Hace unas semanas, el primer ministro británico, David Cameron, acusó a la Argentina de “colonialista” en el marco de la disputa por la soberanía de las Islas Malvinas que Gran Bretaña usurpó en 1833. Es bueno, entonces, apelar a la historia para  demostrar que si hubo un espíritu que nunca caracterizó a los argentinos fue el del colonialismo, al punto tal de que jamás anexó territorio ajeno al propio, aun cuando fuera ganado en el terreno de las armas.
Para comprender de qué se está hablando, intentemos primero una definición de “colonialismo”. Según la Real Academia Española una colonia es un territorio dominado y administrado por una potencia extranjera. Es sabido que las Malvinas fueron descubiertas por los españoles en el año 1520 y desde 1590 aparecen en la cartografía con el nombre de San Son o como islas De los Patos. Cuando en 1810 se instauró el gobierno patrio, la Primera Junta consideró a las Malvinas, por derecho de sucesión, como parte del nuevo estado, y recién en 1820 tomó posesión formal.
Fue enviado el coronel David Jewett, quien se dirigió a los pobladores con respeto y amabilidad. En cuanto llegó distribuyó una comunicación entre los pescadores ingleses y norteamericanos que usufructuaban las islas, en la que decía: “Puerto Soledad, noviembre 2 de 1820. Señor, tengo el honor de informarlo que he llegado a este puerto comisionado por el Supremo Gobierno de las Provincias Unidas de Sud América para tomar posesión de las islas en nombre del país a que estas pertenecen por la ley natural. Al desempeñar esta misión deseo proceder con la mayor corrección y cortesía para con todas las naciones amigas, y uno de los objetos de mi cometido es evitar la destrucción de las fuentes de recursos necesarios para los buques de paso, y hacer de modo que puedan aprovisionarse con los mínimos gastos y molestias”.
En 1825 Gran Bretaña reconoció la independencia nacional sin mencionar a las islas del Sur, pero en 1833, invadió el territorio y desde entonces hasta la actualidad, todos los gobiernos nacionales reclamaron por la soberanía de las islas.
Ahora analicemos las actitudes de ambas naciones respecto a la invasión de territorio ajeno. Inglaterra invadió Buenos Aires en 1806 y 1807, pero debió retirarse por la resistencia criolla. Luego de la Revolución de Mayo y de la declaración de la independencia de España en 1816, intentó de diversas maneras conquistar el mercado de la América del Sur. Lo hizo mediante acuerdos comerciales, por vía de la injerencia en la política interna y no descartó las invasiones militares.
En 1824, el gobierno de la provincia de Buenos Aires contrató un préstamo en Londres, con la casa Baring Brother para la construcción de un puerto, para la fundación de tres pueblos en la costa sur, y para instalar un servicio de agua corriente y desagües en la ciudad. La operación se acordó con un 6 por ciento de interés anual, se descontaron las comisiones y la Argentina recibió poco más de la mitad de lo que había pedido, aunque se endeudó por la totalidad del préstamo más los intereses, que se terminaron saldando recién en 1904 con el pago de 8 veces del importe recibido.
Pero ese dinero no se utilizó para lo que se había pedido. Se usó para hacer frente a la guerra contra el Brasil, impulsada por Gran Bretaña y su aliado Portugal, para separar a la Banda Oriental de las Provincias Unidas. El objetivo fue lograr que el Río de la Plata se convirtiera en una frontera internacional para evitar pagar impuestos por la entrada de sus productos. El 20 de febrero de 1827, las fuerzas argentinas vencieron al Brasil en la batalla de Ituzaingó.  Sin embargo, el gobierno de Bernardino Rivadavia reconoció la soberanía del imperio del Brasil sobre la provincia oriental y se comprometió a pagarle una indemnización de guerra. Esta actitud provocó su caída, y en 1828, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Manuel Dorrego, que había asumido la representación de las relaciones exteriores, firmó una convención preliminar de paz en la que se dispuso la independencia de la Banda Oriental y el cese de hostilidades. La Argentina pudo reclamar ese territorio y no lo hizo porque eligió terminar la guerra.
En 1845, durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas y en el marco de un bloqueo en alianza con Francia y con el apoyo de emigrados argentinos, buques ingleses avanzaron sobre el río Paraná, para forzar que se decretara la libre navegación de los ríos interiores. Fueron enfrentados en la Vuelta de Obligado, y aunque la superioridad militar se impuso, no pudieron desembarcar por el rechazo de la población local.
No existe un solo dato que indique que en toda su historia la Argentina haya adoptado alguna actitud colonialista. Sobran, en cambio, los que demuestran cómo defendió su soberanía ante el avance británico.