Hace tres años hicieron una denuncia penal porque habían encontrado residuos de plaguicidas en lechugas, acelgas, espinacas y repollos que estaban a la venta en locales de la ciudad de La Plata. Hace pocas semanas, los denunciantes de la fundación ecológica Bios volvieron a encontrar sustancias nocivas para la salud, a pesar de que desde la primera detección en 2010 se puso en práctica un monitoreo de buenas prácticas.

“La salud está en jugo”, dijeron después de analizar los resultados de los estudios. “Analizamos verduras que están a la venta en la ciudad y detectamos sustancias que han vuelto a aparecer y que deberían estar allí. Se trata de vegetales que usted, nosotros, los funcionarios y nuestros hijos comemos a diario”, explicaron los ecologistas.

En las verduras encontraron endosulfán, un químico que afecta el sistema nervioso central, produce hiperactividad, excitación, dificultad para respirar y náuseas, cipermetrina, que provoca sensaciones faciales anormales, mareo, dolor de cabeza y fatiga, y de dimetoato, metilazinfos, disulfoton y deltametrina.

El estudio se hizo sobre un universo de verdulerías y mercados de La Plata y se tomó para ello esta época invernal donde, en apariencia, el uso de agroquímicos está limitado. A pesar de esa presunción, la presencia de plaguicidas en los tallos de las plantas -no sólo en las hojas- preocupó a los integrantes de BIOS, que volvieron a denunciar el hecho.

La explicación está dada a partir de las prácticas de los quinteros: como se trabaja con cintas conductoras, los químicos son llevados por el agua hasta las platas, a través de un sistema de goteo. No son aplicados directamente sobre los cultivos: por eso hallaron las sustancias en las plantas. Y por eso, tampoco se los puede quitar lavándolo.   

“El mundo alerta sobre la acumulación de los organoclorados en nuestros cuerpos. Los países extreman sus medidas de control y promueven la agroecología. En nuestra región -y podemos imaginar que en el resto también- seguimos comiendo diariamente residuos de agrotóxicos. ¿Qué tiene que pasar para que las cosas cambien?”, se preguntaron los ambientalistas.

En ese sentido, recomendaron comprar frutas y verduras en lugares seguros, en donde, en los posible, se sepa la procedencia. Y convocaron a lanzarse al camino de la agroecología a nivel casero. Sembrar en casa, aunque sea en espacios reducidos y en cantidades pequeñas, parece ser la solución inmediata ante el avance de un modelo productivo que piensa primero en la renta y por último en la calidad de lo que todos nosotros llamamos, de forma exagerada, alimentos.