lo mío.