El destino sabe acomodar sus fichas. Y lo hace en el momento preciso, ni antes ni durante ni después. El decreto lo firmó Benedicto XVI, el Papa saliente, el 20 de diciembre de 2012, sin saber que lo sucedería en el trono alguien que tenía a ese futuro beato entre sus máximas referencias de la iglesia católica: Jorge Bergoglio.
 
Gracias a ese decreto, este sábado 14 de septiembre la apacible serranía de Villa Cura Brochero (donde viven 8000 personas) se verá sacudida por los 200 mil visitantes que, estima el intendente Gustavo Pedernera, concurrirán a presenciar la ceremonia en la cual la iglesia católica declarará beato a José Gabriel del Rosario Brochero, el cura gaucho.

Para este importante evento, Cura Brochero se prepara desde hace dos años de forma especial, con obras en el predio de nueve hectáreas donde se montará la estructura para la ceremonia religiosa y la Manzana Brocheriana, que reúne los sitios emblemáticos que representan al cura beato.

“El municipio y la comunidad de la villa está poniendo todo el esfuerzo y la voluntad para que este hecho histórico de fe y de gran bendición tenga la infraestructura y la organización que se merece”, dijo a la agencia Télam Gustavo Pedernera, intendente de Villa Cura Brochero.

La Villa Cura Brochero tiene unas 15.000 plazas hoteleras; el 75 por ciento está ya reservada, pero los lugares cercanos, como Mina Clavero, serán las ciudades que capten la demanda de visitantes, que se estima en 50.000.

¿Quién era el Cura Brochero?

Era el cuarto de 10 hermanos. Nació en un paraje cercano a Santa Rosa del Río Primero el 16 de marzo de 1840. la suya era una típica familia rural donde el el lazo con Cristo era poderoso: tuvo dos hermanas monjas y él siguió ese mismo camno: ingresó al Colegio Seminario Nuestra Señora de Loreto el 5 de marzo de 1856 y fue ordenado sacerdote 10 años más tarde.

Su lazo con lo social era tan poderoso como su fe. Ayudó a la Catedral de Córdoba durante la epidemia de cólera que desbastó a la ciudad, mientras recibía el título de maestro en filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba. Después, su fe se desplazó: a fines de 1869 asumió el Curato de San Alberto, de 4.336 kilómetros cuadrados. Con poco más de 10.000 habitantes que vivían en lugares distantes sin caminos y sin escuelas. Incomunicados por las Sierras Grandes- más de 2.000 metros de altura- era una población aislada e indigente.

Entonces empieza la leyenda: José Gabriel del Rosario Brochero se propuso llevar el Evangelio a todos lados, llega hasta los ranchos, va a los obrajes, atraviesa cerros, cruza los ríos y arroyos: predica, educa, pero, sobre todo, anda: va a lomo de mula los 200 kilómetros, en una travesía que demoraba tres días.

Esos feligreses que peregrinaban hasta la Capital de la provincia lo ayudaron a Brochero a construir, en 1875, la Casa de Ejercicios de esa villa coqueta que por entonces se llamaba Villa del Transito y que con los años iba a toma el nombre del hombre que la puso en el mapa, a ella y a sus habitantes. Ese lugar, que aún está en pie y se la puede visitar, fue inaugurada en 1877. A esa obra le agregó la casa para las religiosas, el colegio de niñas y la residencia para los sacerdotes.

Pero la unión del cura con el pueblo no tenía fin: construyó más de 200 kilómetros de caminos y varias iglesias, fundó pueblos y se preocupó por la educación de todos. Solicitó ante las autoridades y obtuvo mensajerías, oficinas de correo y estafetas telegráficas. Proyectó el ramal ferroviario que atravesaría el Valle de Traslasierra uniendo Villa Dolores y Soto para sacar a sus queridos serranos de la pobreza.

“Están abandonados por todos, pero no por Dios”, repetía el padre Brochero. Por eso acomodó el Evangelio asumiendo al lenguaje de sus feligreses para hacerlo comprensible. Celebraba los sacramentos llevando siempre lo necesario para la misa en las ancas de su mula. Ningún enfermo quedaba sin los sacramentos, para lo cual ni la lluvia ni el frío lo detenían. “Ya el diablo me va a robar un alma”, decía. Y apretaba la cincha de su mula.

Se entregó a los pobres y alejados. Como una ironía del destino, contrajo lepra en unos de los incontables abrazos que le prodigaba a los suyos, a esos olvidados por todos menos por Dios. El hombre que se había desvelado por su pueblo, murió ciego y leproso el 26 de enero de 1914. Pero el Cura Brochero sigue vivo en el pueblo que este sábado levantará su nombre hasta lo más alto del cielo.