Cuando le preguntaron al filósofo alemán Arthur Schopenhauer cuál era la mejor cualidad que podía tener una persona, respondió sin dudar: “Un buen estado de ánimo”. Todos conocemos a personas que están dotadas con un temperamento especial, que afrontan los problemas solucionándolos con alegría y que van siempre para adelante. Pero no son los más. Para la mayoría de la gente la vida cotidiana (trabajar, procrear, enamorarse, ilusionarse, tener esperanzas, etc) es como un guiso espeso al que, para revolverlo, nos dan una cuchara de plástico, de esas de los catering de avión. Y la cuchara se quiebra. Cuando pasa esto entramos en depresión, uno de los males de la época contemporánea, y no sabemos cómo remar el día a día. Una técnica milenaria que surgió en la China (como el Budismo Zen) y se afianzó y expandió en el Japón, está dando grandes resultados para las personas con problemas de ánimo, trastornos de ansiedad y hasta graves patologías psiquiátricas: la práctica de hacer crecer, cultivar, podar y darle forma artística al bonsái, que significa árbol en maceta, y que muchos de los que están leyendo esta nota deben haber visto de reojo en los viveros y programas de utilidades de la tele de la tarde. Pero ojo que el bonsái -al igual que el psicoanálisis, se atreve uno- cura, pero cura a través del arte.
 
Marita Gurruchaga está sentada en su amplio estudio de la avenida Independencia. Ni bien se la ve, uno tiene la sensación de que no es necesario que te enseñe la técnica del bonsái para sentirte bien. Para sentir que el día está logrado, basta con hablar con ella. Es una mujer mayor, divertida, que utiliza un vocabulario amplio, con giros del lenguaje juvenil (“son mis alumnos jóvenes que me lo transmiten”, dice) y que por chispa y sabiduría, bien podría ser el doble femenino del maestro Miyagi, ese personaje entrañable caracterizado por Pat Morita que se encargaba de cuidar sus bonsáis mientras le enseñaba a su discípulo las técnicas de las artes marciales en la película de los ochenta El Karate Kid. Marita también tiene sus discípulos, que pueden ir desde un político como Aníbal Fernández hasta un asistente terapeútico como Juan Martín Diez, quien, impulsado por Marita, ahora da clases de bonsáis en un taller donde se rehabilita a personas con demencias seniles y Alzheimer. “El día que nos conocimos Marita me regaló un arce finito y me dijo: ‘En maceta dos años, es decir que hay que esperar ese tiempo para que crezca y engorde y después vemos si lo podés tocar’”, recuerda riéndose Diez. Porque una de las primeras cualidades que transmite el arte del bonsái es la paciencia.

Escuchemos a Marita: “Cuando la gente viene acá y empieza a aprender la técnica dice que no tiene paciencia, que necesita ver resultados rápido. Pero cuando uno hace bonsáis sí o sí tiene que aprender a tener paciencia. Porque el tiempo necesario para ver los resultados es muy largo y si no se la tiene, difícilmente se siga. Y la gente, parece mentira, adquiere paciencia. Es una cualidad que nos ayuda a conseguir el bonsái, además de conectarnos con la naturaleza. Hay gente que en su vida miró los árboles que los rodean y al hacer bonsái empieza a identificar a los que tiene cerca de su casa. También uno hace ejercicios de memoria, hay que aprender el nombre científico de las plantas, ir a un vivero. Muchas personas mayores se acercan al bonsái con timidez, pero rápidamente se dan cuenta de que les hace bien, porque tienen una actividad que les resulta importante y una jardinería que no les rompe la cintura. Nos acercamos a la planta, la observamos, la estudiamos. A veces las personas grandes perdieron las ganas de estudiar y acá, por medio de la actividad, la recuperan, es otra manera de enfocar la vida”.
 
Según la leyenda, un emperador de la dinastía Ham, de hace por lo menos 1.700 años, mandó a construir un paisaje en su patio que representara los valles, montañas y ríos de su tierra. De la síntesis de todo eso, salieron los bonsáis. ¿Cuál fue el comienzo para Marita Gurruchaga? “Cuando cumplí cuarenta años mi marido me regaló un ombú. Y no empecé enseguida, aunque siempre me había gustado la cultura oriental a mí. En un momento llamé a lo de Marcelina Serrot de Kuttning, que daba clase y fue una gran difusora del bonsái y pregunté cuándo empezaban los cursos. “Los cursos empiezan cuando usted llega”, me dijeron. En ese momento la respuesta me desanimó porque yo soy maestra normal y estoy acostumbrada a que las cosas empiecen y terminen a determinado tiempo, no ‘cuando usted llega’. Así que no hice el curso. De manera que empecé por las mías. Cuando alguien viajaba le pedía que me trajera libros en francés sobre la técnica y después ya cuando empezó internet el mundo se hizo más chico y ahora estoy en contacto con senseis de todas partes”. En los primeros diez años de aprendizaje, Marita tuvo que trabajar con lo que pudo: una tijera de podar común, una gubia de madera para ahuecar. Con el tiempo, cuando pudo, se compró las herramientas específicas que ahora están sobre la mesa de trabajo.

Estamos en un mes lluvioso y esta tarde no es la excepción. El estudio donde Marita tiene su colección de bonsáis y donde da clases, semeja a las construcciones blancas y espaciosas, muy ilumindas, de las casas tradicionales japonesas. Adentro, un rectángulo en el piso, contiene una pequeña llama que da calor, afuera, en el jardín lateral, las plantas toman y drenan agua y una cascada ínfima recorre el recinto hasta la puerta de calle. Todo esto podría entrar en una etiqueta de agua mineral. “Entro acá y me olvido de todos los problemas”, dice Marita. “Cada cultivador tiene su definición de bonsái. Para mí es una larga jornada de trabajo infinita y también es un amigo con cualidades maravillosas. Me aguanta cuando estoy nerviosa y cuando le hago una poda bárbara me lo retribuye con flores”.

