La primavera inunda de colores a los árboles y las flores, cansados de estar desnudos por la desolación del otoño y las heladas del invierno. Con un vuelo desesperado, la abeja aterriza sin dificultades sobre una amapola. Después de sacudir sus patas, recolecta el polen de la flor, que depositará, con la misma suavidad, en la colmena donde cientos de sus compañeras, muy organizadas, elaboran cera, jalea, propóleo, y su producto estrella: la miel, esa sustancia espesa, dulce y azucarada, que el hombre no sólo unta en una tostada y usa en la elaboración de comidas, sino que emplea como remedio casero junto con otros productos salidos de esa usina de propiedad: la colmena.
Con esa misma parsimonia con la que trabaja la abeja, la miel nacional vuelve a tomar el lugar que alguna vez detentó: gracias a la pujanza de sus producciones -pequeñas y medianas- está a la cabeza del mundo, pues con un récord de ventas al exterior lidera el mercado exportador mundial, superando a su competidor, China. 
 
Una potencia apicola. Este “oro de la colmena”, abunda en todo el país. Para dar una idea de la magnitud de la actividad, según el Programa Nacional Apícola del INTA (Proapi), en 2010 el país contaba con 245.000 colmenas distribuidas en algo más de 26.000 productores, de los cuales el 78% (20.545) posee entre 16 y 200 colmenas, el 13% (3.507) posee de 1 a 15 y el 8,6% (2.278) entre 200 y 500. Se calcula que para 2011, el país alcanzará una producción de algo más de 70.000 toneladas de miel, que lo posiciona detrás de China, en segundo lugar del ránking mundial de producción. Pero a pesar de eso, la Argentina es el primer exportador, debido a que el 95% del total (que equivale a más de 180 millones de dólares) se vende en concepto de miel a granel (80%), a granel homogenizada (15%) y fraccionada (0,4%). Según el Programa, actualmente la producción nacional es la segunda del mundo y representa el 25 por ciento de lo producido en el continente americano y el 6 por ciento del total mundial. Y además, contribuye con el 25 por ciento de la miel comercializada entre países del mundo. Los principales compradores son: Alemania, Estados Unidos, Italia, Reino Unido y España.
Otro dato relevante del Programa remarca que el 97 por ciento de los productores son de pequeña y mediana escalas, que generan en su conjunto divisas por 150 millones de dólares anuales. El crecimiento y fortalecimiento de estos productores, se debe, en gran medida, al nivel de organización y de articulación de los productores con las provincias mediante mesas redondas, y con el INTA a través de los programas nacionales apícolas y asesorando a los productores. Está claro que la apicultura argentina juega un rol importante en el mercado internacional, y para llegar a esta instancia, fue clave el esfuerzo diario de los productores apícolas, y el trabajo conjunto con organismos del Estado como el INTA, que unidos demuestran que pueden lograr competitividad global constituyendo una auténtica cadena de valor.  
Si bien es la miel el producto insignia de la colmena, el resto de los productos obtenidos en la actividad apícola argentina son considerados como de primer nivel, y también atraen a los mercados más exigentes del mundo.

Caso 1: Un enjambre de amistad

Javier Laner y Carlos Bacigalupo son amigos de la infancia. Amantes de la apicultura, en 2008 formaron Apícola Laner, una empresa dedicada a la producción de miel orgánica multifloral, en un predio de 10 hectáreas ubicado en Concordia, Entre Ríos. Allí, cuentan con una sala de extracción con la que obtienen 600 kilos de miel cada ocho horas de trabajo, con un total de 5.000 kilos anuales, de los cuales el 75 por ciento son de eucaliptus y el resto de citrus y monte.
Aunque ahora florezcan los resultados, los comienzos no fueron sencillos. La falta de experiencia hizo que sufrieran una importante mortandad de colmenas, además dependían de otra empresa para extraer la miel. Pero las ganas por superarse pudieron más y de los errores fueron aprendiendo. Actualmente, cuentan con 400 colmenas y comercializan la miel en barriles de 300 kilos para empresas exportadoras. Antes de iniciar un emprendimiento apícola, Javier y Carlos aconsejan prestar especial atención a los factores de riesgo como las inundaciones en campos bajos, sequía, ataques de insectos y otras enfermedades propias de las abejas, pero “si todo está controlado, se puede lograr una cosecha plena cada año y a la vez aumentar la cantidad de colmenas”, dicen.

Caso 2. Sobreviviendo

José Stirling es médico veterinario. Siempre tuvo una gran pasión por los animales, tanto grandes como pequeños. Luego de terminar sus estudios universitarios, se radicó en Amenábar, un pequeño pueblo ubicado al sur de la provincia de Santa Fe. Allí conoció a Hugo Tacinato, jefe del correo y también apicultor, quien lo invitó a conocer su apiario. “Fue en ese momento cuando comenzaron a interesarme las abejas”, dice Jorge, quien a partir de allí comenzó a capacitarse en el manejo de las colmenas y participó de un concurso en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora dictado por los zootecnistas Javier Vázquez y Antonio Angueira. Luego de obtener el certificado de técnico apícola, Jorge se lanzó a trabajar sus propias colmenas, con el asesoramiento de Vázquez y Angueira, quienes vieron en el veterinario una gran motivación para aprender. Ya de vuelta en Buenos Aires, Jorge arrancó su emprendimiento con tres colmenas, y las ubicó en el jardín de su casa, en Guernica. A pesar que aún no tiene nombre su emprendimiento, Stirling dice que su derrotero en el mundo de la miel podría llamarse “Sobreviviendo”, porque esa palabra es la que mejor resume los inconvenientes que sufrió en el arranque del emprendimiento: fenómenos naturales como inundaciones y tornados, robos de colmena e incendios. “En todos los casos las pérdidas fueron casi totales, pero siempre volví a empezar de nuevo con muchas ganas”, comenta Jorge, remarcando su pasión por la apicultura.

