Por Jorge Zicolillo

Fotos Rubén Diglio

Se llama Ignacio Peries Kurukulasuriya ese sacerdote de barba negra y sonrisa fácil que todavía lucha palmo a palmo con la gramática castellana, la lengua de los argentinos. Llegó desde una tierra lejana que ahora se llama Sri Lanka pero antes era Ceilán, una isla casi paradisíaca que produce el único té que, a la cinco de la tarde en punto, beben en taza de plata los reyes británicos desde hace más de dos siglos. Esa isla, independizada recién en 1948 después de una sangrienta guerra de emancipación, es un amplio mosaico de religiones: budistas, hinduistas, islámicos y cristianos, que recién llegaron en el siglo XVI: sólo el 6 por ciento de la población es cristiana.

Retrato de un hombre con sotana

Ignacio Peries es un hombre de pocas palabras, al menos públicamente (en privado es expansivo y conversador); las sopesa con cuidado y nunca se excede en la cantidad estrictamente necesaria. Elude, siempre que le sea posible, cualquier definición política; sabe que es terreno resbaladizo y que un sacerdote de sus características, hacedor por naturaleza como lo era Mario Pantaleo, inexorablemente deberá tratarse con el poder, sea político o económico.

 

Es frugal a la hora de alimentarse y disciplinado en su vida cotidiana. Se levanta a las seis de la mañana pero sólo inicia su actividad cuatro horas más tarde. En ese lapso lee ávidamente; los libros son una de sus grandes pasiones y cuando se lo escucha, más allá de enarbolar el Evangelio como bandera, se filtran conceptos llegados desde la psicología, la filosofía o la sociología.

 

Decididamente renuente a tener contacto con la prensa, su entorno contribuye a preservar lo que para el sacerdote es “sagrado”: su intimidad, su historia, sus gustos, sus tristezas y sus alegrías. Celebrando misa es diferente: se postra frente al altar, se mueve con soltura, habla sin rigidez y colorea la ceremonia con un humor que oscila entre la ironía y la ingenuidad.

 

En su coqueta parroquia de paredes blancas, maderas y pocas imágenes sacras se apiñan cerca de mil feligreses en cada ceremonia y cuando el calor aprieta el ambiente puede ponerse irrespirable. Por eso Ignacio acude al magnetismo: regula los tiempos ceremoniales, camina entre los bancos cuando la oportunidad se lo permite y finalmente remata con lo que los presentes más esperan: el contacto directo con él.

 

De a cinco o seis personas por vez, los fieles se paran frente Peries  y aguardan ese abrazo que los distingue. Una bendición, una medallita o el comentario imprevisto respecto de alguna dolencia que no había sido enunciada por el portador completan el ritual que se renueva cada fin de semana Jamás pone su mano en el pecho o la cabeza de alguien si siente que no está preparado para hacerlo.

 

Su jornada de trabajo se extiende hasta más allá de la medianoche y sus meses se alternan entre esa bulliciosa Rosario, colmada de poetas, músicos, pintores y militantes políticos, que lo ha adoptado como hijo, y sus viajes: Venezuela, su propia Sri Lanka, algún rincón de Europa o Pergamino. Ya no recorre las calles de rosarinas con su mítica bicicleta que a pedal batiente lo transportaba de una parroquia a otra para celebrar su interminable lista de misas.

 

Hoy su leyenda recorre Rosario, sin distinción de clases sociales ni banderas políticas. 

 

Extractos del libro Padre Ignacio, pasión por curar, de Editorial Sudamericana, Buenos Aires, año 2011. El mismo autor publicó, entre otros libros: Padre Mario, el cura de las manos milagrosas, de la misma editorial. El último libro de Jorge Zicolillo es La era de los culatas. La derecha peronista y el patoterismo sindical, año 2013.