Un dato del libro “Peces pampeanos: guía y ecología”, de Juan José Rosso, siempre me llamó la atención: “La tararira es una especie con ritmo de crecimiento marcadamente lento. Alcanza los escasos 105 mm al primer año de vida y entre el segundo y el sexto año apenas incrementa su longitud en 150 mm. Toma los datos de un trabajo de Domanico, Delfino y Freyre, basado por mediciones hechas en la laguna de Lobos, publicado en 1993. Esto significa que una tararira grande, digamos de unos tres a cuatro kilos, debe pasar largamente los diez años de vida. Habría que ver si lo mismo sucede cuando habita en aguas dependientes de los grandes ríos, donde verdaderamente, salvo esporádicas rarezas como sucedió hace más de un lustro en la laguna de Monte, se encuentran los ejemplares más robustos… y longevos.
Me asombró por cierto el gran tamaño promedio de las tarariras que capturamos en una salida de fin de temporada en unos canales artificiales construidos dentro de una estancia que da al Paraná Ibicuy, poco antes de llegar a Gualeguay. Es otro de los tantos “descubrimientos” de nuestro guía y amigo Jorge Cot, de dicha ciudad.

Circuito cerrado. Nos encontramos en una estación de servicio de la Ruta 12 donde cambiamos los bártulos de camioneta a camioneta y seguimos con su sufrido vehículo por un camino en pobre estado debido a las huellas que forman los camiones que sacan la cosecha de arroz. Son unos treinta kilómetros de tierra para ingresar a una estancia donde solo él tiene permiso para pescar y llevar pescadores.
El camino va subiendo sobre un alteo construido para evitar que las inundaciones metan agua en el campo, aunque las crecidas pudieron más y rompieron el terraplén (para el campo, una desgracia; para nosotros, el feliz ingreso de tarariras, dorados y todo tipo de forrajeros; hasta una raya vimos nadar en un canal, actualmente incomunicado con el río). Se formó, entonces, una especie de microcomunidad, que quedó cerrada cuando volvieron a levantar el muro de tierra. En el interior, varios canales se comunican y dispersan en bañados. Hay lugares como para pescar día por día durante varias temporadas sin llegar a conocerlos todos.
Mientras nuestra ansiedad ocupaba más espacio que el que cabía en la camioneta, nos bajamos en uno de los tres sitios que probaríamos, un corte del canal que dejaba dos espacios para pescar, uno al Sur y otro al Norte. Más tarde, pasaríamos gran parte de la jornada en un arroyo transversal y luego probaríamos en una mínima parte del tan tentador canal que nos acompañó durante el viaje paralelo al camino. En todos los casos, la descripción de la palestra es similar.
El agua estancada ha formado enormes mantos vegetales que tapizan la superficie. Sólo queda libre en los sectores centrales. Allí, a excepción de algunos curiosos doradillos de poco más de un kilo, no tuvimos ningún pique de tararira. Todas estaban bajo ese manto vegetal, al que hay que llegar de una sola manera: con señuelos antienganche.
Mayormente este tipo de artificiales son ranitas de goma o similares con anzuelos protegidos bajo el mismo cuerpo blando. Tienen varias ventajas: imitan a un batracio que se posa en la maraña vegetal; por su consistencia, la tararira la muerde con ganas sin rechazarla con tanta ligereza como una cuchara metálica o un señuelo de poliuretano duro (esto nos da la posibilidad de aguardar un segundo más en la clavada para que el señuelo esté bien ubicado en las fauces dentadas de la tarucha); al tener el anzuelo simple protegido se puede lanzar el señuelo en la costa opuesta, incluso sobre la tierra, para que entre ya en plena acción en el agua, lo que garantiza una mayor área de cobertura, sobre todo, en la orilla, una de las zonas predilectas por las tarariras para cazar.
Por otro lado, tienen algunas contras: son señuelos muy livianos y recomiendo usar equipos de spinning en lugar de baitcast para lograr más distancia; son mayormente inertes al carecer de una paleta o una hélice que se active con solo recoger: esto implica que hay que darles vida con pequeños toques de la punta de la caña o cargarlos con algún peso interno, como lo permiten los Highlander, para que profundicen no bien salen de la zona más enmarañada y allí sean atacados por las tarariras al notar que se les aleja como un animal que huye; si la silicona con que están confeccionados es de mala calidad, con un par de ataques de mandíbulas tan potentes con dientes tan filosos, quedan desechos: esta es otra ventaja también los Highlader y una ranita de goma de la misma línea, pues el material es altamente resistente, al punto que puede estirarse un 500 por ciento sin dañarse. En esta salida capturamos fácilmente medio centenar de tarariras y solo desechamos un artificial por “exceso de mordeduras”.
A las dificultades técnicas se le contrapone algo que nos apasiona: que la pesca no sean tan sencilla y tenga algún obstáculo para sortear. No seré tan necio de decir que no nos agrada sacar muchos peces y fácilmente, pero ¡qué lindo cuando se presenta desafíos, los vencemos y conseguimos piques y clavadas! Por caso, una de las pocas que obtuvimos con señuelos duros (una ranita de Alfer´s con cuchara giratoria delantera) fue todo un arte tentarla y pasarle el señuelo varias veces por la posición donde la habíamos visto atacar hasta que lo engulló con singular ganas.
Buenos tamaños, se llega con vehículo sin embarcarse, costas limpias… Sólo averiguar por la incidencia del clima, ya que esta nota fue hecha en los últimos atisbos del otoño.