Caso 3. Las abejas de Dios

Mariano Pinto vive en Capital Federal. Su interés por la apicultura comenzó en 2006, mientras terminaba la carrera de Filosofía. La vida en el campo motivó a Mariano para empezar un emprendimiento apícola, que puso en marcha cuando un amigo apicultor le regaló 10 colmenas por haber terminado sus estudios. “Este apicultor me recomendó que haga un curso de apicultura, no sólo para aprender, sino para poder entenderlo cuando me hablaba sobre cámara de cría, alza, cuadro, núcleo, etcétera”, recuerda Mariano. Si bien el curso que tomó en la Facultad de Veterinaria y Agronomía en la Universidad de Buenos Aires fue muy importante para aprender los primeros pasos de la actividad apícola, fue en un campo de Azul, provincia de Buenos Aires, donde lidiando con la sequía, las heladas, los cambios climáticos y la agricultura, Mariano fue adquiriendo los rudimentos del trabajo con las colmenas. Lo que no pudo conseguir fue un crédito para financiar su emprendimiento. Supo que la apuesta debería salir de su propio bolsillo: con sus pocos pesos ahorrados en trabajos anteriores, sumó cámaras de cría, alzas, cuadros y compró cera. Así trabajó Mariano, con la lentitud de la abeja, pero también con la precisión de la reina de la miel. Con ese estilo de empujar hacia adelante, creó Apisdei (en latín: Apis: abeja + Dei: Dios) para dedicarse a la producción y comercialización de miel pura de abejas y otros productos naturales derivados del colmenar, como polen, jalea real y propóleo. Hoy, Mariano tiene 50 colmenas y vende sus productos a particulares y abrió un canal de ventas en locales y supermercados de líneas premium. “Para quienes quieran comenzar en la apicultura, les recomendaría que arranquen con 10 colmenas, así, en caso de cometer errores las pérdidas son menores”, recomienda.

La union hace la miel. En cada empredimiento, por más pequeño que sea, suelen aparecer nubes oscuras que tapan el cielo del éxito deseado. Una vez superados los inconvenientes de todo novel productor, se aviva la llama de todo negocio, acaso el embudo mayor: la comercialización. Es en estos momentos cuando los productores deben pensar en una alternativa conjunta que los vuelva sólidos y les permita asomarse a los mercados con paso firme, teniendo una base sólida de producción para afrontar una demanda sostenida en el tiempo y, al mismo tiempo, un buen precio. Así aparece la idea de la formación de una cooperativa, con la clara intensión del esfuerzo compartido. En este sentido, en 2002, un grupo de apicultores santafesinos se unieron para formar Cosar (Cooperativa de Provisión Apícola), en la cual participan más de 120 apicultores con unas 40.000 colmenas y una producción de unas 1.000 toneladas de promedio anual. La cooperativa se inició a través de los grupos de Cambio Rural coordinados por el INTA, apoyado por diferentes instituciones de la región como la Asociación para el Desarrollo Regional (de las localidades de Ceres, Hersilia y la Federación de Centros Juveniles en zona SanCor).
La mayoría de los productores se ubica en la región del Centro-Norte de la provincia de Santa Fe (Ceres, Gálvez, San Justo, Rafaela, Esperanza, Humboldt, Reconquista, Malabrigo, La Criolla, Helvecia, Cayastá y Felicia). “El INTA brindó toda la tecnología y la organización para que los pequeños productores de Cosar puedan competir en el mercado globalizado con miel de calidad certificada, que exportan a Japón, Alemania y Reino Unido”, se alegra Javier Caporgno del INTA-Ceres, Santa Fe. Para unirse a Cosar, el productor debe acreditar la intensión de trabajar en forma asociativa, con protocolos de calidad y respetar las condiciones comerciales acordadas antes del ingreso. Una de las ventajas de estar asociado a la cooperativa, es el vínculo directo que tiene con los mercados internacionales, debido a que exporta el ciento por ciento de su producción. De otro modo ocurre, como en muchos casos, que los apicultores que no manejan grandes volúmenes de producción deben vender su miel a una empresa que es la que finalmente los coloca en los mercados internacionales.
“El trabajo con la cooperativa implica mayor responsabilidad, pero también se beneficia por la información que se tiene del mercado en forma directa. Además, a través de la organización, tiene acceso a todos los insumos que el apicultor necesita en tiempo y forma, siendo que en muchas regiones del interior es todavía un problema la provisión de insumos apícolas”, comenta Caporgno. Y agrega: “También el apicultor, a través de la organización, trabaja en forma conjunta con el INTA y universidades en la trasformación del conocimiento en tecnología y productos que tienen como finalidad mejorar los sistemas productivos”. Articulación pública y privada, capacitación con especialistas, paciencia con la producción propia y bases cooperativas para salir a vender. La ecuasión precisa de una dulce producción que suma eslabones en la exitosa cadena de la miel argentina