Por Leandro Vesco
 
Las historias de las escuela rurales son siempre de lucha y sacrificio. Son espacios donde la paciencia debe gobernar los días, las maestras rurales rara vez forman parte de la prioridad de los funcionarios y así es como la escuela es una segunda casa a la que se le dedica todo el amor. Allí se forman los futuros hombres que vivirán y trabajarán en el campo. Las cosas tardan en llegar, como le paso a una escuela de un paraje mendocino, que luego de treinta años, recién esta semana pudo contar con agua potable. Conozcamos su historia.
 
En este lugar hay agua“, le dijo Carlos Adriazola a su esposa, la celedora de la Escuela “1-359 Teniente Coronel Francisco Sales Torres” del paraje Calise, en el departamento de San Carlos en Mendoza. El hombre buscaba agua con dos varillas en los brazos, cuando se unieron, supo exactamente que era ese el punto donde, unos metros debajo de la tierra, corría el agua, que tanto necesitaban en la escuela.
 
Carlos no pudo ver aquello que indicó y también tanto soñó, hace un tiempo falleció, pero su hijo, poseedor de los arcanos telúricos para hallar agua, fue hasta la escuela y haciendo lo mismo que su padre, las varillas le señalaron un sitio donde tendría que estar la surgente. La emoción lo invadió cuando comprobó que era el mismo lugar que años atrás su padre había marcado.
 
Los pocos pobladores del paraje se pusieron en acción. Ya hacía treinta años que venían pidiendo agua para la escuela y jamás tenían respuesta. Pero se dieron cuenta que había que unirse y en la unión tendrían la recompensa. Movieron cielo y tierra hasta que consiguieron el dinero para hacer el pozo en el lugar donde padre e hijo habían señalado y hace unos días atrás, el análisis del laboratorio les dió la mejor de las noticias: el agua que hallaron es mineral y potable
 
Teníamos como un aljibe y por la noche, dejábamos el agua que sacábamos de una acequia para que se potabilizara“, cuenta la celadora Margarita Caviere, afirmando que desde que la institución empezó a funcionar en una casa de adobe en los años ’80. “Desde ese entonces padecíamos el problema del agua“. Recién en 1983 se construyó el nuevo edificio donde hoy se dictan las clases, varios kilómetros hacia dentro de esta zona rural de San Carlos, pero siguieron con la misma necesidad: el agua.
 
Desde ese entonces, el agua debía ser bombeada o acarreada con baldes u ollas para que fuera usada para realizar el desayuno y el almuerzo o para que los niños que pasan por esas aulas se higienizaran.
 
La paciencia tiene límites, cansados de esperar una respuesta gubernamental que nunca llegaba, dicieron actuar por su propia cuenta.  “Tuvimos una reunión con unos productores y ahí salió el tema. De ahí dijimos que teníamos que hacer algo. ¿Cómo los chicos no iban a tener garantizado algo tan esencial?”, contó Damián Moreno, de Crece desde el Pie, una ONG que asiste este tipo de reclamos. “Ellos no sólo se encargaron de hacer algunos talleres con los alumnos, sino que alentaron a los directivos y docentes para que se presentaran a una convocatoria de la Fundación Medifé, que premiaba con un subsidio a proyectos escolares y acompañaron todo el proceso”, cuenta una vecina del pueblo.

 
La historia de la escuelita sin agua convenció al jurado y les otorgaron el dinero para invertir en una perforación que podía o no resultar exitosa, pero que tenía como propósito el intento de crear una fuente de agua digna y perdurable. Luego de esperar treinta años, hoy la escuela del Paraje Calise puede darles a sus alumnos agua potable, agua que también sirve para abastecer a los valientes habitantes del paraje, que resisten en la soledad.