¿Hay algo antinatural en miniaturizar a un árbol? ¿Es cruel? “Hay mucha gente que piensa que martirizamos a las plantas, pero no es así. Cuando trabajo un bonsái estoy redirigiendo el crecimiento: el árbol no está subalimentado, no es una planta muerta y mortificada, la prueba está en que florece y fructifica. Y un bonsái dura mucho más que esa misma especie en la naturaleza. En Japón hay bonsáis de 500 años”, grafica Marita mientras su ayudante nos muestra variedades de bonsaís de su colección privada. “Un bonsái es una planta que uno recolecta del monte o de la montaña a la que le vamos agregando un vacío, hasta que sólo quede lo esencial. Lo que hago al crearlo es estar sublimando el vacío. Fijate que si dibujo alguno de estos bonsáis voy a tener unas líneas similares a un ideograma. En esta técnica uno no desvirtúa la esencia de la planta, uno respeta esa esencia: es como si tratara de hacer visible el alma de la misma”. Una de las prácticas habituales para los iniciados es la de la recolección, lo cual ayuda mucho a salvar semillas de la extinción. “El bonsái ha salvado a muchas especies en el mundo, por eso es muy importante entusiasmar a los chicos, acá al taller vienen en visitas grupos de jardín de infantes. Entonces plantamos una plantita, la podamos y se la llevan para la escuela.”
 
Una de las alumnas de los cursos de Marita era coordinadora en un instituto de psiquiatría. Y entusiasmó a Marita para que ella pudiera darle un curso especial a los pacientes: “Las primeras clases eran duras porque la diversidad de patologías era muy grande. Había un muchacho autista de 36 años que no abría la boca hasta que por ahí pegaba un grito muy fuerte. También estaba una señora que parecía dormir todo el tiempo. Y una joven muy agresiva. Mis cursos empiezan con una charla sobre el zen, pero en este caso no se pudo dar, pero sí les hablé de los cambios que podían experimentar al acercarse a la naturaleza. Tocar las plantas, la tierra. Empezamos a trabajar con los primeros árboles y les enseñé a podar. Entonces pasó algo significativo: la señora que parecía dormida empezó a dar síntomas de interés. Fue como si se abriera de a poco, como una flor. Comenzó a alambrar y llegó a hacer unos cuantos bonsáis. Y después, cuando la entrevistaron para un video del lugar, cuando le preguntaron cuál era la actividad que más disfrutaba, esta señora dijo: el taller de bonsái. En la muestra de fin de año, todos mostraron sus bonsáis. Para mí fue increíble, emocionante. Es otra manera de inclusión: yo creo que se deberían dar cursos en las cárceles”.
 
Una de las técnicas del bonsái es la de desfoliado, que consiste en cortar hoja por hoja con el motivo de achicar las hojas y multiplicar las ramas. Hay algo de eso en lo que Marita hace con sus alumnos, en el taller: los multiplica. Juan Martín Diez fue otro de sus alumnos que encontró en el bonsái paz y energía: “Hacia el 2007 tuve problemas serios de ansiedad por cuestiones familiares que me llevaron a un nivel peligroso la presión arterial, casi hasta el borde de un ACV. En ese momento, en un proceso de terapia convencional, me dijeron que me buscara una actividad. Así que recién en el 2010 me conecto con Marita, y ella me dice: ‘Vení, estás invitado a las clases’. Y le caigo el día que la Selección Argentina pierde cuatro a cero con Alemania. El curso duró cuatro meses y me cambió la vida.”

Diez está recibido de acompañante terapéutico y en Casa de día Yesi, donde trabaja, quedó vacante el taller de huerta y se lo ofrecieron a él. Lo aceptó sin dudar y puso manos a la obra para dar un taller de bonsái. Casa de día Yesi es un centro de rehabilitación de personas con enfermedad de Alzheimer, demencias vasculares y otros trastornos cognitivos. Está localizado en La Plata y es ambulatorio, con lo cual los pacientes van durante el día y vuelven a dormir a sus casas. “Empiezo el taller en verano, el peor momento, porque las plantas dejan de crecer, se retraen. En el comienzo tenía tres pacientes, en febrero ya había veinticuatro. Hoy nos estabilizamos en catorce. Lo que trato de conseguir en los pacientes es que disminuyan la ansiedad propia de este tipo de patologías. Los pacientes con estas demencias tienen comportamientos compulsivos, por ejemplo, estás hablando de algo y el paciente te dice “la taza”. Vos le decís, esperá un poquito y él te dice “la taza, la taza, la taza”. Bueno, esta paciente con el transcurso del tiempo comenzó a centrarse, a esperar su turno para hablar, a quedarse callada. Y se ajustó a la dinámica de clase. Lo que pasa es que el bonsái tiene un discurso esperanzador. Uno les contó a los pacientes que acá hay que tener paciencia, que los árboles tardan en crecer y ellos igual me pidieron ¿podemos sembrar semillas? Yo les aclaré, para que no se frustren, que la semilla implica un tiempo largo, que a la planta la tocás en cinco años. Y ellos me dijeron: hagámoslo igual. A final, aunque tenía pocas expectativas de cumplir los objetivos del taller, hicimos todos los pasos: alambrado, desfollado. Nos queda el trasplante porque aún no es la época del año, pero ahora sé que lo van a poder hacer, yo sólo voy a agarrar una planta, se las voy a mostrar y ellos lo van a hacer. Iremos por más”.